RAZONES PÉSIMAS

No soy tan pesimista como sueña mi mujer durante sus terrores nocturnos. Me gusta levantarme por la noche y, de madrugada, seguir la estela que deja Alda hasta la cocina en su repetida procesión nocturna, quedarme luego a fisgar por la ventana mientras ella vuelve al duermevela.

Observo cómo la noche duerme también sobre las aceras amuebladas de vehículos, miro su color negro intenso, alterado por la luz membrillosa de las farolas, los tejados picudos de San Nicolás, amenazantes, hendiendo las nubes, y las debilitadas estrellas con sus sombras.

También me gusta husmear por las habitaciones de mis hijos. Huelo el aire de la calle que quedó estancado en sus cuartos y el agua de la pecera sin cambiar. Me quedo en silencio, sin moverme, para ver si duerme Nuca, la pequeña tortuga de Claudia. Busco a ciegas la silla de madera y tanteo si Fito, el muñeco peludo, se mantiene erguido en su respaldo o, por el contrario, se ha vuelto a inclinar sobre el tejado de la casa de muñecas. Necesito comprobar si mi hijo Samuel sigue con su hábito de dormir con los pies fuera de la cama, y me tienta abrirle algún cajón del armario para que pueda apoyarlos, sólo por tocarle y sentir brevemente el recorrido de su sangre porque ya es mayor y no puedo achucharle ni besarle como cuando era un niño. Odio los besos y los abrazos de los mayores, el apretón de las manos que se escurren y el lameteo oral. Disfruto con los besos de mis sobrinos pequeños y de mis hijos, que todavía no han aprendido. Los besos de los niños son horriblemente sonoros y lo peor: babosos, pero muy sinceros… Y siempre te miran a los ojos. No puedo soportar a las personas que no te miran cuando les hablas. ¿Os habéis fijado en los ojos de un gato?, son como ciénagas de luz, te atrapan tan hondo que dan miedo.

Me apasiona pasear arriba y abajo del salón, sentir alguna cisterna lejana romper la quietud natural de la noche, verle las vísceras al tiempo a través del reloj de arena que hay en el segundo estante del mueble, al lado de la foto de mi boda. Atisbo por las ventanas de la terraza tristona, entre las rendijas de las persianas bajadas que gotean luz, el paso de la noche a la madrugada. Escucho los gruñidos del viento y el tintineo de botellas vacías en los cubos verdes, las débiles voces que vienen del «pub» y el ruido sordo de los coches en la carretera. Y me quedo así, pensando tenuemente en el ruido, rodeado de macetas sin plantas.

El ruido de la ciudad es superior a mí, lo soporto menos que la contaminación del aire. Además, estoy convencido de que nos estamos quedando sordos. No conozco a nadie que, al hablarle, no conteste invariablemente «¿qué?». Yo, que no veo la televisión, terminaré por aprenderme de memorieta todos los concursos, culebrones y anuncios nocturnos del «prime time». Si duermo sobre el costado derecho, mi vecino de arriba asalta mi oreja izquierda con prodigiosa puntualidad, así que prefiero ponerme del otro lado, oigo todo lo que pasa en la habitación de los niños que viven en el bloque de al lado, es más humano y yo más comprensivo.

No comprendo las reuniones de vecinos, todos hacemos oídos sordos, «hay mala gente», como diría aquel cazador de «Dersu Uzala». Ni me gustan los apartes en el portal, se aguza mucho el oído y se presta demasiada atención a la rumorología. Los rumores son los que han matado la alegría de la Fábrica, apenas hay ruido de risas por los pasillos vacíos. Todos nos hemos vuelto inhóspitos e insolidarios. Estamos tensos. Tantas horas prisionero del trabajo, con un único deseo: ver desaparecer una «minga» de luna por la ventana alta del aseo que da al vertedero.

Soy un desecho, un hombre basura, maduro, barrigudo y pelón. Mi oficio: «multioperario», un depredador de la cuerda de embalar; ato, desato y hago brincar cualquier paquete con la velocidad de un o.v.n.i., sin emitir ruido alguno; cuento y coloco género; canto susurros de sirena por las distintas secciones y escribo cosas tiernas que me salen del alma. No, no soy un pesimista, que me azoten con regaliz blando si miento. Amo la paz, el silencio, los espacios abiertos, las miradas sin estridencias y la salida diaria de la Fábrica.

A la vuelta del trabajo, durante el trayecto de autobús, he encontrado dos maneras distintas de mitigar ese continuo blasfemar sonoro de las calles a las 15:30 horas. Leer, leer y leer… o ajustarme los auriculares y conectar «Diálogos 3» en mi pequeña radio. También escucho a Joaquín Díaz.

Me distrae escuchar «Clásicos Populares» y leer el periódico mientras como y me tranquiliza saber que Alda está sentada frente a mí, repasando teoría o elaborando menús en la alargada mesa de la cocina, la ventana cerrada y sin hablarnos, salvo los martes, cuando emprende su particular maratón de clases de Informática.

