Rebajas

Debí de hablar en sueños de las rebajas, porque cuando desperté Alda asentía sonriendo desde su lado de la cama. La miré sin comprender y le pasé un dedo acariciador por las cejas, sus ojos cautivadores brillaban extinguiendo la oscuridad que la luz del amanecer se iba tragando poco a poco. Rocé su cara con la mía para saciar esa necesidad de comunicación física que siempre tengo al levantarme y la observé inquisitivo con mis ojos somnolientos, distanciados de toda forma humana. Nos pusimos de pie y, medio adormilado todavía, la abracé sin fuerzas. Ella se escabulló con facilidad y me dejó con las manos colgadas en el aire sobre mis propias palabras.

— Nos van a ver —me dijo creando con sus palmas abiertas una muralla natural entre los dos.

— Que no, mujer, que no. ¿De qué te sonreías antes?

— ¡Ah! Por lo de ir a las rebajas, aunque me ha extrañado que me lo preguntaras a las tres de la mañana en un intervalo de tus ronquidos.

— Pero si yo no…

Recordé de pronto haberme despertado hablando de madrugada y haber caído luego en un duermevela continuado con las orejas llenas de palabras que alguien me estuviera susurrando al oído -tal vez Avemarías-. Yo me veía impedido de contestar otra cosa que no fuera sí a todo. Horrible. Respiré hondo para tranquilizarme y me dirigí al baño.

Medio lavabo para mí, medio lavabo para ella. El grifo, combativo, expulsaba el agua compartida por turnos. Me sequé la mano izquierda, luego la derecha y después la cara, por aquello que dicen de que así no te duelen las muelas. Como yo estoy que no salgo del dentista últimamente… De la imagen ondulante que aparecía en el espejo brotaban conjuros cotidianos, “tener un buen día”, “llevar cuidado” y, si se pudiera, “ser solidario”.

El Sol hería con su luz el salón sin que las persianas de la terraza pudieran parar su torrente de rayos. Las plantas brillaban Inmutables en sus macetas pidiendo agua y la silueta de Alda dibujada sobre el cielo les hablaba refrescándolas.

El esplendor dorado de la luz solar dura unos treinta minutos en ese lugar de la casa, luego vuelven las minúsculas sombras por los rincones rodeando ese sopor temprano permanente del mes de julio. La cocina está orientada hacia el sur y da a una calle de pavimento deteriorado entre cuyas losetas deformadas por el tiempo crece la hierba. La vida se manifiesta en cualquier sitio y de cualquier manera.

Los muebles blancos de la cocina aún esperaban apagados. Nosotros nos abrazábamos con una mano sin soltarnos, ella preparó con soltura el café sólo con su brazo derecho y yo, imitando al Spencer Tracy manco de Conspiración de silencio (BadDay at Black Rock, 1954), intenté de la manera más torpe hacer tostadas. Salieron negras, a juego con el color del café, porque yo estaba pensando en las Bravas, en la cervecita y en ver libros rebajados de precio y, claro, así no me daba cuenta de lo que estaba haciendo. Durante el desayuno acordamos ir después de la compra a comer al Rincón de Roque y luego separarnos para que ella viera sus trapos y yo los libros de oferta. Los chicos dormían, tendrían que apañarse como pudieran.

Estuve alrededor de cuarenta minutos en el puesto de charcutería de mi amigo Santiago “el bajito“, que tiene una lengua tan interminablemente larga como su lomo embuchado.

De vuelta a casa tuvimos que sortear con el carro de la compra la misma clase de obstáculos que a la ida, vallas sobre el suelo inclinado, grietas, zanjas, coches invadiendo los pasos de cebra, agujeros en las aceras llenas basura desparramada desde bolsas obscenamente abiertas en posturas preparadas para una orgía de desechos orgánicos. Después de tanto sobresalto, mientras colocábamos la compra, convinimos el horario de ruta por separado y la hora aproximada para reunirnos de nuevo.

