HABLAR DE CINE Y OTRAS COSAS DE COMER

         Aunque ya estábamos a 26 de septiembre, el sol picaba de lo lindo a esa hora del mediodía. Caminaba cabizbajo y encorvado hablando solo, según mi costumbre. Rumiaba felicidad. Los del Grupo salvaje de Casablanca, la extinta tienda de cine, habíamos quedado para comer, como solemos hacer dos veces al año, pero en esa ocasión el motivo de alegría era mayor que cuando nos reunimos solo para vernos, el Gran Llopis por fin había terminado su libro “EL CINE HABLA” y la celebración de la comida tenía un doble incentivo, seguíamos vivos y Bienvenido se disponía a regalarnos un ejemplar firmado. Desde Arenal doblé alborozado hacia la calle Hileras sin que el paisaje que vi lograra desanimarme. La acera de la derecha estaba plagada de andamios y la acera de la izquierda había sido invadida por obras valladas a la “me cago en diez” junto a la sidrería El Escarpín, nuestro lugar de encuentro.

Ansioso como estaba de ver a mis amigos, llegué con media hora de anticipación y esperé apoyado en la pared, junto a los andamios que ensucian el escaparate de la tienda de música y películas Kristell. El Gran Llopis vino cargado como una mula, en sus manos bailaba una bolsa con libros y más cosas.

–  Vengo muerto – me dijo -, he venido andando desde Cuatro Caminos, con lo que pesa esto.

Sonreí, aquello era el peso de la cultura, un peaje gratificante. Entramos en el restaurante y nos mandaron al piso de abajo, así que llamé a Eduardo el Clint para decírselo.

–  Ya estoy en la Puerta del Sol, enseguida estoy con vosotros – me contestó.

Finalmente, nos reunimos los tres en un acogedor rincón del comedor. Era perfecto, quizá un poco frío por el aire acondicionado. Nos acompañaba, como siempre, esta vez desde el cielo, José Pascasio, Pepe el Mudo. Faltaban, también como casi siempre, Luis Hammer y Pepe Tarzán Navarro, desaparecidos desde hacía mucho tiempo. Saúl el Salvador seguía exiliado en Lanzarote, desgraciadamente. Antes de empezar a comer, Llopis nos entregó el ansiado libro. Inmediatamente la mesa se iluminó de honestidad. El trabajo de cinco años aparece recogido en esas páginas llenas de frases cinematográficas, algunas brillantes, otras llenas de ingeniosa comicidad, disfrutables en su mayoría. Cinco años de aunar esfuerzos y voluntades un día tras otro, de privaciones compartidas con Begoña, Laura y Carolina. Así, al pronto, es lo primero que vi en este hermoso libro. El trabajo de este hombre queda reflejado como el testimonio de un espectador, amante del cine, que da cuenta en sus páginas, de que el séptimo arte es un reflejo de la sociedad en la que se inspira.

Celebramos la comida como el feliz acontecimiento que siempre es. Hablamos de todo y de todos los que teníamos que hablar, con la animosidad positiva que siempre aportan Llopis y Eduardo. Después de comer subimos por la calle Hileras sorteando todas las obras del universo madrileño. Salimos a la Plaza de las Descalzas y seguimos subiendo hasta la chocolatería Valor para rematar la tarde. El sol perseguía con saña nuestros cogotes. Nos sentamos a la sombra en una de las mesas de la terraza. Enseguida retomamos el hilo de todos nuestros temas de conversación, la amenaza constante que sigue a Llopis por donde quiera que vaya: ¡Que viene Ramos! Eduardo y yo miramos inquietos a nuestro alrededor, pero, a Dios gracias, pudimos respirar tranquilos y volver a sumergirnos en un baño de risas y de amistad.

Se hace tan inexplicablemente corto el tiempo que pasamos juntos, que nos sorprendió la hora de irnos casi sin darnos cuenta. ¡Qué recuerdos tan gratos dejan estas comidas! Necesitamos vivir estos momentos para poder recordarlos con toda esa bendita nostalgia que nos pone la carne de gallina. No queríamos despedirnos aún y nos quedamos tiesos en medio de la Plaza de Callao. Nos dimos la mano, nos abrazamos, pero seguimos inmóviles en ese inhóspito espacio que convertimos en un lugar de pérdida al sembrar su feo suelo de imborrables recuerdos.

Un joven, que martilleaba nuestros oídos destrozando su miserable voz mientras aporreaba una guitarra, nos empujó a darnos el adiós definitivo. Aquella música estridente era insoportable, aunque no parecía importarle mucho a todos los que transitaban por allí llenando la Plaza de Callao de gente y de soledad. Solo los móviles hablaban cuando cada uno de nosotros desaparecimos por un camino distinto.

Felipe Iglesias Serrano

EL CINE HABLA

El autor siempre es culpable de su obra o, al menos, el máximo responsable. Dicho esto, es necesario subrayar que el libro es magnífico, un goce para la vista y un caramelo para el paladar del cinéfilo. Un libro para disfrutar, puedes reírte, cabrearte, escandalizarte y hasta llorar. Incluso puedes echar en falta más frases, pero es una joya.

Sin embargo, pongo un borrón gigante a los editores por haber metido sus zarpas hasta las entrañas del libro, desfigurándolo en parte, al cambiar, añadir y deformar frases sin consentimiento expreso del autor, al más puro estilo Ramos, pero, gracias a Dios, a pesar de todo, no han podido desvirtuar la idea original con la que se construyó esta delicia de trescientas tres páginas. Parece mentira que una editorial de la calidad que se le presupone a Notorius, se haya permitido el lujo de hacer estas chapuzas. Lamentable.

Acabo con las mismas palabras con las que empecé: “El autor es el principal responsable de su obra”.

Felipe Iglesias Serrano

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