LA TABLA

Apartaré el edredón hacia ese otro lado que nunca piso al levantarme, e intentaré incorporarme otra vez. La verdad es que sin la ropa de la cama me siento ligero, extrañamente más plano, pero no entiendo por qué no puedo flexionar el cuerpo ni moverme como yo quiero. Me noto aprisionado por los brazos y las piernas, y siento el pecho endurecido. ¡Si mi amigo Terrón me viera! Él, que se mueve sentado en su silla giratoria detrás de su mesa en la agencia de viajes, con su ondulada y flácida “barriguita” a cuestas.

Tengo la voz áspera y noto en la lengua un sabor raro, a jugo de tronco de árbol recién cortado. Además, se me debe haber metido algún tipo de resina en los ojos o alguien ha puesto un velo delante de mí para que no vea. Es molesto y me molesta esta postura. No tengo libertad de movimientos y empiezo a agobiarme. De todas formas, lo he pensado mejor y no me voy a levantar todavía. Le diré a Mercedes que me prepare la corbata de rayas azules con fondo blanco, los mismos tonos que la tabla de planchar, que a mí es la que más me gusta, la más nueva, aún no tiene ni una arruga, ¡está tan lisita!

Hoy es un día importante, tengo una entrevista con el señor Selleck y en XXX son muy estrictos con el horario. El señor Selleck me pregunta que si no me canso de estar siempre tan estirado en mi silla delante de mi ordenador. Dice que tal vez esa postura no sea buena para mis programas informáticos ni para mis análisis de sistemas, que los números se ven más manejables si uno no se mantiene tan rígido y que si uno es positivo, hay momentos en que parece que te sonríen, en especial cuando te cuadran las cuentas. José Miguel y Sergio también me lo han dicho repetidas veces. Quizás tengan razón, debería ser más flexible conmigo mismo, físicamente más adaptable, dejar que mi cuerpo actúe con naturalidad, no envararlo ni tensionarlo estúpidamente por nimiedades o por pequeñas contrariedades.  Pero ya he perdido la elasticidad de cuando era niño y ser portero en el equipo de fútbol de mi antigua empresa no me ayuda nada porque apenas intervengo en el juego y, cuando lo hago, es muchas veces para agacharme a recoger la pelota de dentro de la portería.

Ahora se me ocurre pensar en que nunca había entendido muy bien aquel apodo de “El chino” que me pusieron mis compañeros, hasta que el otro día me encontré con Fernando en el supermercado. Me alegré al verle, hacía bastante tiempo que no hablaba con nadie de los viejos tiempos y lo agradecí. Me aclaró por qué me pusieron el mote, no era por lo que yo pensaba, sino porque yo tenía la costumbre de estirarme los párpados con la visera. También me recordó que tenía verdadera obsesión por alisar los pliegues del pantaloncillo y todo lo que llevaba puesto, dijo que tenía que haberme llamado Perfecto y de apellido Metódico.

¡Puf! ¡Qué sabor a plástico caliente me ha venido a la lengua! Lo reconozco, me molestan las arrugas en el pijama, en las sábanas, en cualquier parte, cogen vicio y no hay manera de quitarlas.

Tal vez me he precipitado y debería esperar a que se me desentumezcan los músculos atrofiados. Me tira bastante la piel cuando me remuevo, es como si una barra de metal templado tintineara dentro de mí. Siento dentro del estómago un timbre oxidado que suena sin parar, alertándome de que algo está cambiando en mi cuerpo.

¡Que tarde es! Me parece que ya sale el Sol, vislumbro la claridad que entra en el cuarto a través de las cortinas. Debería levantarme, Mercedes me va a regañar por el retraso, pero se está tan bien ahora. Toda la noche he sentido frío en los pies y en las piernas y hasta en los muslos y ahora que he encontrado un huequecito caliente bajo las mantas, no me apetece mucho cambiar de postura, aunque sé que tarde o temprano tendré que dejar la cama. El pequeño Elmo no tardará en despertar y Mercedes me llamará para que lleve a Carmen al colegio. Seguro que ya me tiene preparada la corbata junto a la camisa nueva, regalo del Día del Padre. No sé cómo lo consigue, pero me gusta lo que hace mi mujer, la ropa no tiene ni un mal plieguecillo, ni la más mínima arruga. Por Mercedes no pasa el tiempo, es encantadora e incansable, tiene un carácter felizmente incombustible, pero a veces es un poco quisquilla. Anoche sin ir más lejos, cuando me puso los pies sobre los míos, que normalmente están calientes, dio un gran respingo y me abroncó porque pensaba que había metido una plancha de metal bajo las sábanas. Yo estaba soñando angustiado con el partido del día siguiente porque, por más que lo intentaba, no podía mover las piernas. Qué mal trago pasé. Menuda pesadilla.