Yo no estaba tranquilo, un hormigueo iba y venía en mis adentros, me pregunté si no sería debido al estrés de trabajo en la fábrica. Desasosegado, me demoré en salir, esperaba una señal del techo, el clásico golpeteo diario de los vecinos, un signo del cielo, aquí tan negro. Alda me apremiaba con un trueno en sus ojos.

— ¿A dónde vais doños?

La sólida vocecita atravesó las paredes de la habitación, circuló por el pasillo y fue a caer cerca de la entrada con su caudal de inocencia juvenil. Claudia abrió la puerta de su cuarto y repitió el mismo susurro dulcemente.

— ¿A dónde vais?

— Al centro, a las rebajas —contesté yo temiéndome lo peor.

— Me ducho en un minuto —yo sabía que serían años— y me voy con vosotros, necesito comprarme urgentemente una falda negra larga.

Alda esbozó una tímida sonrisa de madre y yo pensé en mi plan, un plan muy simple, ver libros de saldo y luego ir a las Bravas, la vida no tendría sentido si vas al Centro y no pasas por las Bravas a tomar una ración de sus famosas patatas con salsa Brava y una cerveza. Me preocupaba porque Claudia era una especialista en desbaratar planes. El grato sendero que seguía mi pensamiento empezaba a estar en desorden con las cosas de la casa. Las cosas también se mueven, tienen vida y te cambian la tuya.

El autobús tardó más de cuarenta minutos en llegar. El monótono traqueteo y el sol que untaba de melaza las ventanillas inducían al sueño. Como alguien me dijo una vez, los autobuses son como grandes cunas, una vez dentro te invitan a dormir.

El Centro parecía la boca de un dragón, las tiendas engullían y expulsaban abruptamente a jóvenes y viejos en la misma proporción.

— Tú espéranos en la puerta —me decía Claudia, y cogía del brazo a su madre que, sin decir palabra, entraba con ella. Yo asomaba tímidamente la cabeza, con cuidado de que no me fuera arrancada por la marea humana de mujeres excitadas que entraban y salían sin parar con bolsas crujientes.

Apenas tenía tiempo de fijarme en sus caras. Un traje rojo, una blusa negra, un traje blanco tipo jungla, un suéter bandolera, unos pendientes de aro casi tan grandes como los aros con los que yo jugaba de niño al rueda rueda. Rubia tintada, con mechas, gafas verdes, chaqueta roja y bolso negro que parece un apéndice del escotillo. Otra y otras muchachas, y otras más sin rostros visibles. Canalillos mareantes. Falda vaquera caída, chanclos morados, vuelta de espaldas, ¿quién me hurtaba sus ojos? Una tienda y otra y otra más y Claudia, “¡Más deprisa mamá!”. Miles de cuerpos desordenados, serpenteando, moviéndose frenéticamente en busca de algo con que contentar su ego, algo que alzar suspirando triunfalmente. Tímidas bolsas bamboleándose en el aire áspero y cuchicheando entre ellas.

Los altavoces interiores de las tiendas nos atronaban con su latiguillo de voz monótona y dulce, frases aprendidas de memoria o leídas de un papel, acompañadas de una música dulzona espanta mosquitos.

— ¿Pero papá, qué haces?  ¿Dónde  nos esperas?  Estate quieto aquí —me dijo Claudia, señalando otra puerta más.

— Otra boca de dragón —me dije yo a mi vez— que no osaré traspasar. Y me estanqué como el agua de los estanques bajo un cielo intacto. Me acurruqué en un rincón sin moverme soñando con múltiples sendas y veredas circulares que no llevaban a ninguna parte.

Chinita morena con gafas, blusa rojo oscuro, zapatos beige abiertos, brazos en jarras, en actitud de espera, impaciente. Zapatillas de deporte, corriendo más que caminando, en piernas larguísimas del color de las piedras de agua dentro de una falda blanca y una blusa estrecha rosa. Un chico asustadizo que correteaba detrás de la blusa, la falda y las zapatillas de su chica enfadada, con cara de necesitar contentarla con algo, a espabilarse, no todo son palabras cariñosas y miradas transparentes.

