Salamanca: el mayor prostíbulo de Europa

Salamanca

Queridos lectores, que el título de este artículo no nos lleve a engaño. 

Bella, entrañable, culta, solemne, vetusta y arquitectónica, querida y admirada ciudad de Salamanca. Patrimonio de la Humanidad. Ciudad universitaria —es la universidad en activo más antigua de España, fundada en 1218 por Alfonso IX de León como Estudio General y en 1252 convertida en universidad por Alfonso X el Sabio— y, por ese motivo, al tener tantos estudiantes jóvenes, fue en el siglo XVI, el Siglo de Oro, el mayor prostíbulo de Europa.

Alumnos de todo el continente se matriculaban en dicha universidad de notable prestigio. En el curso de 1584-1585 fueron matriculados nada más y nada menos que 6.778 alumnos. Tanta juventud, tantos estudiantes con las feromonas alteradas; no solo podían dedicarse al estudio, también dedicaban su tiempo libre a los placeres de la carne. A visitar lupanares, burdeles y mancebías, abundantes en la bella ciudad de Salamanca. 

 Quod natura non dat, Salmantica non praestat”. “Lo que la naturaleza no da, Salamanca no lo otorga”. Un dicho unido a la ciudad y a su universidad. Las cualidades innatas de uno no se pueden aprender, son las que son. Una buena excusa para los pésimos estudiantes. Como expresaba Miguel de Cervantes: “La senda de la virtud es muy estrecha, y el camino del vicio, ancho y espacioso”.

El 12 de noviembre de 1543 un joven de 16 años, el futuro monarca Felipe II, llega a Salamanca para contraer nupcias con su prima hermana la infanta María Manuela de Portugal. El futuro rey es austero, sobrio, muy católico, muy cristiano y muy piadoso. Religioso en extremo y no dado a los placeres banales, no le gusta lo que ve en Salamanca; mucha diversión, abundancia de tabernas insanas y lujuriosas y de prostitutas por toda la ciudad y los jóvenes universitarios disfrutando sin esconderse, a cara descubierta, de todo aquello.

Esa vida alegre y licenciosa le desagrada al futuro soberano de la corona de España, que es hombre de misa y confesión diaria, y decide poner fin a esta pequeña “Sodoma y Gomorra” salmantina. Nada que ver esta vida libertina con la fama de lumbrera intelectual de Occidente de la que hacía gala la ciudad castellana. A partir del Miércoles de Ceniza y durante toda la Cuaresma estará prohibida la prostitución y todas las putas serán desterradas al otro lado del río Tormes.

El clérigo encargado del traslado de las luminarias a la otra orilla (padre Cifuentes) fue conocido popularmente como el “Padre Putas”. Dicho sacerdote debía vigilar que las prostitutas no cruzaran el Tormes de vuelta a Salamanca durante la Semana Santa y que ningún cliente, incapaz de dominar la tentación, saliera de la ciudad cruzando el río en busca de los servicios de alguna meretriz. 

Terminada la Semana Santa, ya podían las fulanas volver a cruzar el río, regresar a la ciudad y ejercer su profesión. Aquello fue conocido como “Lunes de Aguas”. En barcas y barcazas, las prostitutas, acompañadas del “Padre Putas” y de cientos de estudiantes, volvían a Salamanca entre el regocijo de los jóvenes, que en la orilla, borrachos, extasiados de alcohol y de lujuria, las esperaban ansiosos. Una fiesta pagana en toda regla. Música, comida, vino en abundancia, bailes y desenfreno inundaban la orilla del Tormes esperando la llegada de aquellas mujeres dedicadas a satisfacer carnalmente a miles de jóvenes estudiantes universitarios, deseosos de sexo tras pasar la Semana Santa en castidad. 

Hoy en día se sigue celebrando la fiesta de Lunes de Aguas, aunque ya no es lo que era. En nuestros días es una festividad, un día de ocio, en la que familias y amigos se reúnen para beber y comer hornazo (empanada típica de Salamanca rellena de carne y embutido) a la orilla del río Tormes. Como es sabido, tampoco durante la Semana Santa estaba permitido el comer carne.

Los burdeles públicos en el siglo XVI solían estar cerca de los puertos para el desfogue de los marineros y no lejos de las universidades para satisfacer sexualmente a los estudiantes. Para dedicarse a la prostitución legalmente, la mujer debía acreditar ser mayor de 12 años, no ser virgen, ser huérfana y no ser noble. Cumpliendo todos estos requisitos, un juez intentaba disuadirla de dedicarse a vender su cuerpo, y en caso de que persistiera en su idea, legalizaba a la prostituta a ejercer. Un médico visitaba la mancebía para asegurarse de que las meretrices gozaban de buena salud, apartando de la práctica a la que estuviese infectada.  

Además de las mujeres que ejercían la prostitución en las mancebías (reglamentadas, toleradas y amparadas por el Gobierno), también existía la prostitución callejera, las denominadas “cantoneras”, busconas de callejón y de esquina. Los clientes de unas y otras rameras —como en todos los tiempos— eran de todas las clases sociales: pícaros y mendigos, militares, plebeyos, nobles y clérigos, aunque había distinción por calles y barrios dependiendo del nivel económico del parroquiano.  

Durante la dictadura de Francisco Franco (1939-1975), la moralidad del régimen renombró al “Padre Putas” como “el padre Lucas”.  

Así fue como en el siglo XVI la solemne ciudad de Salamanca fue conocida mundialmente no solo por su sobresaliente universidad, sino también como el mayor lupanar de Europa. 

Fernando José Baró

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