VALENTINA

Siempre hay un rostro ante mí, allá a lo lejos, donde termina la multitud.

A María y Valentina

Felipe, tu cuento me llenó de una nostalgia que no me pertenece. Los cambios de imágenes son tan sutiles como el reflejo de un bosque  que se deja acariciar por el viento, sin embargo, la casa, el bosque, y el aullido del lobo tejen la soledad y el miedo de los protagonistas en espacios y tiempos diferentes. «Mientras Penélope se peinaba en la cama un extraño dios hacía de sus cabellos olas de sueños rotos».

James Gómez Murillo

—Podría ser yo, pero es mi madre…

Valentina movió ligeramente la fotografía y un destello iluminó el cristal atrapado en el marco, provocando un instante de vida en el rostro de María; recolocó las pipas que rodeaban la foto y sostuvo en su mano durante un segundo la joya de plata de tres nudos de la Magdalena con un ángel en la mano; posó sus dedos sobre la rosa de terciopelo antiguo que María solía ponerse alguna vez; después lo dejó todo como estaba y salió deslizándose como un suspiro de la estancia.

El viento que bajaba de la montaña se mezcló pacíficamente con los camelios, magnolios y mimosas y se escapó por el bosque buscando vericuetos y trenzando finas corrientes de aire; el agua de lluvia rezumaba en las tejas y resbalaba hasta las camelias; los dos grandes árboles exhibían su color cobrizo extendiéndose como un fuego tranquilo sobre la llanura de hierba y de flores, parecían los guardianes de la verja y el muro de piedra que rodeaba la casa. El cielo aparecía compacto como el escudo de un guerrero medieval contra el que chocaban una y otra vez los ojos de Valentina, relampagueaba, y la luz estallaba en puntos luminosos que intentaban resquebrajar el firmamento. Valen sintió frío y se echó descuidadamente la rebeca por encima camino de uno de los árboles, el más próximo a la ventana del cuarto de María, primero lo tocó, luego se abrazó a él en un impulso instintivo por comunicar sus preocupaciones a alguien. Sus ojos, como hondonadas de agua clara limitadas por sus pestañas, dejaron asomar señales de vivísima preocupación mientras renegaba y cada pocos segundos soltaba por su boca algún despropósito sobre Dios y las migrañas y todo lo demás, pero este acto de fuerza prodigiosa y vuelo de puños al aire duró exactamente un minuto, fue un vómito verbal bastante contenido con el que dejó salir parte de su inquietud, guardando para sí la esencia del sentimiento. Se despegó del árbol, que representaba para ella la imagen de su madre, sobresaltada, le había parecido haberle escuchado hablar, pero no, sólo había silencio —Imaginaciones mías, ¡qué boba! –dijo, pero un instante después de que resonara en la lejanía el aullido lastimero de un lobo que hizo temblar las hojas del árbol, de nuevo le pareció escuchar esa misma voz leñosa, ronca, apenas audible, saliendo de muy hondo, de la misma raíz hundida en la tierra.

—Cierra los ojos niña, respira hondo, huele la noche, escucha los sonidos, sigue arrullando los sentidos hasta que formes parte de ese todo… Abre los ojos, puedes verlo. —Y al abrirlos Valentina sintió que podía oír la tierra respirando bajo sus pies.

Por un momento creyó ver la huella de las manos de su madre en el árbol. Luego corrió frenéticamente tocando la valla y el muro, rozando las plantas, las camelias que ya comenzaban a abrirse, cualquier cosa que le recordara a María, por esa necesidad que tenía desde pequeña de abrazarla, quererla y achucharla… Ya estaba muy lejano para ella el momento, y sólo habían pasado dos días, en que, cogiéndola de la mano, la sacó, casi la arrastró, fuera de su estudio, de la casa, de sus febriles sueños y duermevelas, de su vida diaria, y se la llevó a montar a caballo durante más de dos horas por el monte, por el valle, por la senda, las dos haciendo fotos, las mismas, para luego compararlas, siempre juntas, y si descabalgaban para mirar aquel punto lejano, situar el ángulo o el encuadre, ella aprovechaba y cogía a su madre de la mano, o la estrujaba cariñosamente, para reírse juntas.

—Ayer Valen hizo de madre y yo parecía la hija. —Le había contado María por teléfono a Felipe, que notaba en el sonido de su voz de niebla cómo se desparramaba el goce íntimo, personal, tan bien guardado en su cajita de recuerdos.