El helado de cucurucho iba y venía de mi boca y mis sorbetones me aturdían más que el continuo trasiego murmurante de mujeres, al que ya me iba acostumbrando. Del principio de la calle llegaban voces ascendentes como gorjeos de pájaros, mujeres y hombres que acudían en tropel a las golosas rebajas. Detrás del cucurucho, como un tic nervioso en el ojo, se asomaba una cara casi pegada a la mía. Otra falda negra de volantes como pieles de cebolla, bolsa de compra verde, chanclas abiertas y cabello recogido en un moño permanecía en actitud de desesperada espera con el móvil en la mano. Yo seguía sin mirar sus caras, pero oía sus voces huecas junto al ruido lastimero que producían mis tripas vacías de alimento. La gente brotaba por todas partes en torno a las tiendas. Una joven rubia y delgada, unos treinta años, pantalón vaquero, gafas oscuras y zuecos marrones, caminaba delante de mí como un fantasma. Chaquetillas azules, faldas amplias de amplios vuelos, ambas compartiendo móvil y risas cómplices, parecían moverse solas sin necesidad de piernas.

El cucurucho de helado volvió a la carga, no parecía importarle pasear por mi boca y asomar por mis labios su fría cara de chocolate sin ojos. Me puse de puntillas y me agarré a la pared casi rascándola con las uñas, empezaba a sentirme como el James Stewart de Vértigo (Alfred Hitchcock, 1958), al borde del pánico ansiolítico. Sólo veía comercios abarrotados rodeados de enormes edificios y minúsculos brotecillos verdes que, a pesar de todo, sobresalían desamparados de un pavimento del color de la tragedia recién pulimentado.

— ¿Y mis bravas y mis libros de saldo antiguos? ¿Cuándo podré tomar esa cervecita fresca?

Así comencé mi letanía diaria, en voz baja, muy baja, con los ojos entornados y un gesto dulcificado de comprensible desdicha.

— Oigo el suave trasiego de tus pies de un lado a otro de la cocina y un canturreo sentimental, el alegre chisporroteo de las patatas fritas en la sartén y la lavadora vieja, hurgando en el silencio. Tu voz llega como un murmullo hasta mí, que estoy en la terraza intentando doblegar las cuerdas de tender, y, sin apenas haberte oído, te contesto, sabiendo que no me oirás tú tampoco. Recito ingenuo la misma letanía diaria: Quiero chuletas con patatas o pollo frito con cerveza, tortilla con cebolla muy picada o sepia o calamares, boquerones fritos, tomate pelado con grandes aros de cebolla repartidos por la ensalada, piña natural y natillas caseras o flan de huevo tierno y humoso y el kefir. No, el kefir para esta noche, pero antes de la noche y del kefir, melón con arrugas y pipas resbalando por sus terraplenes amarillos y luego un poco de ti misma, disuelta con la luz de membrillo que habita en la mesilla, blanda y con sabor a tierra desolada y a noche oscura.

Abrí los ojos y encontré a mis pies un puñado de monedas desdichadas, la mayoría eran céntimos. Algunas de las personas que me las habían lanzado, se quedaban mirándome y hasta aplaudían ese susurro que suelo recitar casi a diario. Yo no me avergoncé.

El dragón seguía escupiendo gente y engulléndola al mismo tiempo con pavorosa naturalidad sin que se aplacase la sed de compras que entraba por su boca ardiente. El padre y el niño querían entrar por una de sus bocas a buscar a la madre, un libro infantil permanecía abierto al lado del chupete, el niño lloraba, mejor, berreaba, el libro también, estrujado en sus manitas, sus palabras pugnaban por salirse del papel y cruzarse con otras palabras en el incómodo viento que soplaba sin cesar. El calor quemaba. El carrito se movió descubriendo una pintada en el suelo escrita con mucho arte caligráfico:

El mundo entero sabrá que eres capaz de bajar del cielo las estrellas.

