Los viejos rockeros nunca mueren

Siniestro Total
Normalmente, cuando un montón de padres y abuelos acompañan a sus hijos adolescentes o preadolescentes, lo hacen para que estos últimos no corran peligro. Pero anoche eso no fue lo que pasó. Un papá pasó con su niña de diez años cogida de la mano, y le decía: “son canciones que a papá le gustaban mucho cuando era joven”.

Y por fin, al apagarse las luces, al revés que la canción (Casimiro), también se encendieron los sueños. Y al contrario de una situación normal, los adolescentes se quedaron atónitos cuando eran los padres los que empezaban a dar saltos y a gritar como posesos. ¡Unos sexagenarios se han subido al escenario y están tocando rock and roll! Todo aquel que tenía menos de cuarenta era como si estuviera en un zoológico viendo a unos animales realizando actividades sin entender muy bien qué era lo que estaban haciendo exactamente. Por un momento las calvas, canas y melenitas cortas se convirtieron en grandes crestas de colores. Algunos desempolvaron su vieja camiseta de los conciertos, otros estoy segura de que no se pusieron la chupa de cuero con clavos por el calor que hacía, y algunas no se pusieron las botas de cuero porque ya se les hinchan los pies. Durante dos horas, se abrió un agujero de gusano que nos permitió viajar más de 30 años atrás. Eso sí, todavía no sabemos si estamos solos en la galaxia o acompañados, o si existe un más allá (bueno el que yo tenía detrás decía que sí, que el más allá era Móstoles), o si hay reencarnación.

Bueno, ésa es otra. Se hablaba un idioma diferente, donde no hay que decir el masculino y el femenino constantemente para que las mujeres nos sintamos integradas, entre otras cosas porque nunca nos discriminaron (hablo de esos ambientes, no de la sociedad). Cuando los festivales de rock aún no habían sido sustituidos por programas de televisión donde niños “estudian” para ser cantantes famosos; cuando los jueces y fiscales no se metían en las letras de las canciones, les gustasen o no (a pesar de que el terrorismo estaba en su punto más álgido) y se podían escribir letras como éstas sin temor a ser malentendido. Eran tiempos donde se escribían canciones para divertirse y estaba claro que solo eran para eso. Nunca a nadie se le ocurrió ir a bailar encima de la tumba de nadie. ¿Se imaginan cuantos cambios le harían a una letra de estas, si ya les parece poco correcto decir “mariconez”?

Y dieron las doce. No la una, ni las dos ni las tres, que no eran Sabina. Y como si de Cenicienta se tratase, todos salimos corriendo porque las crestas volvían a ser calvas y las botas “zapatos cómodos”. Volvió a sonar reguetón, y el barrio volvió a la normalidad, como si allí no hubiera pasado nada; con una pequeña diferencia: esa media sonrisa de malotes que se nos quedó a todos.

Me gustaría ver cómo esos padres recuperaban la autoridad ante sus hijos después de que éstos les oyesen cantar cosas como “cuánta puta y yo que viejo”, “menea el bullarengue” ,“Ayatola no me toques la pirola”… No sé qué le habría contado el papá de antes a su niña si hubieran cantado “seis millones de espectadores, y yo sin poder rascarme los cojones”.

Desde el escenario a ratos salía humo, que los poco entendidos creerían que es para dar ambiente, pero no. Es un nuevo fármaco universal que lo cura todo durante dos horas. Ni rodillas, ni espaldas, ni articulaciones, ni reumas, ni ninguna otra dolencia sufrieron los espectadores durante esa noche. Lo malo es que tiene efectos secundarios: hoy a todo el mundo le dolía todo otra vez, incluido cosas que antes no le dolían. Mañana, el que vaya al médico, sabe que si le pregunta qué le pasa, la respuesta es sencilla: “Está usted fatal. Vamos, un… SINIESTRO TOTAL”.

Aura Galán

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