LA NOCHE

 “Señor y Dios mío, da a mi corazón desearte, y deseando buscarte, y buscando hablarte, y hallando amarte, y amando redimir mis males, y redimidos no reiterados”.  (CONCATENACIÓN). Atribuido a San Agustín

Mijo, leí “La noche”, con la devoción de un monje joven (pardillo, cómo es de bella esa palabra) y descubrí que el amor se hace más sublime cuando se convierte en una pieza de arqueología que hay que saber descubrir desde los escombros y ruinas; por mi parte, como monje pardillo, el amor es uno de los pocos demonios que no quiero exorcizar, en mi caso, el amor es un demonio que quiero domesticar para que cuide la puerta de mi casa. Durante la lectura desperté una nostalgia ajena pero tan personal, que me sentí el protagonista de la rutina que trae el amor, los años y la noche. Felipe amigo, empecé a envejecer con tus ojos, siento que las cosas se detienen en el tiempo y su ruido, como el rugir de un animal prehistórico comienza a despertar mi pasado (los miedos con ectoplasma). Felipe gracias por la nostalgia ajena.

                                                P. James Gómez Murillo. Manizales, Caldas, Colombia

Ella está en la habitación, sentada, como siempre, de espaldas a la puerta, ante su pequeña mesa, rodeada de estanterías repletas de libros vivos que miran de reojo el ventanal y exponen en las portadas el ojo de Polifemo, sirénidos, centauros, rostros conocidos, imágenes de aventuras… Observo sus hombros y, bobo de mí, aspirante a Eolo, soplo el aire inmóvil en la distancia que nos separa para ahuyentar el tiempo, parar las agujas del reloj diurno y retenerla siempre así, ensimismada en sus libros de estudio, a dos pasos de mí y de mi campo de batalla, entre mis cuadernos, ambos derrotados de ilusión durante unas horas. Pienso que más tarde, cuando nos hayan reunido la primera sombra y el reflejo artificial del sueño que traspasa la cortina blanca de nuestro cuarto, podremos transgredir la dimensión conocida y descifrar la luz refulgente u oscura y los dibujos de nuestra colcha azul, violentar la intimidad de las mesillas llenas de papeles escritos sobre la diorita, y las antiguas civilizaciones, preñando de noche lechosa los cojines que dormitan apoyados sobre la carne fría del espejo del tocador.

Alda —me digo—, antes de acostarme intentaré captar con el lápiz para ti un poco de mi tiempo, lo vaciaré lentito en un tarro de mermelada vacío como los que guardas detrás de las galletas del desayuno, junto a las especias y las hierbas aromáticas que nos mandó María.

No me canso de tus gestos, ni de esa forma tuya de posar las manos serenas sobre tus libros de estudio como un rito obligado de fe en tu trabajo y en el mío. Entre nosotros no hay distancia ni existe el tiempo, te siento desde la cocina vagando de noche por el cuarto, encarnada en las sombras de cien jabalíes veloces, cuyo bramido de libertad me acompaña como un eco por el camino de regreso hacia la cama. Me acuesto junto a ti y te arrullo con mi voz de búho dormido para ahuyentar malos presagios. Enroscas tus piernas entre mis piernas, a orillas tu cuerpo enrollado en la colcha, te atiesas muy quietecita como un junco sin viento, se diría que estás muerta si no fuera por tu respiración de tejer madejas. Me anudo las manos en la nuca y, echado en el viejo cojín que tantas veces he decidido tirar, miro el techo blanco diluido en lo oscuro de la noche y en la nada flotante pienso toda la noche hasta que, ya llegada la aurora, se me escapa en voz alta un pensamiento: —¡Cuántas veces te miro a los ojos con el miedo de encontrar en ellos la rutina, el cansancio del día a día, el pozo que se llena de temores con los años cuando se seca el líquido rojo que fluye inflamado por nuestras venas arrastrando el torrente del deseo, el agua profunda que remueve la pasión circular!