Escaparates llenos de pantallas de televisión, portátiles de todos los tamaños y colores, tablets y toda clase de aparatos electrónicos y de sonido. Guardias de seguridad que vigilaban celosamente con un mohín en la nariz semejante al hocico furioso de un perro. Carteles gigantes o medianos a todo color, impresos, a mano y a máquina, en hileras dobles, como árboles de un bosque multicolor preñado de letras que formaban la misma palabra cubierta de maleza imaginaria: REBAJAS. Tirantes de sujetador de vivos colores debajo del vestido, vestidos que cubrían piernas que andaban ágilmente en zuecos con plataforma. Una ecuatoriana rascaba el suelo con su enorme maletón que, por el tamaño, debía contener toda su vida dentro.

Desapareció el helado y la galleta crujía en mi boca como los muelles de un colchón viejo.

Era sábado, a media mañana todavía y el termómetro callejero ya marcaba cerca de los 36º, quizá habría aún tiempo de ver algo de libros viejos, tomar unas bravas mientras charlábamos y, ¿por qué no?, desprenderse del reloj, de los horarios, así, sin más, y vivir durante unas horas sin tiempo, alocadamente. Si pudiera tener más vidas encubiertas para revisar mi filmoteca, ver una y otra vez las películas que más quiero… No pedía tanto, flotar por encima de los tejados hasta agarrarme a la cola de cualquier cometa pasajero que me llevara a conocer otras galaxias, otros soles, otras estrellas. Eso es también como ver una película que amas.

— Samuelito, que inteligentemente no ha venido a acompañarnos a las rebajas, es la única persona que conozco capaz de vivir “su tiempo”. Sabe cómo tensar y poner el cronómetro de su cuerpo en marcha. Su paso elegante se transforma y se hace transparente sobre el polvo rayado de las aceras grises, de cualquier camino de agua. Él es la velocidad. Su existencia transcurre en un ralentí. Es dueño del tiempo a su antojo. Samuelito el lento, el que arrastra los pies al andar, el que no sabe dónde colocar su desgarbado cuerpo ni sus largas manos, el apático para cualquier movimiento físico, excepto para los 100 metros lisos, arranca la tierra y de la tierra con su hermana de la mano, a la que cuida desde los once años como en un juego, y tira de ella con firmeza saltando zanjas y montículos de arena para perderse por la calle fantasma de la ferretería lapona, la tienda de comestibles del chino, o la nueva frutería de Arnaldo. Y su hermana, siempre rebelde, no se deja pero se deja hacer porque la lleva planeando por el aire.

Si Raquelita, mi compañera de trabajo, no se angustiara tanto por sus clases de conducción… Le tengo que prestar sobres de tila diarios, “ya me lo devolverás”, le digo para no multiplicar sus nervios. ¡Qué bien aparenta ser feliz! Su máxima preocupación son sus clases y que la quiera bien su nuevo chico. Necesita tiempo, mucho tiempo y paciencia para recuperar la voz perdida al separarse de su primer novio. ¡Y cómo duele el primer amor! Un año sin voz es mucho dolor. Poco a poco y con nuestro cariño diario.

Si Claudia quisiera seguir escribiendo sin desactivar esa máquina de crear historias inquietantes que hay en su cabeza… Qué importa si son buenas o malas, si sigue luchando contra la bilis de su estómago, algo bueno, muy bueno saldrá pronto de su corazón herido. Todo es cuestión de tiempo. Ha crecido desde la famosa piedra de la luz oscura[1]. Ahora, a sus diecisiete años, tiene un físico imponente, unos ojos de fuego negro que impresionan y una tez morena que destella ira en la oscuridad, pero en la claridad de su alma atesora esencia de luz. Y es que tiene un don, sabe capturar la luz y crear un instante atemporal en sus fotos y retratos. Me acuerdo, y mucho, del curso de fotógrafo que mi padre no me quiso financiar cuando era joven.

Si Alda pudiera compaginar las asignaturas que le quedan para acabar tercero de Informática con sus catequesis y sus interminables reuniones del Consejo Pastoral… ¡Qué no daría yo por desvelar el misterio que rodea su cara blanca! El equilibrio sereno tan natural que resplandece intermitentemente, la sencilla aceptación que veo en sus ojos de la vida tan transparente que ella vive todo el tiempo.