Una nube de tormenta cubrió la arboleda y se paró silenciosamente sobre la casa, los débiles rayos de la luna brumosa que la atravesaban le conferían un color metálico brillante que vomitaba sobre la hierba, bañándola de un color ceniciento. Como signo de rebeldía y desafío pacífico, con esa costumbre de no mantener una postura convencional, tanto si estaba sola como si estaba acompañada, Valentina se apoyó en la verja con el cuerpo descuadrado a lo James Dean. Desde ese esforzado ángulo observó la tranquila belleza del hórreo abandonado, desde cuyos escalones deformados se divisaba todo el valle. El color de la tormenta le proporcionaba destellos milagrosos y lo hacía brillar de manera sobrenatural, aun cuando su tejado imperfecto labrado a mano ponía un toque de humanidad sobre la antigua construcción. Un vientecillo templado oreaba el sudor de las cortezas nerviosas de los árboles que irrumpían de pronto frotando sus cuerpos contra los marcos acristalados de las ventanas y huían en estampida haciendo eses.

Valentina se soltó de la verja en silencio y en el aire quedó un olor a pólvora y palabras muertas. Se acercó hasta el muro con paso rápido, desesperado, no lograba aquietarse, aún sentía por dentro el animal de la adolescencia, y rodeó con cuidado la verja por el exterior, como si guardase algo valioso dentro, y, pensando en María y en cómo la quería, por ser su madre, sí, pero también por ser la persona que era, buena y solidaria, sintió cómo le iba naciendo la necesidad de verla y estar con ella. Antes de entrar en la casa se paró a contemplar el cielo. Todo estaba en calma, salvo el sonido del viento y, de vez en cuando, el aullido lejano del lobo. Un gris fantasmagórico invadía la noche creando una atmósfera de irrealidad; una minúscula luna se balanceaba por encima de los árboles, penachos de nubes blancas parecían venir huyendo de otro universo; millones de estrellas titilaban asustadas en la bóveda celeste; ¿era Venus o Júpiter aquél que brillaba? Valen nunca lograba acordarse. Entonces, y como muchas veces le pasaba desde pequeña, se despertó en ella ese impulso aventurero, se fue hasta el muro de piedra y se encaramó a él para ver mejor las estrellas; aguantaba a pie firme sobre las piedras las embestidas del viento curvado que no dejaba ahora de soplar. El tiempo se estaba encabritando, rondaban gruesas nubes blancas de tormenta y una luna mezquina. Sólo quería mirar un momentito más las estrellas, y allí mismo, con su pelo recortado, su carita inquieta y sus ojos tan transparentes como el color del agua de la charca, se sintió dueña y libre, como su madre le había enseñado, con esa libertad que no tiene puertas, y sonrió. Y aguantando los embates del aire circular que doblaba ramas y camelios sin llegar a derribarlos, volvió a acordarse de cuando, con un babi por todo equipaje, se escapó de casa con tres años, aprovechando que estaban todos reunidos preparando alguna exposición de su madre, y cómo, al ratito de charla y por ese instinto tan fino que tienen las madres, María se percató de su ausencia y empezó a llamarla y a buscarla por todas partes, hasta que vio la puerta de la cancela de su casa del barrio peatonal abierta y salió apresuradamente por ella multiplicando sus dos ojos por cien y, por fin, y ya muy asustada, la divisó a lo lejos, andando tranquilamente hacia donde ella, en su pequeñez, vislumbraba la línea del horizonte…

—¡Valentina! —gritó su madre—, —¡Valentina! —repitió, pero ella todavía no la oía y seguía andando con su pasito corto, hipnotizada por la extensión de casas que desde su corta estatura alcanzaba a ver. Por fin, María, sin aliento, la alcanzó y sólo le quedó aire para preguntarle:  —Valentina  ¿dónde vas?  —A conocer mundo mamá —contestó ella con toda naturalidad. Lo último que recordaba es que su madre la cogió en volandas y se la llevó, ya más tranquila, a casa.

De pie sobre el muro, desafiando a la Luna y las estrellas y al viento, que ahora bajaba racheado de la montaña y zigzagueaba redoblando su furia entre los árboles extrañamente, sin doblarlos ni hacerles daño, camino de Pousadela, donde se cruzaba con más viento empujando nubes bajas que, en algunos segundos de calma, parecían acunarse bajo las estrellas, Valentina aguantaba tozudamente sin dejar quieta su memoria. El aire resbalaba entre sus recuerdos y los despejaba, la empujaba y la elevaba hasta casi tocar su querido Santiago, donde aquella vez sus ojos fotografiaron nítidamente su enfado, cuando presintió a su madre refugiada en la cocina sollozando junto a la ventana mientras miraba a través del cristal el juego de luces de la pequeña platería. Y así, separadas por el delgado muro que unía la habitación con la cocina, madre e hija pasaron una noche y un día sin hablarse, más o menos lo que tardó en sucumbir la Atlántida. El segundo día, sin poder resistir más, una de las dos emergió, provocó un encuentro involuntario en el terreno de la otra y se fundieron en un silencioso abrazo, uno de esos abrazos que, por querer decir tanto con el cuerpo, te hace daño físicamente, se miraron a los ojos, rieron y hablaron sin escucharse, igual que niñas pequeñas. Entonces, mientras estaban abrazadas, se produjo uno de esos instantes mágicos y la quietud se apoderó del momento en medio de un silencio roto sólo por los gritos de los vecinos y los niños jugando en la calle.

