La letalidad de los estigmas en tiempos de pandemia 

Estigma: desdoro, afrenta, mala fama (definición nº 2 del Diccionario de la Lengua española, 22ª edición,  2001). 

 Estigmatizar en esta situación, con la salud y la economía tocando fondo, es “rizar el rizo”, “ver llover sobre mojado”, “dar la puntilla”. Sobre todo en nuestros barrios. 

Desgraciadamente, este desastre social es mundial, pero no se vive de la misma manera entre las diferentes clases sociales y, en especial, entre algunas minorías. 

Villaverde, “nuestro Villaverde”, lleva en su precioso nombre el estigma de la precariedad, del abandono en sus demandas por parte de las autoridades, del “mal ejemplo” que anima a rodar en él películas de alunizajes y violencia que le estigmatizan aún más si cabe, acentuando el rechazo externo. 

A mi edad (63 años) son incontables las ocasiones que ha cambiado el tono (o el rumbo) de una conversación o se han cruzado miradas de “¿pánico?” cuando he dicho mi procedencia. Incluso ha habido reticencias a aceptar venir de visita. 

Al día de hoy (20 de junio), superados los cien días de alarma, confinamiento y angustias varias, se aprecian los estragos en el seno de familias y sus economías mermadas, e incluso críticas, y también salen a la luz conductas erróneas y prácticas deshonestas, injustas, antiéticas, discriminatorias y estigmatizantes. 

En estos meses han cambiado muchas cosas, pero esos atentados contra los derechos humanos han continuado provocando situaciones límite y abofeteando la dignidad… y aún no sabemos cómo será esa “nueva normalidad” que comienza mañana, porque “esto” no ha terminado. 

Comparto con los lectores, vecinos o personas que lean nuestro periódico tan solidario, crítico y vehículo imprescindible y difusor de nuestras preocupaciones y reivindicaciones actuales, un ejemplo (mal ejemplo) del rechazo de un vecino de Villaverde por su lugar de residencia y sus tatuajes, ocurrido a finales de mayo o principios de junio. 

Una empresa selecciona a un grupo de trabajadores para desempeñar unos puestos de jardineros. La persona que les entrevista, ya en el lugar donde trabajarán, les habla de las funciones a desempeñar, horario, etc. Les pregunta de qué barrio son, entre otras cosas, y cuando nuestro vecino llega a su casa, a las pocas horas, recibe una llamada telefónica diciéndole que no cuentan con él para el trabajo (sin haber comprobado cómo trabaja). Supongo que se habrán dado casos parecidos, aunque no hayan salido a la luz. Continuará ocurriendo, pero no hay que conformarse. El trabajador denunció el hecho a la empresa, que le pidió disculpas, pero a día de hoy, cuando escribo, sigue en paro. 

Ser o vivir en Villaverde es un estigma. Llevar tatuajes puede ser signo de “glamour” si lo llevan actores, futbolistas, famosos, etc., pero no si es alguien de Villaverde (y otros barrios). Bien sabido es que la ignorancia lleva a cometer tremendas injusticias. 

En nuestro ejemplo, la “entrevistadora”, ¿ignoraba que los tatuajes son, en otras culturas, símbolos de linajes y estructuras sociales? ¿Ignoraba también que Villaverde en el siglo XVIII adquirió el rango de villa reinando Felipe V? ¿Y que Villaverde fue el primer suelo español que pisó de niño el rey emérito cuando llegó a España, nacido en Roma en el exilio? ¿Y que Villaverde fue frecuentado por los reyes debido a que el ferrocarril en el que viajaban a Aranjuez, a su palacio, pasaba por la zona? ¿Y… mucho más? 

No soy monárquica; tampoco quemaría fotografías de los Reyes, pero por primera vez siento la curiosidad de saber qué dirían don Felipe y doña Letizia si supiesen que este rechazo por estigmatización se ha cometido con un vecino de Villaverde, seleccionado para trabajar en los jardines de la Casa Real, su casa. 

Pilar Ortega, de Villaverde 

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