Y si mi amigo Pepe “Tarzán”, pudiera terminar de escribir su libro sobre los Tarzanes cinematográficos de una vez por todas… El libro de toda su vida resumido en un grito de ayuda desde un árbol tristísimo. Y así tal vez podría vencer en su duelo titánico con el estrés que le producen el trabajo y el no poder ver su sueño cumplido antes de que la palpitante supernova estalle en su cabeza deprimiéndole para siempre. Metódico analista informático que no sabes vivir ni dormir sin la chaqueta y la corbata puestas, ¡lanza tu reloj y estréllalo contra el tiempo!

Un viento imposible se colaba entre estos edificios céntricos untados de cemento. Era terriblemente cálido, expulsaba su aliento contaminante sin distinción y ennegrecía el absurdo y humoso paisaje.

Repentinamente la gente ralentizó su paso, ya no parecían tener prisa, habían caído en una especie de inaudita sugestión. El reloj de la Puerta del Sol iba más despacio, los cuartos, las medias y las horas sonaban distorsionadas en sus campanas de alas dulces —¿Quién obliga a los relojes a dar el tiempo? Si se pudiese penetrar hasta lo más hondo del alma, quizá pudiera percibirse el tic-tac del corazón como el formidable caudal que nutre de tiempo nuestra vida diaria—. El termómetro callejero se había vuelto loco, hacía sólo cinco minutos marcaba 20º y ahora se había puesto en 46º. El viento no amainaba, vibraba y arremetía contra la plaza, hería avanzando hacia nosotros como los escudos de una legión romana. Por momentos tenía la impresión de que el cielo nos caería encima. Me sentía muy pesado de piernas, sin embargo mi corazón cabalgaba ligero, mi cabeza pensaba con enorme claridad y descifraba con sencillez algunas de esas hondas preguntas sobre la vida que de vez en cuando todos nos hacemos. Nada se espesaba, todo adquiría un significado y me parecía de una esencialidad extraordinaria. Era maravilloso observar a los demás, movían sus cuerpos desordenadamente, dentro de un caos armónico, no tenían miedo al aire lúcido que los envolvía. Caminaban abrazados en un magma sólido, áureo, que los mantenía con vida al borde mismo de la muerte por el súbito aumento de temperatura y al mismo tiempo sus caras, y ahora sí miraba sus caras, expresaban el gozo gratificante de haber comprendido las leyes del Universo, el significado de la vida y el tiempo en un mismo concepto. Y por eso iban despacio, despacito, digiriendo tiempo y viviendo lentamente. Todo era tenue y hasta el paso de la muerte que inundaba la ciudad con aire de sufrimiento, se hizo comprensible. Las flores recobraron sus colores, las hojas de los árboles estaban más vivas que nunca. En la suave luz de todas esas casitas de edificios tan altos y lejanos, el viento pareció avivar sus oídos interiores evocando sonidos celestiales en los balcones abiertos.

Vivimos la vida de personas que apenas se dejan ver, que aparecieron como gotas de lluvia diminutas y un día desaparecen para siempre y sientes arrancarse esas gotas de tu carne. Otro día llueven más gotas, más personas con una historia que contar y ya no resbalan simplemente igual que la lluvia, sino que necesitan quedarse en tu piel, ser sentidas, escuchadas, para poder sobrevivir un poco más cada día. Nada es baldío.

Ahora todos se parecían a Samuelito, todos ralentizaban su paso disfrutando de cada ínfimo instante. En sus caras se reflejaba el estado de su alma, parecían haber lavado sus pecadillos sin prisas, sobre una marcha lenta, a resoplidos, toda la vasta tiniebla anidada en cada uno de una vez por todas. Algunos bailaban, chicos y chicas se besaban, se daban palmaditas y abrazos felicitándose, demorándose en cada movimiento pero gozando de cada instante. Un segundo tardaba horas en pasar. El tiempo se había hecho eternamente interminable. Qué bonito era abrazarse sin motivo en la calle Preciados, auténtico hervidero de prisas, codazos, empellones, malos modos, miradas hoscas y acusaciones de culpa al contrario, al desconocido. Qué bonito recoger tu mano en el hueco de otra mano vacía, escuchar esas voces amigas llamándote, resonando a lo lejos, desde otra dimensión, otra época de cálidos recuerdos. Recordé qué tiempo tan feliz cuando yo era más joven y paseaba solo y sin un céntimo en el bolsillo con mi libro de cuentos de Chejov por único y fiel compañero, que no me abandonaba ni de día ni de noche. Y pensé que ahora, en mi virginal inocencia, en este mismo instante, no encontraba ni rastro de maldad ni de miedo.

