‘Vivimos sobre un estercolero’

Aparte de afear la imagen del barrio, la dejadez que sufre está resultando en un deterioro más grave e incluso un riesgo para la salud pública. R.B.T.

Invitados por varias vecinas, visitamos los alrededores de los números 35 y 37 de la calle de San Agapito, un rincón de Villaverde Bajo abandonado por los servicios municipales

Sabido (y no por ello menos lamentable) es que en nuestros barrios hay auténticas “zonas olvidadas” por los servicios municipales. Zonas cuyos vecinos pagan los mismos impuestos que el resto y ven con tristeza que pasan los días y su entorno inmediato continúa igual de descuidado y en no pocas ocasiones crecientemente peligroso e insalubre. En mayo hemos visitado uno de estos lugares, en los alrededores de los números 35 y 37 de la calle de San Agapito (Villaverde Bajo), invitados por varias de sus vecinas, que confiesan haber recurrido “a todo para que las autoridades competentes se concienciaran del problema y de esta situación, con resultado cero”.

estercolero
Hojas, botellas, excrementos de animales y todo tipo de residuos se acumulan sin cesar en los espacios interbloques. R.B.T.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

El problema nos lo define rápidamente una de estas vecinas: “vivimos sobre un estercolero, lleno de todo tipo de inmundicias”. ¿Cómo se ha llegado a tal situación? Se trata de una cadena: imaginen una barriada cuyos espacios interbloques, diseñados como la típica zona ajardinada, no se han cuidado convenientemente desde hace años. No hay nada de césped: solo tierra y mala vegetación creciendo salvaje, invadiendo las aceras, amenazando las ramas de los árboles entrar en las casas. Cuando llueve, como el terreno no drena convenientemente, los charcos se convierten en estanques que duran y duran, y la humedad entra en las viviendas. El descuido de la zona atrae el incivismo, y todo se llena de excrementos de animales, botellas, envoltorios… Y luego la vegetación descontrolada y la suciedad atraen a los animales: hormigas, cucarachas, ratas… Así, un lugar que podría ser bonito se convierte en lo contrario y trae consigo además un problema de salud pública, lo que termina amargando la vida al vecindario, gente mayor en un elevado porcentaje.

Las vecinas nos cuentan que “hace un año que no vienen a limpiar, ni a podar, ni a nada… Ni siguiera tras la tormenta Filomena ha aparecido aquí nadie. Y claro, al estar tan dejado, atrae más dejación y la gente incívica multiplica el problema ensuciando más. Al final, esto es un cagaperros y un vertedero, lo que además acarrea plagas de toda clase: hormigas, ratas, cucarachas, y el año pasado hasta apareció una serpiente chiquitita. Como mínimo, los servicios municipales deberían mantener este espacio limpio, podado y desinfectado, y a ser posible darnos alguna solución más definitiva como acondicionar esta zona de alguna manera mejor. Lo de los perros en concreto pasa de castaño oscuro: los dueños se han cargado ya dos carteles de prohibición de que hagan ahí sus necesidades; se lo pasan por el forro, y esto es constante”. El vecindario está desesperado, y no es para menos: un problema fácilmente solucionable si se hubiera atajado en un principio, con el paso del tiempo se ha ido haciendo más grave y complicado. Y, como todo si no se soluciona, puede empeorar aún más: si los árboles no se cuidan, esas mismas ramas que están prácticamente entrando por las ventanas de las viviendas pueden terminar tronchándose y cayéndole encima a alguien. No es una exageración: como saben, ya ha ocurrido en nuestra ciudad.

“Parece que esta zona de Villaverde Bajo no existe, no le importa a nadie”, lamentan nuestras anfitrionas, que al terminar nuestra visita resumen las reivindicaciones vecinales básicas: “mantenimiento de la zona verde, limpieza periódica al menos una vez al mes, y que pongan unos letreros bien grandes y que no los puedan arrancar para que nadie traiga aquí sus animales a hacer sus necesidades”. Queda dicho e impreso; ahora solo falta que la Administración competente haga algo.

ROBERTO BLANCO TOMÁS

Deja un comentario