         He tenido que volver al almacén de San Martín de la Vega en uno de esos días grises de tormenta en que todo se hace más pesado y tú te agolpas en mí, inundas mi pensamiento, espesa como esta lluvia huracanada crepitando sobre los pilones vacíos que una vez se nutrieron con las lufas blancas[1]. Desde la ventana rota que airea el recinto de mercancías vislumbro tu cara diluyéndose en el agua creciente, y te vuelvo a ver frente a la nave en el tendido eléctrico combado por el peso de mil gorriones que han venido a tomar el sol después de la tormenta, y en el talud emborronado de tierra blanda confundo tus pisadas imaginadas con las huellas del viejo tractor que regresa a la casa caribeña del arrendatario. Veo tus ojos grandes en los ojos serenos del mulo bonachón que pace en el antiguo huerto, debajo de los cables de alta tensión que rasgan la nube baja.

Te veo en cada saco, en cada caja que descargo del camión infinito, cuyo chófer alemán ensancha el silencio, roto por el chapoteo del viento en los estanques, y se comunica sólo con signos intraducibles para nosotros. Siento que procedes de todas partes y que a todas partes vienes conmigo, invisible, esqueleto mutante del polvo y las esponjas inservibles, agua oscura del pozo escondido entre la broza y el maíz tronchado, aparejo de labranza deteriorado por el tiempo, piel de la tierra cuyo valor es ya el de un recuerdo o un “te quiero” hermético, fardo prieto, encintado, con olor a otro país.

Nada. De regreso a la fábrica, ciento veinte kilos de nube con tu nombre escrito, vaga a mis espaldas. Estoy sudando la oscuridad por todos los poros de mi piel, sé que dentro de poco me quedaré dormido y la noche avanzará por toda la habitación y por las entrañas del reloj envejeciéndome. Tú mides el paso de los años sumida en tu propio sueño. Dejo la pluma encima de la mesa y miro por la ventana mal cerrada, a pesar de la noche aún consigo ver la carretera levantada por obras, una luna asesina vomita su odio nocturno en el polvillo brillante de los adoquines nuevos. Bajo la persiana con sumo cuidado alegrándome de oír tu respiración, que suena siempre como el contrabajo de una orquesta, porque las cosas como esta que no cambian nunca me aportan estabilidad y me hago la ilusión de que no pasa el tiempo. Aunque yo tengo por costumbre desdoblar la rutina convirtiendo cada cosa que hago igual todos los santos días en una nueva aventura, como ir a comprar la prensa a las ocho de la mañana de un sábado, a cien metros de casa, al kiosco habitual, nadie en la calle, el parque a la derecha y ¡no puede ser! ¡Sí, un ovni aterrizando sobre el cemento de la cancha de baloncesto sin hacer ruido! Si quiero, puedo visitar otros mundos sin salir de aquí.

Alda duerme hace rato. Como siempre, su librote, sostenido sobre un atril soñado en el mismo ángulo respecto al colchón no se le cae. ¿Cómo diablos lo hace? El mismo ritual todas las noches, sólo cambia el color y el título de las portadas de vez en cuando. Cuando, no sin gran esfuerzo, una vez que he conseguido hacer que suelte el libro, se da la vuelta, me sube el olor a jabón y azahar de su cuerpo.

No tengo sueño, así que empiezo a repasar mentalmente las noches que llevo durmiendo con ella o, mejor aún, las noches que llevamos durmiendo juntos. Cuento un millón de noches mientras surge de mi interior una especie de escarceo ansioso que sube y baja por mi estómago sin atreverse a salir, me pregunto cuántas de esas noches habremos hecho el amor por amor, con amor, y me quedo pensando… Y cuántas sin amor… Y vuelve el escarceo, como si garabatearan mi vientre. Sigo sin sueño. Me doy la vuelta en la cama y me pongo a mirar el punto de luz verde en el ordenador, alzo los ojos semicerrados hasta el punto de luz rojo de la micro-cadena y vuelvo a bajarlos en ángulo hasta el tercer punto de luz, el de la lámpara de la mesa de trabajo. A su lado se balancea levemente en la densa oscuridad, el planeta fosforescente colgado del techo.