Valentina bajó del muro de un salto y apartó la lluvia a manotazos sin impedir que le siguiera cayendo encima, se acurrucó contra sí, sentía frío, se notaba destemplada. Los ojos febriles le llameaban igual que a su madre cuando trabajaba intensamente en el estudio, en la mesa de la cocina, en la balconada, sin respiro, sin descanso, con sus botas, sus dos mallas y su gran jersey negro, dobles calcetines, dobles prendas de ropa, que luego, al calor de la creación, se quitaba. ¡Cómo echaba de menos ahora mismo las manos de su madre para calentarse y calentárselas!, ese acto espontáneo, como era ella misma. Ahora se daba cuenta de que no había desayunado y su madre tampoco, siempre lo hacían juntas y ya estaba atardeciendo. Silabeó algo inaudible para los moradores del bosque y moduló el paso, quería hacerlo muy cinematográfico, dejarse llevar por el ritmo del viento. Se tocó la frente para sujetarse un sombrero imaginario, como su madre o como Julie Christie en DOCTOR ZHIVAGO; y las flores, los árboles, y hasta la hierba la miraban empujados por el viento, miraban a la niña mujer, se miraban, la remiraban, su carita plateada y gris, del color de la nube metalizada. Se acercó con paso vivo hasta la entrada de la casa para desayunar, comer y cenar en una sola comida con María, lo necesitaba y seguro que ella, a pesar de su frenética actividad cuando trabajaba, también lo necesitaba, pero antes quería pasar por el palleiro, cosas de la nostalgia. La noche la persiguió hasta la entrada; y cuando la oscuridad se rompió al encender la luz, los maderos entrechocaron entre sí dándose la espalda. Aunque el lugar estaba como dormido, ella notó que cien mil ojos brotando de la leña la miraban y en el aire flotaba un lamento herido, como una dulce tonada. Se detuvo en la entrada a observar el entramado original de tablas, la creación doméstica de Fernando, y fue entonces, mirando las posturas de extraña y original belleza de aquella leña, cuando se le escapó un pensamiento en voz alta: —Estamos solos, millones de seres humanos estamos solos, como vosotros.

Antes de abrir la puerta y entrar definitivamente en la casa, se volvió para mirar con sus ojos de agua, en los que conservaba ese puntito brillante de frescura que delata la juventud cuando aún no se ha perdido. El susurro del bosque despertó en ella una vaga inquietud, las hojas de los macizos se estremecían con la embriaguez de su paz sombría. Todo estaba milagrosamente en calma, el viento se había frenado y los camelios parecían mirarla. Los árboles desnudos esperaban una señal —¡adelante háblanos y te hablamos! Los grillos callaban, ese trozo de mundo perdido más allá de Pousadela se había detenido porque Valentina también lo había hecho, subyugada por la belleza natural que la rodeaba. Ni siquiera el aullido del lobo se escuchaba. Durante unos segundos le invadió una serenidad nunca antes sentida, todo le parecía hermoso; la voz del mismo viento y de los árboles pareció oírse en un susurro, trayendo las voces de otro tiempo, incluso el muro empedrado dejó escapar una especie de cántico quejumbroso por su marcha.

—Valentina, si miras pausadamente verás el lugar donde las estaciones se unen y todo lo que existe se convierte en uno…

Y Valentina miraba asombrada con la paz interior de un espíritu libre. Los camelios, mimosas, magnolios, zarzamoras, árboles y hasta los abetos recién plantados, parecían cobrar vida y se movían acercándose a saludarla con un roce, como una caricia, de una hoja, de un pétalo y ella se dejaba hacer como si fueran las manos de su madre.

Una nube blanca ocultó la Luna como si alguien hubiera corrido un velo sobre el lugar y la niña salió de su ensimismamiento, parpadeó y vio que nada se había movido, suspiró desde muy hondo, como si el aire hubiera subido de debajo mismo de la tierra. La luz de las luciérnagas iluminaba brevemente las jorobas oscuras de los árboles y huía por entre sus ramas hasta desaparecer. La noche se había adentrado rápidamente, su sombra inquietante cubría de figuras chinescas la entrada de la casa. Se deslizó hacia la puerta como Kim Novak en VÉRTIGO, así que los árboles no pudieron por menos que emular a James Stewart y extendieron sus ramas desnudas de hojas en un afán de protección sobre la puerta abierta. Ella les miró con cariño sintiendo un ligero temblor en su labio inferior… El clímax con la naturaleza era tan alto que deseaba retener ese instante, lo inalcanzable tan al alcance, y no pudo evitar sentir una quemazón interior.

