Luis Candelas, un bandolero madrileño

Un servidor de ustedes nació en la calle Concepción Jerónima, número 28. En el cuarto piso de una enorme casa galdosiana, sin ascensor, con escaleras de madera. Morada fría en invierno, muy fresca en verano, soleada y de anchos muros. Vivienda de altos techos, largos pasillos, fogón en su amplia y alargada cocina —de donde sacábamos las ascuas para el brasero—, chimenea francesa de mármol en el gabinete de mi tía Mercedes —actriz de teatro y pianista—, recio despacho de suelo ajedrezado de mi bisabuelo —abogado y a quien no conocí—, tres balcones a la calle y uno a un patio interior, piano de pared, muebles alfonsinos, mantones de manila, caracolas decimonónicas, baúles, abanicos, figuras, joyeros y todo tipo de artículos decorativos del siglo XIX y de principios del XX. Además, la vivienda tenía, en su planta superior, tres habitaciones abuhardilladas —accedíamos a ellas por unas escaleras de madera desde una habitación oscura al fondo de la cocina— donde mi padre tenía gallinas y palomas.

Mi infancia transcurrió en esta casa adyacente a la Plaza Mayor madrileña. Desde allí podíamos ver la torre de la iglesia de Santa Cruz (la Atalaya de la Corte), templo donde fui bautizado. Muchos de mis amigos residían en el cercano barrio pintoresco y castizo de Lavapiés. Barrio en el que nació el 9 de febrero de 1804 Luis Candelas Cajigal.

Vio la luz en una carpintería de la calle del Calvario. Tercer hijo de un matrimonio que vivía sin necesidades y que pudieron darle estudios en el colegio de San Isidro. Fue un niño rebelde y, tras la bofetada de un clérigo, respondió con la misma moneda, siendo expulsado del centro de estudios. Amante de la lectura, tuvo una formación autodidacta y a pesar de su vida díscola siempre fue hombre de buenos modales y de buen vestir. Empezó de adolescente a robar y ya pisó la Cárcel de la Villa a sus quince años. A sus diecinueve fallece su padre e intenta dedicarse a librero sin éxito, siendo condenado a seis años de cárcel por el robo de dos caballos y una mula. Conquistaba mujeres —tenía buena planta— y vivía de ellas. “Era moreno, bien parecido, dientes blancos, con patilla ancha y flequillo bajo el pañuelo, bien afeitado, calañés, faja roja, capa negra, calzón de pana y calzado de mucho tirar”.

Formó una cuadrilla de ladrones en 1835, con los que se reunía en distintas tabernas madrileñas que les daban cobijo, buen vino, buenas cantaoras y buenas féminas con derecho a roce. Sus fechorías y su ingenio fueron cantadas por los madrileños con cariño, y su fama de “robar a los ricos para repartir a los pobres” le dio un halo romántico y misterioso, ganando con ello la simpatía y la aprobación de las clases populares, que le ayudaron a escapar de la Justicia en varias ocasiones. Sus botines cada vez eran más suculentos, llevando una doble vida. Indiano respetado y adinerado de día con el falso nombre de Luis Álvarez de Cobos, hacendista en el Perú y estafador y truhan de noche. Nunca mató a nadie en ninguna de sus acciones, ni utilizó la violencia contra ninguno a quien despojó de sus bienes. Fue detenido y encarcelado varias veces y siempre logró fugarse por medios propios o sobornando a los carceleros. Entró en la masonería tras ayudar al político, abogado y escritor español Salustiano de Olózaga Almandoz a escapar de prisión. Fue este político quien lo ingresó en la Logia Libertad.

Tres mujeres marcaron su vida. Manuela Sánchez, viuda de veintitrés años —quien también había pisado la cárcel—, con la que tuvo una breve relación. Posteriormente mantuvo amores y amoríos con Lola “La Naranjera” —favorita del rey Fernando VII—. Gracias a las amistades importantes que Lola tenía en la villa de Madrid, consiguió librar a Luis Candelas de presidio en alguno de sus lances. Y Clara, la última de sus amantes, joven de buena familia y con la que se fue a vivir a Valencia llevando una vida holgada a base de robos y engaños. Posteriormente cometió dos atracos que fueron su perdición: asaltó a la modista de la reina en su taller y al embajador de Francia y a su señora en una diligencia, acarreándole el ser perseguido sin tregua. Intentando huir a Inglaterra desde Gijón, Clara se echó atrás, no estando dispuesta a partir, con lo que volvieron a Madrid, siendo detenido el 18 de julio de 1837 en el término municipal de Alcazarén (Valladolid).

Trasladado a Madrid, fue acusado de más de 40 robos, juzgado el 2 de noviembre y condenado a morir por garrote vil en el patíbulo. Pidió clemencia a Maria Cristina de Borbón – Dos Sicilias sin éxito. Falleció ajusticiado una gélida mañana, el día 6 de noviembre de 1837, a la edad de 33 años en la plaza de la Cebada. Tal vez si no hubiera ingresado en la masonería habría salvado su vida al no tener delitos de sangre.

Sus últimas palabras fueron: “He sido pecador como hombre, pero nunca se mancharon mis manos con sangre de mis semejantes. Adiós, patria mía. Sé feliz”.

Fernando José Baró

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