La dosis benéfica de la risa

El año de la COVID-19 está a punto de terminar. Pero esta cuenta atrás no hará desaparecer sus efectos, que seguiremos experimentando por un tiempo indeterminado. Ya sea extrañando a las personas que hemos perdido, las secuelas de una enfermedad que apenas empezamos a conocer o por un confinamiento que nos ha impedido desarrollar todo nuestro potencial.

Hay quien por eso considera que es menos importante lidiar con sueños rotos. Esos remiendos del alma de los que nadie habla, aunque a menudo son muy dolorosos. Así como les pasará a muchos emprendedores del turismo, la hostelería, con sus casitas rurales en pueblos perdidos de Asturias, o mujeres con trabajos precarios que no han logrado mantener, o padres de familia que se han visto obligados a hacer cola por primera vez para recoger comida del Banco de Alimentos.

Podrán decir que no hay vacuna posible para las consecuencias devastadoras que trae la pandemia. Pero hay una dosis benéfica para el alma que nos libera por momentos de sus ataduras. Cuando la necesidad agudiza el ingenio, no hay fénix más emblemático por su capacidad de resistencia y sátira como el ser humano.

Apuesto a que te acuerdas de algún vídeo especialmente ingenioso que te llegó al WhatsApp para que te rieras de ti mismo durante lo peor del confinamiento, o sigues a Martita de Graná en Instagram o tu cuñado te ha contado el chiste ese de “Los políticos deben ser los primeros en ponerse la vacuna…”.

La sátira es un acto terapéutico universal. Y si hay algo en lo que los sirios somos expertos es en el humor negro. En este año lleno de adversidades no puedo más que recordar al que considero el maestro indiscutible en esta disciplina: Raed Fares. Para que os hagáis una idea, algo así como nuestro Gran Wyoming pero en versión siria. Probablemente esta comparación es absurda, porque las circunstancias que rodearon a Raed no guardan ningún tipo de relación con el presentador humorista.

Porque en un contexto tan dramático como el que ha asolado Siria en los últimos diez años, la sátira se volvió el único instrumento accesible de los ciudadanos para dignificar su propia suerte y condenar la pasividad del mundo. No hubo país, grupo armado u organismo internacional que escapara a la burla del ingenioso Fares que, desde Irbid, nos hacía llegar cada viernes su creatividad a través de los carteles de Kafranbel, fotografiados y distribuidos por la red.

“Oferta especial Black Friday: quien quiera que seas y estés donde estés, trae a tu enemigo a luchar en Siria gratis (tierra y aire gratuitos). Oferta de tiempo limitado”, o “Si lo que importa es que Asad no use armas químicas, permitídselo, porque es mucho mejor morir con ellas que con los misiles Scud”, o “El pueblo sirio deserta del mundo por haberlo abandonado a su suerte”.

Millones de personas nos hermanamos en todo el mundo esperando sus ocurrencias porque nos hacían creer que otra Siria era posible. Desgraciadamente, Raed acabó siendo asesinado en 2018, probablemente por extremistas vinculados al grupo yihadista Hayat Tahrir al-Sham.

Pero su legado sigue muy vivo, ése que nos recuerda que todo estado existencial es transitorio y que incluso en los peores momentos contamos con herramientas redentoras. Porque la risa es, a veces, el único corte de mangas que podemos hacer a nuestras desgracias.

LAILA MUHARRAM

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