Me levanto nervioso, ladeo la cortina de la ventana y sitúo mis ojos faltos de sueño en uno de los agujeros de la persiana. Una luna redonda bruñe con su luz los árboles del jardín. Sus hojas parecen de nácar. El césped tiene una tonalidad cenicienta de suelo lunar. A lo lejos se oye una voz solitaria, profiere insultos contra los políticos y todo el orden establecido. Alguien grita en un tono tan desgarrado que da verdadero miedo oírle. A ratos llora por la pérdida de su casa y entonces sólo emite gorjeos, sonidos raros, insultos en marciano. Pasado un tiempo, se hace un silencio profundo, como si alguien desde arriba, desde dentro, o desde abajo, le hubiera cortado el suministro de palabras. Yo estoy un poco asustado, me vuelvo hacia Alda que ha despachado la almohada con un manotazo y un gruñido. Su boca está irregularmente abierta y babea un poco. Me levanto y me siento en la vieja silla y cruzo las piernas sin dejar de mirarla. Pienso.

¿Por qué ya nunca hablamos?, si nos vemos y disponemos de un instante o más sin nada que hacer -tiempos muertos lo llamas tú-, sólo discutimos y liberamos tensión a la japonesa. Ya no vamos al cine juntos porque tienes que estudiar, trabajar, preparar catequesis, asistir al consejo parroquial… O escribir yo, culpa mía también. No paseamos, la palabra crisis planea por los pasillos de esta casa. Sin embargo no nos da tiempo a pensar en ello.

A veces estoy tan solo como el borracho de ahí afuera. Ahora mismo eres para mí la mujer zombi de la poética película de Tourneur [2]. ¡Pero te quiero tanto cuando te veo caminar desfallecida por el salón, cargada de ropa para tender en la terraza! Eres la muerta de los ojos castaños y piel clara siempre helada al acostarme y pura quemazón en tu cuerpo redivivo al amanecer. De tan simple que eres, ¡eres tan rara!

Zombi, muerte, pero ¿qué digo? ¡Tonterías! Me levanto y me pongo a dar vueltas por la habitación con el máximo sigilo. Me paro. ¿Y si no tenemos ya nada más que decir? ¿Y si todo es pura rutina y diálogos mecánicos?

—Hola, ¿cómo estás hoy?

—Mal día en el trabajo, ¡Uufff! Bueno, tengo que irme.

Afuera el viento trabaja lo suyo con los arreones que da a la noche. Y la noche insiste, cubre nuestra casa y la cubre con gritos insistentes, como las notas rotas de una guitarra. Adentro, los muebles del salón me llaman con eufonías espectrales, puedo oír como hablan entre ellos, las sillas, el banco de la terraza… ¿Hablarán de amor?, ¿de sus desvencijados huesos de madera? ¡Oh, Dios mío!, qué de tonterías digo y sin sueño que llevarme a los ojos.

¡Mírala ahí, cómo duerme!, me dan ganas de leerle un cuento. Mi cuerpo responde flexible como una vara de olivo cuando me levanto y voy hasta el salón para coger el único libro que queda en una de las estanterías del mueble grande, los demás, igual que todas las noches a esta hora, han desaparecido. Vuelvo sobre mis pasos y me paro un momento para chistar a los muebles que están haciendo un ruido infernal, no puedo aguantarlo, y no, no es jazz. Entro en la habitación muy disgustado, acabo de hacerme un enganchón en el pantalón del pijama y el otro está para lavar, ¡qué contrariedad! Y todo por el disgusto con los objetos ruidosos de la casa y la jarana que se habían montado.

Me quedo mirándola, la veo tan cansada, que decido no respirar muy cerca de ella. Recostada como está, sólo un poquito recostada, no tendría que hacer demasiado esfuerzo para despertarla leyéndole unas pocas líneas que tengo señaladas. ¡Cabeza de alcornoque!, pero, ¿en qué piensas? Apoyo un codo sobre el almohadón viejo, descanso el libro sobre la cama sin soltarlo y espero. Su cara está vuelta hacia mí, sus ojos buenos están cerrados, no veo crispación en sus facciones, duerme profundamente, sin pesadillas. Quisiera susurrarle esa vieja canción, pero también quiero leerle.