Si me quedo en la cama un poquito más no creo que me regañe, otras veces he llegado más tarde por llevar a la niña al colegio o a Elmo al médico. El pequeñín no ha dejado de tener problemas con el lacrimal desde que nació. Ayer me asusté porque cuando fui a darle el beso de buenas noches, me miró y se puso a llorar como un energúmeno sin derramar una sola lágrima, a lo mejor barruntaba esta desgana que me invade hoy.

Siento mi cuerpo dentro de otro cuerpo y no echo de menos el mío. Pero qué cosas digo, esto es pasajero, una abulia momentánea, en cuanto me lo proponga, ¡ale hop!, doy un salto, que no lo da ni mi Tarzán favorito en su mejor película. De todas formas, ya que hoy estoy con la neura melancólica, debería aprovechar para corregir el capítulo de los tarzanes mudos que me pidió novelar el editor, además tengo los papeles en la mesita de noche, así que no me cuesta ningún trabajo alcanzarlos, sólo tengo que alargar la mano. Una foto de Elmo Lincoln, el Tarzán mudo con su taparrabos de lunares, quedaría muy bien al final del texto.

Ya oigo a Mercedes por el pasillo, ojalá me traiga la corbata nueva y la camisa. Si no, se me va a hacer tardísimo y no sé ya cómo sacarme de encima este cansancio agotador.

Es curioso, ayer, durante el desayuno de trabajo, jugaba a un juego con los compañeros. Fue mi hija la que trajo la idea del colegio y como me gustó, se la propuse a Sergio y a Miguel, que aceptaron enseguida. El juego consistía en elegir cada uno lo que más le habría gustado ser, y los demás debían acertarlo en tres veces. Yo siempre quise ser como una tabla de planchar, no sé, me gusta su textura lisa, sin una arruga, tocar y oler su superficie caliente después de pasar la plancha. Yo quiero mucho a mi tabla y tengo un recuerdo entrañable de una compañera suya, la tabla de surf. Los veranos los pasaba con mis padres en el apartamento de Almuñécar y yo me iba a surfear a donde fuera con ella. Qué agradecida era, cómo controlaba el movimiento de las olas y cómo se peleaba con el agua para que pudiera mantenerme de pie el mayor tiempo posible. Nos complementábamos tan bien que, a los ojos vigilantes de mis padres, éramos indistinguibles en el agua y llegaban de veras a asustarse. Yo, erguido sobre la tabla, saludaba con la mano y trataba de ordenar mis movimientos, como si estuviera ejecutando un programa informático. Todos esos veranos familiares sentí mucho amor por esa tabla y les estoy muy agradecido a mis progenitores por el regalo tan preciado que me hicieron. Desde que tenemos niños, seguimos veraneando en Almuñécar, pero ya no hago malabarismos sobre el agua, Mercedes tiene miedo de que me pase algo irreparable y los niños son aún demasiado pequeños. De todas formas me llevo la tabla con nosotros al apartamento, la cuido con mimo y la baño con agua de mar en agradecimiento a los buenos ratos que me ha hecho pasar. Aquí la guardo junto a la tabla de planchar porque creo que las dos deben estar juntas. ¡Cómo brillan el hule de cuadritos azules de una y la madera pintada a mano de la otra con la luz de la terraza!

Ya vuelvo a oír los pasos de Mercedes por el pasillo, nunca termina de llegar. Seguro que está enfadada y me va a pedir explicaciones por mi tardanza en levantarme. También oigo cómo corretea a su lado y el timbre de la puerta, será Rita que viene a cuidar de los niños y a ayudarnos en las labores de la casa. El crujir de galletas que viene de la cocina debe de ser Carmen tomándose el desayuno, me da hambre porque es muy tarde y aún no me he levantado.

Debería hacerlo y lo voy a hacer porque si no ¿quién va a llevar a Carmen al colegio?    Hago fuerza para despegar las piernas y no puedo, es como si me las hubieran pegado y planchado por ambos lados. Al intentar revolverme, siento un roce desagradable como de tablas metálicas que me produce escalofríos y chirriar de dientes. No oigo el latido del corazón ni el ruido que me hacen las tripas cuando tengo hambre. No quiero preocuparme, pero si sigo así de raro, le diré a Mercedes que llame al médico. No sé por qué no está ya aquí para gritarme que me levante como otras veces que me hecho el remolón, así podría abrazarla y besarla y tontear un ratito, luego siempre me levanto de mejor humor.