No daba crédito a lo que veían mis ojos astigmáticos y en mi efusividad calenturienta me adelanté unos metros, quería mezclarme con ellos, impregnarme de ese tónico del desierto, ese insensato cielo, para desentrañar el mismo Universo. Deseaba sentirlo, vivir como ellos esa gratificación de los sentidos que ascenderían gradualmente por mi ser para hacerme libre, pues los demás también lo eran.

El viento disminuyó, se retrajo por la calle Mayor hasta los jardines del Moro, mis ojos cenagosos, amazónicos se volvieron para vislumbrar en el termómetro callejero los 24º de nuevo. Como si despertaran de un sueño, los que habían sido personas durante esos breves instantes, recobraron su aire retraído, individualista, unos se calzaron los cascos, otros optaron por el móvil, para todos ellos los demás éramos inexistentes. Volvió el murmullo ensordecedor, millones de grotescas figuritas graznaban palabras ininteligibles y agitaban los brazos en todas direcciones con ansias de volar, de elevarse, como en un sueño, hacia los ciclópeos edificios que rodeaban la Puerta del Sol, tratando de alcanzar cualquier mísera cosa, un anuncio empotrado en lo más alto. Bajo aquel cielo rosado sólo existía la palabra REBAJAS. Mientras, un millón, poco más o menos, de hombres con ojos calculadores como los de un animal hambriento esperaban fumando, hablando de fútbol o contando chistes verdes frente a los escaparates llenos de reflejos. Sentí de nuevo pánico escénico, los ojos se me volvían de cristal de agua. Notaba la agresividad ambiental, la necesidad creada artificialmente de usar y tirar, el afán desmedido de poseer y hastiarse con la misma inusitada rapidez. Sentía disgusto por los que comercializan el miedo asustando a la gente para que compre las cosas que no se necesitan.

— Pronto, pronto, rápido. ¡Huy, qué cara tienes! Ni que te hubiera caído el Sol encima, estás rojo, rojo —remachó Claudia con ojos pizpiretos.

Acelerada, nerviosa con su falda negra larga en la mano, miraba a su madre, que me pasaba con suavidad la mano fría por la cara intentando descubrir no sabía qué. Pero sólo consiguió que yo diera un respingo ante el tacto de sus dedos heladores.

— Ya lo he encontrado —musitó Alda en una esquina de mi oído, y me dio un mordisquito en la oreja en señal inequívoca de que estaba contenta, mientras a mí me recorría un escalofrío de placer, y también de miedo por los inquietantes silbidos del viento.

— Pero bueno, ¿no habéis notado el subidón de temperatura?

Les hablaba musicalizando las palabras y trataba de explicárselo con gestos como haría un buen italiano. Las dos se miraron extrañadas y empezaron a hablar entre ellas, ignorándome.

— Te lo dije mamá, no debemos hacerle esperar tanto —pude oír cómo le susurraba Claudia en un tono anormalmente bajo.

— Al menos espero que tanto tiempo de tardanza les haya servido de algo —pensé conformándome—. ¿Y ahora ya podemos tomarnos unas bravas y unas cervecitas? —les solté muy ilusionado.

— Luego, después —me dijo dulcemente Alda—. La niña quiere ir a Pontejos, ha perdido un botón, el de su otro pantalón, esencial para su vida social, según ella.

El silencio subió del suelo y un aire de sufrimiento y un río de lágrimas amables e invisibles sembraron mi cara contrariada. La vida es inapreciable si no llevas cargada la espalda con algo así como un anuncio que diga: REBAJAS.

[1] Cuento de la luz oscura. FS

Felipe Iglesias Serrano

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