El hambre ya hurgaba en su estómago y la necesidad, y también la placentera idea de comer con María, hizo que por fin cruzara el umbral y se detuviera a mirar por un momento el hermoso armario de cristal que siempre la trasladaba a un mundo irreal. —Tengo que hacer algo con este armario, porque me lo pide a gritos —les decía siempre María a Fernando y a ella.

Valen se paró un momento en la puerta del estudio que utilizaba para el revelado fotográfico, dudando, su mano sobre la pared notó cómo brotaba un pequeño pálpito de la piedra, que, como un negativo en la cubeta, se transformaba en recuerdo risueño del día que el teléfono de arriba estaba estropeado y sin querer oyó a su madre contarle a Felipe con una voz deliciosamente feliz cómo días atrás estaba encerrada en su estudio revelando fotos.

—Luego me llamará y me dirá “¿Mamá, te gusta ésta? ¿Y ésta? ¿Y qué te parece ésta?” Y yo le diré… ¡Y luego ella hace lo que le da la gana! —y las últimas palabras le salían del territorio más profundo de su ser, de allí donde sólo se guarda el amor, porque había educado a su hija en los valores del respeto y de la libertad, y libre y respetuosa era.

Afuera se había desatado de nuevo el viento racheado y rayos pavorosos parecían juntar el infierno con el cielo. Fernando tenía puesta en la lumbre de la chimenea una pizza casera con muy buena pinta y su olor acrecentó en Valen las ganas de comer, pero, al no ver a María, se desorientó y posó sus ojos en Fernando sin hablar. Los ojos cansados de Fernando señalaron la escalera con un leve movimiento de cabeza y Valentina comprendió: otra maldita migraña. De repente le volaron las ganas de comer y estuvo dando vueltas por la cocina muy lentamente, primero un pie, luego otro, como si fuera un nuevo juego inventado por ella. Daba vueltas a la mesa grande y a la pequeña y toqueteaba las pinturas y los lapiceros de colores para mancharse con ellos como cuando era pequeña. Los libros, desparramados por todas partes en las más diversas posturas, dejados al azar, a la buena de Dios, la mayoría cerrados, no eran ajenos a lo que pasaba, pero ninguno se quejaba ni ponía mala cara por parecer olvidados, porque en esa antigua gran casa se respiraba amor y buen olor a imprenta vieja.

Por fin se decidió a subir las escaleras de piedra rozando la barandilla de madera con la yema de sus dedos, como siempre, leves toquecillos para dejar de pensar, porque iba directa a la habitación de su madre, a pesar de saber que no quería estar con nadie cuando se ponía así. Cuántas veces ella y Fernando trataban de que saliera, sin conseguirlo, con tartas caseras de aspecto divino y ricas comidas sencillas y ni así había manera. María se encerraba en su cuarto, apagaba las luces y se remetía entre las mantas igual que “un mico”, como ella llamaba a su hija de chiquitina.

Subió despacito, arrastrando los pies en silencio. Los libros, que también habitaban la escalera, casi dueños de toda la casa, ni respiraban. Fernando, entretanto, sacó con cuidado la pizza de la lumbre, esperando que Valentina convenciera a su madre para que bajara a desayunar, comer y cenar y, mientras preparaba su kuzu, pensaba en ella; y pensaba también que darle vueltas y vueltas con la cuchara de madera, podría cambiar su carácter, hacerle más rápido, y batía y batía con fuerza, deseando intentar parar desde dentro el remolino del espeso líquido. Sus ojos denotaban cansancio, había estado trabajando duro con el portátil en su nueva obra de teatro y, después de un rato de lectura, habían estado plantando abetos antes de que a María le cayera la migraña encima y antes de que otro de los culpables, ese cielo gris plomizo lucense tan particular, de color tan ferozmente depresivo, se abatiera sobre el valle entristeciéndolo todo. Era un hombre lento, pero no torpe, y daba seguridad, como todos los hombres de nariz grande, al menos eso dicen las abuelas más ancianas. Crítico literario de olfato exquisito, devoraba ferozmente todo lo que caía en sus manos y desenhebraba libro y autor con maestría. Conocía a María desde que era pequeña y sería capaz de dar un brazo por verla siempre feliz. En los últimos tiempos se había vuelto más taciturno, huraño consigo mismo y se sacaba de dentro el desánimo escribiendo, representando y dirigiendo obras teatrales que destilaban mucho humor y muy fino. Siempre estaba pendiente de la más mínima necesidad de María, para hacerse cargo al instante, pero lo que ella más necesitaba en este momento, el Sol, era imposible para él ni para nadie alcanzárselo. ¡Cómo echaba de menos el Mediterráneo María!, su estudio en Ibiza, la luminosidad que disipa cualquier atisbo de tristeza y sus vecinos, su gente, la convivencia durante la comida y charlar en los tiempos muertos del trabajo creador que tanto nos posee y nos agota. Es que vivir en el valle, en Pousadela, aunque fuera entre gente muy buena, Martín, José, Marisa… era vivir en el Medievo, a lo que se añadía la acumulación de tantos días grises, tanta niebla, tantísimo tiempo de espera para ver un día soleado con la claridad fotográfica de Ibiza, que tanto echaba de menos. Hubiera querido disfrutar, aunque sólo fuera de vez en cuando, de un día de sol para atisbar la línea del horizonte, el bosquecillo, las vías del tren, el río Sarria y la charca rodeada de abetos, el pequeño reino libre donde habitaba en su casita la pata Ofelia, el manantial… Algunas veces se miraba las manos y se preguntaba: —¿Cuántas manos han pasado por las mías, cuántas obras, cuchilla y bisturí, un trazo sobre el papel a corazón abierto y con el alma desnuda y entregada?

