La pasión enfermiza de Larra

Mariano José de Larra (Madrid, 1809-1837), conocido con el seudónimo de Fígaro, una de las mejores plumas españolas, quedó trastornado al ver por primera vez a la andaluza Dolores Armijo en un salón de Madrid.

Larra era un hombre infiel y enamoradizo. Una de sus primeras conquistas fue una dama bastantes años mayor que él, con la que se desengañó al descubrir que era la querida de su padre. Cuando conoce a Dolores, ambos estaban casados y desencantados de sus respectivos matrimonios. Dolores, casada con Manuel María Cambronero, era una sevillana morena, guapa, culta, atrevida y pasional de veinte años a la que le gustaba escribir versos.

Larra, escritor romántico controvertido y de difícil personalidad, tenía veintidós años, llevaba casado dos años con Josefina (Pepita) Wetoret, con la que tenía tres hijos. Madrileña joven de clase media, aniñada, celosa e insustancial, poco o nada tenía que ver con las inquietudes literarias de Fígaro.

Los amantes adúlteros iniciaron una tortuosa e intermitente relación amorosa que provocó comentarios y habladurías por todo Madrid. Se amaban locamente, y sus encuentros furtivos les proporcionaban la pasión que no encontraban en sus matrimonios. A Dolores le disgustaba que Larra —henchido de amor— fuera contando a los amigos las delicias compartidas con ella.

Josefina encontró una carta de Dolores dirigida a su marido. Despechada y celosa, se la envió a Cambronero, lo que provocó la separación de los dos matrimonios en 1834. Larra vio el campo abierto: ya eran libres para compartir su amor y gritarlo a los cuatro vientos. Como un jarro de agua fría cayó sobre nuestro escritor romántico el rechazo de su amada Dolores, que daba por terminada la relación, alejada de la capital, desterrada por su marido, que quiso poner tierra de por medio.

Durante 1835, Larra va detrás de Dolores por distintas provincias españolas y consigue puntualmente conquistarla entre encuentros, desencuentros, rupturas y reconciliaciones. En 1836 Dolores le abandona definitivamente, tiene otro amante y no quiere saber nada de Larra. Considera “pasión enfermiza” la que siente Fígaro por ella, y piensa que ha sido un error la relación sentimental que han compartido.

Manuel María Cambronero tenía un puesto bien remunerado en Manila. En 1837, Dolores Armijo, cansada de amoríos y de vida libertina, decide volver con su marido, buscando una estabilidad económica. Antes de partir hacia Filipinas quiere ver a Larra y pedirle algunas cartas comprometedoras de su idilio.

Fígaro piensa que el reencuentro es para retomar la relación y, rebosante de felicidad, engalana su casa de la madrileña calle de Santa Clara, comprando unas flores para la cita. Ha pasado la mañana jubiloso, contando a sus amigos que Dolores, su querida Dolores, quiere verle y va a su casa esa tarde.

La desolación cae sobre nuestro escritor cuando Dolores llega a su piso, acompañada de una amiga, pidiéndole las cartas de amor y haciéndole saber que ha decidido volver con su marido dando por zanjada definitivamente la relación. No ha ido sola para evitar que Larra la retenga, le pida, le suplique que no le deje.

Dolores se marcha y es bajando las escaleras cuando escucha el tiro con el que Larra se acaba de quitar la vida. No se da la vuelta, aprieta el paso y se aleja de allí presintiendo la tragedia.

Fígaro tenía veintisiete años, y hubo problemas para darle santa sepultura. En aquel tiempo los suicidas se enterraban fuera de los cementerios, y la prensa española y extranjera presionó para inhumarlo como Dios manda en un entierro multitudinario. La pistola con la que se suicidó Larra se conserva en el Museo Romántico de Madrid, en la calle de San Mateo.

El barco en el que Dolores iba a Manila a reunirse con su marido naufragó en el cabo de las Tormentas. No hubo supervivientes. Pepita Wetoret tuvo un matrimonio desgraciado, y tras el suicidio de Larra vivió en condiciones muy precarias, a pesar de las ayudas económicas recibidas de varios escritores del círculo literario de Fígaro.

De los tres hijos de Larra, Luis Mariano, el único varón, fue un dramaturgo de éxito. Escribió numerosas comedias y varias zarzuelas, entre las que destaca El barberillo de Lavapiés. Adela, que siendo una niña de seis años encontró el cadáver de su padre tras descerrajarse un tiro, fue la amante del rey español Amadeo I de Saboya. Y Baldomera, la tercera y más pequeña, que nunca fue reconocida por Larra, se hizo famosa por un timo en el que se apropió de los ahorros de muchos madrileños con un banco que abrió en la plaza de la Paja, prometiendo unos intereses muy rentables y estafando a muchas familias. Huyó al extranjero, fue detenida, deportada y condenada a seis años de prisión que no cumplió íntegramente.

FERNANDO JOSÉ BARÓ

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