No me desagrada salir todas las tardes de marcha para ir a comprar, hacer los recados y los pagos del banco, satisfacer las pamplinas y los caprichos menudos de mi hija mientras ella hace los deberes, lo que no soporto son las colas y los pasillos estrechos del autoservicio, donde sólo puedo avanzar hacia la cajera moviendo los pies musicalmente, ni tampoco olvidarme de alguna cosa de la lista de la compra. Pero lo que sí me desagrada de veras es la compra de los sábados en el mercado y más sabiendo que, al volver, me espera una pequeña parte de la limpieza semanal de la casa. «Horríbilis». Admito que no todo es malo. Puedo ver con satisfacción cómo entran por las puertas correderas las miríadas de caras que ya había visto la semana pasada, las mismas personas dispuestas a compartir el rito de la compra y de la conversación el mismo día y a la misma hora. Resulta posible creer que las personas permanecen en sus puestos, inmutables al paso semanal del tiempo: El pescadero coruñés y su hermana, criados en León; Santiago, el hablador, experto en embutidos; el frágil pollero, siempre tan pálido como sus pollos muertos. Sonrío ante el aluvión de las primeras palabras carraspeantes, recién salidas de casa, que esparce por los puestos el aliento de los distintos cafés y las frutas de los desayunos: «¿Cómo está tu espalda hoy?», «Lávate el ojo, se te ve malo», «¿Y los chicos?. En la cama, claro, a estas horas».  «Adiós, Santi», dice uno por allí. Un giro de baile y «Alcánzame la mortadela, Miguel», un pasito atrás y voy con el jamón de York, dos más adelante y cuarto de queso fresco para tí, «Ése reúma tuyo va a mejorar», «¡Hola Dª Neme!, usted sí que sabe vivir bien». Sonidos hermosos, muy humanos, mezclados con la algarabía ruidosa de los viejos carritos de la compra, el «plash, plash» de zuecos y zapatillas sin desperezar y el chocar violento de los alimentos al ser envueltos en papel de estraza. Deslumbrante esa amalgama de colores variopintos: las frutas y verduras, la carne roja, el pescado blanco y el azul, los variantes encerrados en sus grandes botes de cristal. Remansos de palabras y ruidos que pertenecen a las entrañas del mercado. Ansias de querer y no querer volver  la semana siguiente, para que no cambie nada.

Ansiedad de verdad y unas laminillas de placer es madrugar los sábados, bajar a la calle y, a la vuelta de la esquina, pararme un momentito al lado de la tintorería, frente a la tienda de pinturas, hablar con ese silencio mágico que gravita en la calzada sin coches, observar los ojos cerrados de los bloques, entornadas las persianas, aún sin despertar sus habitantes, seguir gozoso luego por la ruta del mercadillo vacío hasta el kiosco de Marcelino para comprar la prensa. Cruzar despacio, hojeando los diarios, por la callecita del autoservicio hasta la principal y, antes de llegar a «Maribel», percibir ese agradable olor a «baguettes» y «pulgas» recientes con las que preparar los desayunos.

La tarde del sábado es distinta si Alda y los chicos se quedan estudiando. El zumbido monocorde del 18 y el reflejo de las jorobas de luz que escoltan su paso por la carretera, me adormecen cuando voy a la sesión de cine. Recogido en mi asiento, me siento en plenitud. Regreso con el último arreón de sombras, la ciudad dividida en islotes luminosos. Si Samuel no ha salido, toda la familia se reúne en la mesa alrededor de los alimentos. «Acabada la cena«, acechamos como felinos para ver quién se lava los dientes el primero. A mí casi siempre me toca hacer vigilia en la puerta. Por la noche, dentro de la cama, me gusta gatear hasta el sueño por entre las líneas de un libro. A las pocas páginas  las letras parecen animales subidos en los árboles, los acentos y las comas hojas menudas, y los puntos ojos de plantas que me miran.

… A veces me quedo tanto tiempo pensando en la terraza, que creo hablar también con las macetas deshabitadas. Trato de desentumecer mi cuerpo y vuelvo a la cocina. Como soy un maniático, me aseguro de que la llave del gas y la bombona están bien cerradas. Recojo el vaso, guardo el frasco de bicarbonato que ha dejado Alda y vuelvo a la habitación, no sin antes mirar otra vez por la ventana. Las luces, los coches, los edificios y las aceras, todo sigue ahí. Pronto será de día. Noto frías las sábanas, igual que todas las noches. Estiro los pies hasta la línea que divide el colchón, ésa donde las mantas se precipitan contra el suelo desparramando jirones desprendidos del sueño anterior. No me reconozco, ahondo mi cuerpo hasta chocar con los muelles para buscar la postura. Pasados unos segundos todo resulta inamovible, eterno. Noche tras noche la espalda me avisa de que algo anda mal en los nervios lumbares, mis articulaciones no son ninguna maravilla y, encima, Alda empieza a «largar» entre balbuceos y pesadillas su letanía diaria: «eres un pesimista redomado», y yo estoy ya harto, ahora mismo digo que si eso es verdad, ardan mis pies en hogueras de fogueo.

Felipe Iglesias Serrano

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