Los breves instantes en que lograba mirar la lejanía con un sol pálido encima de su cabeza, sentía una plenitud dichosa, una sensación de paz que le subía por todo el cuerpo, como cuando Valen la achuchaba, le cogía la mano y se la llevaba, como una madre a su hija, para sacar de dentro de su María esa luz, esa maravillosa luz, la del artista, invisible a los demás, que sólo Valentina, y sólo a veces, tenía el privilegio de ver destellar mientras la fotografiaba de múltiples maneras.

La casa, se enamoró de María, nada más poner un pie en ella, era una de esas casas antiguas, de piedra sólida, suelo de pizarra y madera antiquísima, una construcción para toda la vida, como las de antes, era tan antigua como el árbol tricentenario que acompañaba su soledad junto a la ventana de su cuarto. De las tres entradas, la puerta de una de ellas, ricamente labrada, databa del mil ochocientos. María también se enamoró de la casa, en realidad se enamoró de todo cuanto pisaba y encontraba dentro de la casa, hasta de los pequeños ratones blancos que de cuando en cuando aparecían de visita. Todo le sugería un trabajo nuevo, una forma artística por inventar, tenía una fuerza que le impulsaba a crear, era como si la casa la empujara y la transportara al mismo tiempo a otros lugares de ensueño. Y cuando trabajaba las rosas muertas, un retrato, un viejo cabecero, un dibujo en la balconada, su fuerza se renovaba, podían pasar horas y horas y se olvidaba hasta de comer.

Por eso Valentina quería desayunar, comer y cenar con ella y, pensativa, pero práctica, seguía su lenta procesión escalera arriba, estaba decidida a sacar a su madre de la habitación y, si no, al menos acompañarla, estar un ratito con ella y besarla, cogerle las manos y sigilosamente llorar y reír, como tantas veces lo hacían juntas. Los libros, muchos libros, la rodeaban repartidos por cada escalón de piedra y en el descansillo de la escalera, en pequeñas torres o sueltos, algunos abiertos por determinadas páginas al azar, como en el Tratado sobre la vida contemplativa entre los humanos —¡No me importa lo que pienses, guárdate tu verdad! —En otro, un Tratado sobre la paciencia en la filosofía moderna se podía leer: —Si no te gusta como soy, ¡puerta!

Las cinco velas encendidas en la cocina ardían sin quejarse, sus pequeñas llamitas bailaban sobre la cera que se iba derritiendo poco a poco y estiraban caprichosamente sus ojos azulados hasta la escalera y más allá envolviendo a Valentina en una sombra permanente, alargada hasta el techo, que se doblaba al bajar para perderse entre los libros asombrados y el trasluz de la escalera; atravesó el saloncito que precedía al cuarto de María. El sofá de lino blanco crudo miraba con sus ojos cuadrados y planos la chimenea apagada. Enfrente, una miaja de luz, que seguramente filtraba el viento que volvía a soplar huracanado y se colaba por las rendijas, iluminaba los dos mueblecitos pintados en un ataque frenético de ansiedad por acabar con todos los lapiceros de colores y la lija, ya estuvieran puestos a su alcance o desperdigados por los rincones de la casa, con el deseo incontenible del artista, que va más allá de lo naturalmente humano. El resultado era que parecían haber estado viajando por otro mundo y se habían equivocado de universo al aparecer allí, ajenos al resto de la casa. Valen se acercó a aquellas maravillas y encima de uno de ellos descubrió un pequeño texto dedicado, escrito en papel vegetal, ya muy viejo pero legible aún:

En algún lugar

habita un sueño,

dos mueblecitos

alquímicamente irreales

y de colores infinitos,

pintados

con el hermoso latir de tus ojos.

 

La firma no era legible o había sido borrada a propósito. Le resultaba increíble que algo, que bien pudiera proceder de cualquier tiempo pasado, pudiera estar dedicado a ella, a no ser que se hubieran conocido en vidas anteriores. Este último pensamiento la desestabilizó un poco, pero lo desechó enseguida y, como mujer práctica que era, pensó que todo era fruto de meras coincidencias.

