La ficha del destino

Hace poco, en un tugurio no demasiado recomendable, llegó a mis oídos una historia bastante curiosa: su interlocutor aseguraba vehementemente, entre copa y copa y otra serie de sustancias psicotrópicas que no mencionaremos, que había sido testigo de una maldición. En un principio yo asistía a la narración de soslayo, sin embargo poco a poco la historia comenzó a envolverme y así se lo hice saber a su narrador, quien, emocionado porque alguien le prestara atención y siguiendo con su ingesta, tuvo la deferencia de contármela desde el inicio.

Según me dijo, hará cuestión de no muchos años su aspecto y su modo de vida no tenían nada que ver con el que ahora llevaba: era un joven alegre, abstemio y feliz que se ganaba la vida como repartidor de gasóleo en un pequeño pueblo manchego, pero sucedió que un día uno de sus clientes, un viejo huraño, le pidió un encargo que consistía en llenarle la caldera de gasoil, puesto que el invierno se acercaba y en aquellas latitudes el frío es de rigor. Tanto, que sin calefacción es fácil morir, y no es exagerada esta afirmación. Pues bien, llegada la hora del cobro, el viejo no le dio más que un tercio de la cantidad adeudada. A cambio y como compensación, le ofreció una ficha de blackjack tallada en un material vítreo de difícil catalogación pero de una belleza extrema, puesto que brillaba con gran fulgor y su tacto era sumamente agradable, de modo que pasado el enojo inicial pensó que no había hecho un mal negocio, sino más bien todo lo contrario.

Se despidió del viejo, a quien no volvió a ver más en su vida, ya que pasado el duro invierno abandonó su vivienda dejando no pocas deudas en el pueblo. Por el contrario, a él le empezó a ir cada vez mejor: su negocio creció haciéndole ganar una cantidad de dinero importante, por lo que pudo ampliarlo y con ello sus beneficios. Fue afortunado en el juego: él, que nunca había sido un gran jugador, siempre salía victorioso en cualquier juego de azar en el que participara. Consiguió todos aquellos bienes materiales que había anhelado desde niño.

Un día se puso a meditar sobre su buena fortuna y, después de muchas pruebas, llegó a la conclusión de que cualquier negocio o actividad que emprendiera, siempre que llevara la ficha que le había dado el viejo, era susceptible de realizarse. Por el contrario, cuando se adentraba en cualquier emprendimiento o aventura arriesgada sin la ficha, era un mortal más; es decir, alguna le salía bien y la mayoría de ellas fracasaban. Al ser consciente de su dicha, decidió aprovecharla y gozarla sin preocuparse del mañana.

Con esa tranquilidad fue dichoso durante cerca de una década. Se sentía como una especie de genio maravilloso que materializaba todo lo que deseaba. Llegado a ese punto de plenitud, quiso compartirlo con sus más íntimos para que disfrutaran también del día a día. Sucedió que después de contárselo a su pareja, con quien llevaba un par de años de idilio maravilloso, una cálida mañana de primavera desapareció de su vida apropiándose de la ficha de blackjack, y nada más volvió a saber de ninguno de sus dos amores por más que lo intentó.

Gastó todos sus recursos en dicho empeño. No solo perdió su fortuna, sino también su cordura, ya que, pobre como una rata y desdichado como un alma en pena, fue de manicomio en manicomio hasta que ya solo encontró consuelo en la bebida, y sabido es “que con la primera copa el hombre bebe vino, con la segunda el vino bebe vino, y con la tercera, el vino bebe al hombre”.

DAVID MATEO CANO

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