Las amigas palabras

Las amigas palabras
23 de abril, Día del Libro

Cuando abría perezosamente los ojos por la mañana, los fijaba invariablemente en la estantería repleta de libros de la pared de enfrente… y sonreía.

Un alegre “¡Buenos días mis amigas!” la hacía animarse de repente y, de un salto, se incorporaba y repasaba el abecedario desafinadamente con un canturreo que pretendía ser operístico.

Era un hombre o mujer, en fin, una persona, sencilla o simple, como se autodefinía; es decir, no complicada, como explicaba si no la entendían.

Si la preguntaban cuál era su alimento preferido, respondía que eran las vocales, y ante la extrañeza del interlocutor corregía: “aunque las consonantes también aportan la cantidad de alegría necesaria para sobrevivir”. No es difícil imaginar que al escucharla la atribuían algún innombrable pero seguro desvarío, y ya la ignoraban.

Vivía en una casa mínima pintada de arcoíris, y si alguien hacía referencia a su soledad siempre decía: “no, no vivo sola; conmigo viven montones de palabras”, y el orgullo la vibraba en la voz. Y es que apenas había calentado su estómago con un café cargado y masticado dos o tres galletas de avena o de quinoa, se acercaba a una diminuta y tambaleante mesa de color azul y, de una terracilla formada con ocho o nueve libros de diferentes tamaños, grosores y colores, elegía uno al azar y, con los ojos cerrados (por eso era al azar, y valga la redundancia), se sentaba en una antigua y destartalada silla de enea que había pertenecido a ni se sabe cuántas otras personas y, abriéndolo cuidadosamente, como acariciándolo, exclamaba con lágrimas en los ojos: “¡Menos mal que continuáis aquí, mis queridas palabras!”.

Y en silencio y con embeleso se sumergía con placidez y dedicación en la historia, el cuento, la novela, la crónica, el ensayo, el teatro o el poema hasta que la falta de luz que anunciaba la noche la hacía salir a regañadientes de ese mundo literario de posibilidades infinitas, de creatividad mágica y de sueños ilimitados que consonantes y vocales en forma de palabras, reforzadas con signos gramaticales y ortográficos, convertían en un tesoro, en una forma de vida y en su caso particular en un motivo para vivir, para saber, para emocionarse y viajar sin rumbo; para avivar su curiosidad y transgredirse a sí misma batiendo un nuevo récord sin esperarlo al pasar cada página.

¡Palabras y libros! ¡Libros, palabras, vida! Llenos de luz, inflados como globos o piñatas dejando salir las sorpresas y exquisitas golosinas de la sabiduría y el conocimiento… La belleza.

Así, todos los días esa persona que se autodenominaba “simple” y “amiga de las palabras” traspasaba la frontera de su pequeña casa y de su única estantería llena de libros con algunos huecos de los que reposaban con orgullo, apilados sobre la mesa azul, porque habían sido los elegidos.

Un día impreciso, en el barrio, los vecinos echaron de menos a esa persona que decía vivir “con muchas palabras, montones de palabras”. Llamaron a su puerta pintada de color verde esperanza y solo les respondió el silencio. Acudieron los Servicios Sociales y al abrir encontraron su liviano cuerpo inmóvil sobre un escueto camastro; la expresión serena y cubierto desde los pies hasta el corazón con una multicolor colcha confeccionada con libros abiertos boca abajo, como en un abrazo tierno y fraternal en homenaje póstumo a esa fidelidad constante.

La estantería de la pared de enfrente, completamente vacía, desnuda porque las palabras amigas de los libros amados deseaban seguir a esa persona sencilla y entrañable, fiel lectora y amiga, a cualquier dimensión… A una estrella fugaz… O a otro planeta.

(Con mi profundo amor y agradecimiento a las palabras y a los libros)
Pilar Ortega

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