Fuera, el cielo estaba ardiendo de tonos grises y gotas gordas de lluvia volvían a caer de su mural para fundirse sobre la casa. Valentina alargó la mano con decisión y abrazó la manilla, que, al notar el contacto humano, brilló en la oscuridad e iluminó los libros expectantes. Para su sorpresa, la puerta cedió y, sin pensarlo dos veces, entró todo lo silenciosamente que sus nervios le dejaron. La cortina blanca filtraba una levísima claridad invernal, obstaculizada por el espectro oscuro de la planta que crecía por encima de la ventana y por Byron, el cariñoso podenco gigante al que María salvara la vida, después de largos e intensos cuidados, que estaba dormitando echado en un ángulo de la cama, rodeado de libros. Al entrar Valentina en el cuarto, levantó una oreja, abrió medio ojo, ronroneó algo para sí mismo y siguió en su sitio sin dejar de vigilar. En la penumbra, con su sombra agigantada por la mínima claridad purpúrea, semejaba un dios romano. Las vigas de madera del techo interrumpieron sus diálogos y emitieron también sus quejidos con la entrada de la intrusa —Cric, crac, —pero parecieron asentir al reconocerla y enseguida volvieron a permanecer mudas. Valen se sabía la habitación de memoria, aun a oscuras: el sillón orejero, la mesilla, la mesa con libros, muchos libros, los cuadros, el vaso de agua, la naranja, las lámparas, las esculturas de papel, el ramillete de flores recientes, los armarios con la ropa ordenadamente desordenada a la vista… Aparentemente todo estaba en su sitio y no tenía intención de moverse para cambiar de lugar, todo reposaba tranquilo. En la estantería los diarios forrados de terciopelo violeta y granate, custodiados por más libros, permanecían calladamente impasibles a la presencia de “la niña” que ya pasaba de los veinticinco. Valentina, inmóvil, sin hacerse notar, miró a María, bellísima como una musa de la “nouvelle vague”, perdida entre las sábanas y la manta, con el pelo desparramado por la almohada y su camisa de hombre de algodón blanco, aparentemente desaliñada, que se revolvió inquieta, dejando ver su cara crispada por el dolor y aun así emanando una serenidad, una paz que transfiguraba todo lo que estaba a su alrededor. Con pasitos cortos, y en silencio, entró en el pequeño estudio y salió a la balconada. El viento frío y las gruesas gotas de lluvia se estamparon en su cara y en su pelo, la luna aparecía enorme, comiendo nubes cenicientas, ¡qué bonito le pareció el cielo con esos buñuelos nubosos desparramados por la llanura celeste!, tan blancos que parecían azucarillos gigantes mordisqueados y colgados improvisadamente por no se sabía quién. El aire sudaba lluvia, la tierra suspiraba, o acaso aquel sonido se debería al millón de animalillos jugando a esconderse del agua entre los agujeros de la hierba. Los árboles daban la impresión de haberse acercado a la casa, como si buscaran abrigo, o quizá supieran que allí dentro había dos mujeres de corazón cálido, para eso los vegetales son muy vivos e inteligentes, resisten, se embravecen y se embellecen buscando el mimo, la caricia que los alimente, la voz humana susurrando sobre su corteza palabras de amor, cualquier palabra, las historia de a diario. Por eso ni el viento ni la lluvia ni cien mil huracanes podrían separar sus organismos rugosos, sus ramas y sus flores de estas dos mujeres que habitaban la casa, y por eso a Valentina le daba la impresión de estar tan cerca que casi podía tocarlos. Alargaba la mano para hacerlo, cuando el lastimero aullido del lobo, nada altivo, gritando su soledad, o su pérdida, vino a romper su ensimismamiento. Un relámpago seguido de un trueno iluminó la verja y el muro, y del palleiro parecieron salir miles de fantasmas cuando la luz desgarró la piedra con la misma asombrosa precisión con que su madre manejaba el bisturí sobre la tela. Con un poco de miedo se puso a recitar: —Cristal, madera, papel y piedra —y así lo estuvo repitiendo hasta que dejó de tener miedo, porque si con su menudo cuerpo María luchaba, pulía, lijaba, pintaba, daba forma y sacaba del interior de esas telas y de esos gigantes sus rasgos más bellos, lo que planeaba en su pensamiento en su corazón, para componer hermosas piezas, ella no se iba a asustar. Cuando se dio cuenta de que estaba casi empapada, besando aquella naturaleza viva, que, entre el resplandor de los relámpagos y la mecida del viento, parecía querer expresarle su cariño, retrocedió y cerró la puerta. Volvió aterida de frío, su madre, que apenas se había movido, se frotó los ojos con el puño cerrado, gimió, despegó un solo párpado, esperó un poco más, hasta que pudo mantener abiertos los dos y lo primero que vio fue la silueta de su hija a un lado de la cama, ni muy cerca ni lejos de ella. Confusa, se dijo que no podía ser, ella siempre cerraba la puerta y nunca quería ver a nadie, entonces pudo ver en medio de la penumbra mortecina el resto de la habitación; todo estaba en el mismo lugar, las botas seguían volcadas a un lado de la puerta, un calcetín colgaba en el respaldo de la silla riéndose francamente de un libro abierto sobre el asiento, el otro había desaparecido, encima de la mesa reposaba el resto de la ropa dispuesta a entrar por el agujero de la lavadora. El acto de levantarse se le antojaba un mundo, estaba extenuada por la migraña y no le quedaba ánimo para muchos esfuerzos. Le tronaba la cabeza con un nombre que había estado repitiéndose a sí misma… Durante un segundo le faltó el aliento y su cuerpo se estremeció con una mezcla de ansiedad y miedo. El aire punzante y la sutil neblina le invadieron la cara y la luz difusa y grisácea la envolvió en purpurina haciendo que pareciera un ídolo inmóvil. Aún se oía algún trueno seguido de relámpagos en un cielo como un borrón negro invadido por largas mechas ardientes que se alejaban de la gran casa. Mientras se daba media vuelta y se arrebujaba de nuevo tirando del edredón y dejando el colchón desnudo, sintió una agradable sensación de calor; se tapó casi por encima de la cabeza y se quedó quieta mirando las inamovibles vigas de madera que le transmitían una sensación extraña, como de estómago vacío. Luego con cierta dejadez se volvió hacia el suelo. La esmirriada chispa de luz que entraba por la ventana y resquebrajaba las cortinas blancas daba a las dos grandes alfombras un exaltado tono romántico que le gustó y le pintó el gesto con una sonrisa desvanecida. Aún no era del todo consciente de la presencia de Valentina, cuando se iluminó el móvil simulando que miles de ojos brotaban por las aberturas de la funda. No le hizo caso y dejó que sonara hasta que se cansó. Entonces, medio adormilada, apartó la ropa de la cama como si lanzara una cometa y se quedó sentada encima de la almohada. Se pasó las manos por la cara para tranquilizarse y respiró hondo. Algo, no sabía bien qué, le impedía ver parte de la ventana. En el sillón la montaña de ropa acumulada desbordaba el respaldo y parecía imposible que no cayera sobre el osito enroscado entre sus patas, cuyo cuerpo mordisqueado por Byron y adelgazado por el paso del tiempo parecía una oblea con dos botones por ojos. El panel combado de la estantería de libros le recordó que llevaba tiempo diciéndose que habría que darle la vuelta. Innumerables papeles, libros y herramientas de trabajo rebosaban en la mesa y dentro de los marcos de los cuadros, las barras y las hojas estaban hermosamente condenadas a permanecer de por vida en una pared. Le daba vueltas la cabeza y en ella bailaban los últimos acontecimientos mezclados con los que estaban por venir en un tiempo cercano, el viaje de Valentina a Nueva York, la clase semanal de medicina china por Skype con un afamado doctor de Nueva York en busca de la mezcla perfecta, la fórmula secreta de una pócima óptima para su organismo que lo armonizara con su creatividad exuberante. En realidad no necesitaba pócimas ni conjuros para que su cuerpo le cogiera el paso a su inspiración de artista multidisciplinar. Además, el kuzu, la ciruela umeboshi, los tés yogui de regaliz y bergamota y el de orégano, que alcalinizaban su cuerpo, ya le daban seguridad y bienestar, junto con la comida, lo más natural posible: las pizzas caseras, las ensaladas frescas, el pan integral, pequeños pescados… Aunque en eso Valentina le ganaba, era inflexible. Y, por supuesto, ni vitro, ni microondas, ni televisión, que también enferma. El móvil volvió a encenderse, esta vez sí lo cogió y repasó suavemente con la yema de los dedos las teclas. —Qué pesado —farfulló entre dientes, y dejó que sonara hasta que su vocecita musical quedó muerta. El sonido del móvil había confirmado sus peores temores, la migraña no se había marchado. El esfuerzo de sentarse medio en sueños con los ojos metidos en una nube de puntitos de niebla le había resultado agotador, así que se sumergió muy dentro de la ropa para abismarse de nuevo en la tela de las sábanas.

