Cómo somos los hombres…

Masculinidad

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El papel de la mujer en la sociedad ha experimentado una importante transformación. Hasta no hace tanto tiempo feminidad era sinónimo de obediencia, recato o discreción, y la vida de la mujer se limitaba a la familia y al cuidado del hogar. La identidad femenina ha cambiado a medida que la mujer ha ido consiguiendo avances hacia la igualdad.

En cambio, estudios muestran que el comportamiento masculino se mantiene bastante estable. Los hombres seguimos sin poder llorar, tenemos que mostrarnos fuertes, viriles e, incluso, agresivos. No está bien visto que mostremos emociones que denoten debilidad, o no podemos permitir que una mujer destaque más que nosotros.

El modelo de masculinidad y feminidad tradicional divide la sociedad en géneros imponiendo roles diferentes para hombres y mujeres, papeles que cada cual debe cumplir, pero con un diferente reconocimiento económico y social. Esta desigualdad se traduce en privilegios para los hombres.

Las estadísticas muestran aún grandes desigualdades entre hombres y mujeres, en salarios, en acceso a puestos de trabajo mejor valorados o cargos de dirección, en el tiempo dedicado al cuidado de la familia (los permisos de maternidad y las medias jornadas siguen protagonizándolas las mujeres), etc., lo que repercute a su vez en menores oportunidades de empleo, participación social y autonomía. Esta desigualdad junto a los mitos del amor romántico y la cosificación de la mujer en los medios, entre otros micromachismos (“micro” por lo invisibles y no por la poca importancia) son además el caldo de cultivo de la violencia de género.

Frente a ello cada vez somos más los hombres que no queremos cerrar los ojos ante la evidencia y mantener un modelo de sociedad construido sobre la desigualdad. Nos duele estar contribuyendo a que nuestras parejas, hijas, amigas, madres, o cualquier mujer sufra un trato desigual e injusto y vulneración de sus derechos, que sientan limitada su libertad o no puedan tener las mismas oportunidades que nosotros.

Estamos empezando a comprender que a cada hombre nos toca una parte de responsabilidad. Dejar de ser un hombre tradicional implica perder nuestros privilegios y asumir responsabilidades que hasta ahora no asumíamos. Pero también poder mostrar libremente sentimientos o emociones, cuidar y cuidarnos. Cuando estamos tristes, frustrados, desilusionados o pasamos por una depresión, no sabemos qué nos pasa, tendemos a ocultarlo y recurrimos más fácilmente a la violencia, a las drogas o al alcohol y a asumir riesgos adoptando actitudes “viriles”, agresivas para las demás personas y de riesgo para nosotros mismos en la conducción, en los deportes, en nuestra vida afectiva y sexual. Hemos de cuestionarnos este modelo de masculinidad y empezar a explorar otras maneras de ser hombre para construir nuevas formas de relación: las relaciones de buen trato.

Cada vez somos más los hombres que no vemos el feminismo como amenaza, sino que estamos agradecidos a tantas mujeres que con su lucha por la igualdad nos han permitido conocer mejor la sociedad en la que vivimos y a nosotros mismos. Y comprobamos viviendo de otra manera que aumenta la calidad en nuestras relaciones con mujeres y hombres, que sentimos la satisfacción de estar experimentando un proceso de crecimiento personal y contribuyendo a una sociedad más justa.

Cada vez más hombres pensamos que la igualdad es también cosa nuestra, que formamos parte del cambio, que queremos vivir en una sociedad más igualitaria y libre para todas y todos y que estamos dispuestos a asumir nuestra responsabilidad.

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