Mi viejo amigo

Jávea_desde_el_Montgó

Ya a finales del verano, me encontraba caminando por las calles de Jávea, concretamente por el club náutico, cuando alguien me llamó por mi nombre. Me sorprendió semejante hecho, puesto que era la primera vez que pisaba aquel lugar. Me giré con prudencia y ante mí vi un rostro iluminado por una enorme sonrisa; no pude por menos que corresponder con otra de iguales proporciones y además acompañada de una sincera felicidad. Ante mí tenía a alguien que hacía dos décadas que no veía, pero a pesar de ello le reconocí de inmediato, al igual que él a mí.

—¡César, amigo mío! —Exclamé con estupor a la vez que le envolvía con un profundo abrazo.

Fue tan grande la amistad que tuvimos en su momento, que nos recordamos el uno al otro como si en lugar de veinte años hubieran pasado tan solo veinte minutos. Los dos estábamos de vacaciones y cada uno íbamos a realizar una actividad diferente cuando nos encontramos: yo iba camino del Montgó para intentar alcanzar su cima, y él se dirigía a realizar una inmersión cerca del cabo de San Antonio, de modo que nos citamos al día siguiente para charlar sobre nuestras vidas y contarnos peripecias que nos habían acaecido durante estos últimos años, amén por supuesto de rememorar viejos tiempos y pasar un buen rato con un amigo del alma.

César tuvo la brillante idea de que pasáramos el día en una embarcación. Él me dijo que se encargaría de todo, incluso de realizar un arroz negro en una cala poco transitada que conocía por la zona. Aunque me sorprendió su propuesta, puesto que nunca había sido muy dado al dispendio, acepté encantado: confiaba plenamente en él, posiblemente más que en nadie en esta tierra, tal era la veneración que sentía por mi amigo, a la vez que mentor en el Gran Oriente, la logia masónica a la que pertenecí durante muchos años y de la cual César llegó a ser Gran Maestre.

No pude coronar el Montgó porque la noche se me echó encima. Por la mañana había quedado con César a las nueve; a esa hora nos dirigimos hacia donde tenía amarrada la embarcación, concretamente un coqueto yate con bastantes metros de eslora. Nada más hacernos a la mar le comenté que pagaríamos a medias el alquiler, y me dijo que no era necesario, puesto que era suya en propiedad. Progresivamente nos fuimos alejando de la costa. A cada instante que pasaba iba descubriendo nuevos signos de opulencia en mi venerable amigo: en la muñeca portaba un Rolex de oro; pescamos con cañas guiadas electrónicamente y con geolocalizador, con las que sin apenas nociones de pesca pude hacerme con un atún de dimensiones considerables. Al barco no le faltaba de nada: estaba decorado de auténtico lujo. Me sentía en la gloria mientras mi amigo me detallaba sin ningún ánimo de ostentación las propiedades que poseía en Menorca, Andorra, San Sebastián, Niza o Mónaco. César siempre fue un anfitrión increíble; me explicó que desde que abandonó la masonería no había hecho ningún amigo de verdad, sin embargo había amasado una fortuna. Él abandonó la logia del Gran Oriente antes que yo, al considerar que había perdido tanto su pureza como sus valores espirituales. Yo tardé un par de años más en darme cuenta de aquello, y ostentando el grado de Compañero también abandoné la masonería. Salí como había entrado: “siendo un hombre libre y de buenas costumbres”, que son las dos únicas cualidades que se exige al entrar a formar parte de la logia. Le pregunté a César como había amasado tanta riqueza y sin tapujos me lo fue explicando: pertenecía a una organización ecológica especializada en cambio climático que se encargaba de blanquear dinero, repartir comisiones ilegales y entregar sobornos. Me comentó que aquel negocio era un verdadero maná: trataban directamente con entidades gubernamentales de diferentes Gobiernos, quienes metían la mano en la caja pública extrayendo miles de millones de euros sin tener que explicar a dónde iban y sin tener que mostrar resultado alguno: bastaba con comprar medios de comunicación que se encargaban de lobotomizar a la población asustándoles con desastres medioambientales apocalípticos.

DAVID MATEO CANO

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