Del pecho hacia abajo no siento nada, no miento. Si no fuera porque es una tontería, pensaría que me he convertido en una tabla, lisa, inarrugable.  Sinceramente, hasta los sirénidos mueven la cola con más agilidad. Y el caso es que tampoco me siento tan mal, si no fuera por ese tintineo metálico tan enojoso para mi oído y por esta tonta abulia que me invade y hasta me impide mover un solo músculo reconocible. ¡Maldita astenia! Qué torpe me siento hoy. ¿Serán los 36 años que estoy a punto de cumplir? El caso es que me toco la cara y no siento nada extraño, no tengo el espejo de la cómoda a mi alcance, pero parece que todo está en su sitio, con sus imperfecciones, hasta esos puntos negros que tanto me molestan, a no ser por los pómulos, más duros y lisos que de costumbre.

Rita está hablando con Mercedes, sus voces son nerviosas, inseguras, declamando las urgencias del momento. Hablan de mí y de Carmen, no creo que deban preocuparse porque llegue un poco más tarde al trabajo, diré que he tenido un problema con las muelas. Enseguida, dentro de un ratitín me levantaré y estaré listo para llevar a Carmen al colegio. No quiero que Mercedes piense que estoy haciendo como cuando iban mis padres a buscarme a casa de mi abuela Lala, yo no quería volver y para que no me encontrasen, me escondía en el cuarto pequeño, detrás de la tabla de planchar, se estaba muy calentito y Lala ni se daba cuenta.

Se oyen gritos, pasos apresurados y ruedas que se deslizan por el pasillo, quizá del triciclo de Elmo, aunque es muy pronto para que esté jugando con él. Ya hablaré yo con Mercedes para que no le dé tanta manga ancha. Hablaré también con Rita para que no le consienta al niño esas cosas, con lo tranquila que es Carmen.

Siento cada vez más cerca de mi habitación los pasos y las ruedas, espero que Mercedes no deje entrar al niño ni a nadie, sabe que aún no me he vestido, sigo esperando que me traiga la corbata y la camisa.

Han abierto la puerta y entra Mercedes, pero no veo que traiga mi ropa nueva recién planchada, para vestirme. La miro y casi no la reconozco, tiene la misma expresión que cuando hubo que operar a Elmo del lacrimal. Quiero preguntarle qué ha pasado, ya no oigo el rin-rin del triciclo, a lo mejor se ha caído el niño, si es así, me levantaré, no sea que le haya pasado algo, haré un esfuerzo para vencer esta apatía y este envaramiento horizontal que, la verdad sea dicha, es como mejor me encuentro. Si se ha hecho daño, le diré a Mercedes que yo le llevo a urgencias, me visto, saco el coche y enseguida estoy.

Intento hablar para decírselo, pero nada, no lo consigo, no sale de mi garganta nada que no sea un hilo de voz astillada que oigo muy lejana, como si me hablara a mí mismo desde otro mundo simétrico. Medio observo mi cuerpo con el rabillo del ojo, ha cambiado de forma, ¡es tan diferente! No me da miedo, tiene un aspecto limpio, pulcro, de reluciente quietud.

¿Pero por qué Rita se lleva llorando a Elmo y a Carmen? Quiero darles un beso antes de que se vayan al colegio y yo a mi trabajo. ¿Y qué hacen esos enfermeros en la puerta con una camilla rodante? No puedo creer que Mercedes les apremie con gestos inequívocos, señalándome. Yo no les conozco, quiero que se vayan de mi dormitorio.

Bueno, al fin y al cabo no es tan mala esta camilla, no huele a ropa conocida, pero se asemeja mucho a la balsa de un náufrago y a mi tabla de planchar y a mi tan querida tabla de surf. A propósito, me llamo Pepe, nací en Madrid. Hoy estoy un poco huérfano de vida pero no me quejo. Vivo y me llevan no sé dónde. ¡Todo pasa tan deprisa por mi lado y yo me encuentro tan paralizado! No, tan paralizado no, no quise decir eso, tan estático. Y es que, por mucho que me sacuden estos hombres, no puedo ni quiero moverme ni levantarme, todavía no. Me gustaría que me dejaran un poquito, hasta más tarde, hasta que se me pase esta molesta inmovilidad, este devaneo absurdo entre la cabeza y el cuerpo. Quiero que se vaya esa gente. Esto es sólo una pausa.

Felipe Iglesias Serrano

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