Cerró con sumo cuidado y se acercó con mimo a la cabecera, donde se sentó en silencio en el mismo hueco que antes había dejado y atrapó con sus manos una de las manos de María para acariciarla imperceptiblemente con uno de sus dedos a lo largo de las venas y de la delgadez de sus dedos interminables. Se detuvo un instante para escuchar el torrente sanguíneo y empezó a hablarle:

—María, tú eres mi más preciado tesoro…

Hago silencio, detengo el tiempo y planto sobre la mesa de estudio el libro cerrado, cuyo título brilla con fuerza a pesar de la débil lucecita del quitamiedos: VALENTINA [3]. En un malabarismo mental he conseguido religar el pasado y el futuro, cada microsegundo que da paso al siguiente, deja de ser presente.

La noche tizna aún más su blanco rostro de loba albina. Gruñe algo ininteligible, se revuelve y saca un brazo desnudo por fuera del edredón. Desgrano con los dedos en el aire las siguientes líneas del libro, empujando con la memoria la palabra escrita, ella se remueve y gruñe dos veces más, pero ahora el gruñido es más audible y duradero. El rostro de Alda empieza a mudar de la pureza al puro miedo y me hace recordar esas noches en que paso tanto tiempo en el baño y otras en que no cesan los sonidos extraños y las voces, muchas voces, entonando murmullos, como orando.

Me siento presa del pánico y pienso ahora que leerle fue un disparate más de mi absurda originalidad. Si no suenan a nada parecido a la música las palabras que salen por mi boca, mejor, no me morderá al despertar, y si despierta tal vez sí me morderá como hizo en sueños muchas veces ¡Zas!, ya está. Voy de nuevo a la cocina y pelo una fruta con el cuchillo de plata que nos regaló su madre, después, para calmarme, me preparo una infusión como me enseñó María.

He regresado a la habitación más tranquilo, pero no bien, algo me desasosiega. Los agujeros de la persiana dejan entrever papelinas de luz, purpurinas de plata. Yo ya estoy asfixiándome de miedo y sudor, así que abro levemente una hoja de la ventana para sentir el frío. El aire cachea las ramas de los arbolitos del jardín, una porción de viento registra los senos de los setos y los agita por dentro. Las nubes tienen esta noche forma de vejigas gigantes, pelillos luminiscentes escanean sus livianos cuerpos. En el mismo instante en que cierro la ventana, oigo varios gritos ahogados, toses y el tirar de varias cisternas a la vez en los pisos de arriba. La delgadez de techos y paredes me impide saber si trasnochan en el quinto, o hacen el amor a grito pelado en el octavo, pero no me impide saber la vida de todos mis vecinos como ellos saben la mía.

La noche se disipa sin querer, manchas de luz sobresalen ya por encima del ambulatorio. Opto por acostarme no porque tenga sueño, sino por puro cansancio. Ni siquiera me sobresalta el solitario borracho, que grita ahora con fuerzas redobladas después de un largo silencio. Ella en cambio se ha despertado de un brinco. Yo sigo reclinado en un huequito de la cama sin moverme, conozco lo que pasa por su cabeza, por eso, al ver que intenta calzarse las zapatillas, le digo muy bajito: —Si vas a hablar con los libros, ya hace rato que han vuelto. No me contesta, se acuesta de nuevo y bufa largamente, como si viniera de un sueño en un territorio imaginario lleno de letras, y sigue durmiendo tranquilamente.

Felipe Iglesias Serrano

[1] Lufa. Esponja de baño natural procedente de una semilla japonesa, que se siembra en la tierra y crece como la vid, desarrollando una preciosa flor amarilla. Felipe padre fue pionero en España de la siembra de esta esponja

[2] Yo anduve con una zombie. I walked with a zombie, 1943, Jacques Tourner. Obra maestra del cine fantástico tratada con inusitados lirismo y poética visual.

[3] Cuento de  F.S.

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