Valentina, semioculta en la penumbra, no se había movido, le parecía que se había olvidado de respirar, pero no, respiraba como respiran el abeto, los carballos y las flores y los helechos en el camino a la charca, como el lobo que aúlla más allá de la montaña. Respiraba serena, no pasaba nada, ella estaba allí para cuidarla, cuidar siempre de su madre por muy lejos que se fuera, estar siempre cerca, la necesitara o no, por decisión propia y de su raíz más íntima y honda. Cuando dejó de ver la cara de su madre, se acercó decidida y silenciosamente hasta el borde de esa mitad de la cama donde dormía y se sentó sin hacer ruido. Byron seguía sus movimientos todo el tiempo con la oreja enhiesta y medio ojo entreabierto sin emitir quejido alguno. Retiró el edredón con cuidado para descubrir la cara de María que había dejado resbalar su cuerpo menudo, muy abajo de la cama. Estaba guapísima “adormiladita”, más que Anna Karina en sus mejores tiempos cuando se la disputaban los mejores directores de cine y era la musa indiscutida de la “nouvelle vague”. Apoyó los dedos en la frente caliente de su madre masajeando suavemente para extraer aquella cosa dolorosa e invisible hasta para ella y, acunándola amorosamente en las manos, se dirigió a la puerta, la abrió sin soltarse ni abrir los dedos y bajó silenciosamente por las escaleras de piedra. Los libros, que dormitaban felices, se despertaron inquietos al verla de nuevo. Sin preocuparse de la presencia de Fernando que reposaba en uno de los sillones leyendo tranquilamente o, más bien, pasando el tiempo de espera, Valen levantó con sumo cuidado el cojín del sillón desocupado y abriendo las manos depositó allí ese “algo”, porque estaba firmemente convencida de que así aquello desaparecería como ocurrió cuando era pequeña y se hizo un harakiri en el pelo, su madre, horrorizada al verla, le había preguntado:

—Valentina ¿qué has hecho con el pelo? —Y ella, que era “un mico”, no sabía qué contestar o si contestar. Al fin, después de mucho preguntar, le había respondido: —Mamá, ha desaparecido —mientras hacía gestos con sus manitas volatilizando el pelo hacia el aire. A los pocos días, María descubrió el pelo debajo de uno de los cojines del sofá. Ahora era mayor, pero pensaba, como entonces, que si le arrebataba de las sienes la migraña y la escondía debajo del cojín de la gran butaca, el dolor desaparecería y con él todos los males.

Feliz con este recuerdo volvió a subir veloz y calladamente las escaleras, haciendo que los libros se revolvieran inquietos de nuevo, para colarse sonriendo en el cuarto por la puerta entreabierta. Cerró con sumo cuidado y se acercó con mimo a la cabecera, donde se sentó en silencio en el mismo hueco que antes había dejado y atrapó con sus manos una de las manos de María para acariciarla imperceptiblemente con uno de sus dedos a lo largo de las venas y de la delgadez de sus dedos interminables. Se detuvo un instante para escuchar el torrente sanguíneo y empezó a hablarle:

—María, tú eres mi más preciado tesoro. Nunca juzgas a nadie madre y solamente los que te rodeamos sabemos la enorme compasión que hay en tu corazón. Todos giramos en torno a ti, nos pones alas y nos enseñas a volar. ¡Nadie quiere irse de tu lado!

Con un embelesador sinsentido, pero sintiendo, con dificultades al principio para expresar con palabras los sentimientos, terminando a trompicones muchas frases, prosiguió hablando en un sincero monólogo que adquiría coherencia y sentido por momentos, al tiempo que se le iba iluminando la cara con el resplandor de la emoción. La luz procedente de la ventana refulgía blanquísima, por momentos sobrenatural, uno o varios relámpagos juntos, pensó ella, tratando de encontrar una explicación científica. Sin dejar de mirarla, hablaba sin miedo de su amor por ella y con cada palabra que pronunciaba, sus ojos se volvían más luminosos. Su voz cálida y lúcida iba creando imágenes en su espíritu, una especie de alucinación en la que le parecía que las palabras brotaban de sus dos almas y aleteaban por la estancia desgranándose sobre su memoria y la de su madre hablando al mismo tiempo y, durante un momento, Valen creyó transmutarse en el ser de María y viceversa para ser una sola en algún instante de esa micra de segundo. Pese a que cerró los ojos, se los frotó y volvió a abrirlos para tratar de forzarlos a la realidad, otros ojos de dentro veían y leían con toda nitidez los pensamientos de María ¡y era tanta la alegría que se respiraba en ese lugar!, hasta el más nimio acto de su madre le parecía emotivo, incluso el tartamudeo de sus últimas palabras. Se sentía tan deslumbrada como cuando se encadenó por un bien común, siendo ella muy pequeña, en la Plaza del Toral.

Fuera, debajo del cielo gris que envolvía la noche oscura, todo irradiaba cierta euforia, una energía desconocida se había apoderado del lugar llevándose cualquier nube del alma de Valen, cualquier sensación de malestar. Ya no trataba de comprender qué gozoso misterio encerraba aquel sitio, la estancia, el momento, ni de qué milagrosa comunión de sensaciones y alegría había sido protagonista y testigo, sólo pensaba en que al anochecer, entre las sábanas crujientes, intentaría guardar en su memoria el momento vivido.

Al sentir la caricia de su hija, María abrió la mano sin despertarse y dejó caer sobre la alfombra un papelito que Valen recogió con cuidado y, a duras penas por la migaja de luz que entraba, lo leyó para sí en voz muy baja:

—Cuántos sueños rotos guardan los mares fronterizos.

Felipe Iglesias Serrano

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