Excursión a Pontejos

Cruzamos la Puerta del Sol hacia Mayor, para dirigirnos a Pontejos. Alda, Claudia y yo caminábamos juntos, cada uno con nuestros pensamientos. A cada paso que dábamos nos asaltaba un olor distinto, a pasteles y bollos, a asfalto recalentado y a los periódicos del día. Samuelito, que, como ya he contado anteriormente, era alérgico a las rebajas, dijo que se quedaba para guardar la casa. A saber, juegos, lectura e internet. El calor se abatía sobre las moles de cemento. Hasta el chorro de la fuente parecía un brasero de vapor congelado. Los rayos del Sol tejían telillas fosforescentes con la luz y al chocar con el agua enhebrada producían esa ilusión óptica que tanto me encandilaba. El rumor de esa agua era lo más vivo de la plaza.

Claudia exhibía la bolsa de compra donde guardaba su falda negra. Cuando se quitó los cascos, yo me puse a temblar.

  • Seres —dijo—, y, a continuación, profirió un lamento ensordecedor, su cara se descompuso en un rictus de dolor.
  • ¡Mamá, mamá!, me duele mucho —soltó.

Alda, conocedora de las tretas de su hija, le respondió con voz serena.

  • ¿Qué te duele cariño?
  • Vuestra hija se muere de dolor de tripa y vosotros os quedáis tan anchos, seguís a lo vuestro como si tal cosa, sois unos padres maravillosos. ¡Augggh!

Con su nueva postura sugirió otro retorcimiento de dolor.

—  ¿No se te pasa? —pregunté yo.

—  La tripa no me duele ahora, pero he sentido un chasquido terrible en los glúteos. ¡Ay, ay! —siguió con su letanía sin darme tiempo a preguntarle más—. Me arde el estómago y este brazo —dijo señalándose el brazo derecho—. No lo siento.

A medida que nos acercabamos a Pontejos, el bullicio de gente fue desapareciendo, el ruidoso silencio ya no me turbaba. Antes de que llegáramos a la pequeña plazoleta, yo me paré en seco y con tono inocente le pregunté:

  • ¿Nena, qué tal tienes las pestañas?

Sorprendida, me miró sin comprender con ojos interrogadores y respondió cortésmente:

  • Bien, ¿por qué?
  • Por nada, me alegro de que tengas algo sano en tu cuerpo.

Se tragó la sonrisa y avanzó dos pasos para que no la viera, pero yo sabía que no pararía de reírse hasta entrar en alguno de los comercios donde se supone que íbamos a buscar el famoso botón. Ya estaba otra vez en tierra de nadie. Los libros, las bravas, la cerveza, empezaban a ser leyenda.

Eligieron al azar una de las tiendas atraídas por el escaparate, abarrotado de toda clase de menudencias para el vestido. Un ramillete de muchachas escarbaba dentro de unos cajoncitos bien alineados en un pequeño mostrador inclinado hacia el público. Estaban repletos de cuentas para hacer abalorios en topacio, granate, amatista, piedra lunar, oval, cornalina, cuarzo rosa, lentejuelas y otras muchas.

Claudia llevaba la mano de su madre de un cajón a otro con sublime pericia mientras tarareaba una canción infantil que se le había quedado pegada a su oreja desde pequeña.

Una gran variedad de pechos distintos rozaban una y otra vez las cuentas. Sus dueñas reían excitadas toqueteándolo todo y lanzando exclamaciones de júbilo.

Claudia graduaba el tamaño de sus ojos acorde a su interés por el objeto que momentáneamente tuviera en las manos. Yo ya empezaba a tener turbadoras visiones de múltiples combinaciones sensoriales.

Cadenas para hacer cinturones, broches para collares y pulseras, hilos para enfilar collares, cuentas de cristal para bordados, hilos para crochet o ganchillo. A Claudia le parecía todo aquello como volver a la infancia. Su descenso al “Maelstrom”[1], ese negativismo visceral que hacía extensivo a los demás, desaparecía en momentos como éste. Radiante, zarandeaba a su madre jubilosamente y la arrastraba por los mostradores. Estaba todo tan atestado de gente que nadie prestaba atención a las peonzas humanas en que se habían convertido madre e hija. Una fuerza irresistible, la fuerza de la naturaleza positiva, emergía de Claudia. Dentro de ella se había puesto en marcha un poderoso imán de atracción al que su madre era incapaz de sustraerse. Yo las seguía a duras penas por las tiendas siempre alejado de ellas, en espera, retirado lo más posible de los mostradores por caminos que conducían a escaleras infinitas, a otros pisos, a pasillos de nadie, cargando el dolor en los pies y la flojera en el alma. No quería verme envuelto en aquel trasiego de manos agazapadas y suspiros perturbadores. Las miraba a las dos tan juntitas, tan felices, que casi no podía creer que Claudia fuera la misma persona que discutía agriamente con su madre y conmigo, que lanzaba toda clase de improperios difíciles de olvidar. Cuando surge lo verdadero, vive y sube en cada latido a su propio cielo.

Yo sí que ya me había olvidado de mis libros, mis patatas bravas y mi cerveza. Flaqueaban mis deseos, pero, la verdad, confortaba mucho más ver el cuadro que tenía ante mis ojos. Ahora la hija cogía de la cintura a su madre y la llevaba de acá para allá sujeta como una cometa que surcara el aire encelado, con tanta rapidez y con giros tan imprevisibles que me las veía y me las deseaba para no perderlas de vista entre aquella maraña de mujeres sedientas de tantas y tan extravagantes esencias de colores. No tocaban el suelo con los pies y yo me las imaginaba a las dos como volátiles copos de luz, incluso por momentos aparecían a mis ojos incrédulos como extrañas siluetas de seres mitológicos.

Salieron de la primera tienda sin comprar nada y, con los ojos hipnóticamente encriptados, entraron rápidamente en la de al lado. Claudia reía y se comportaba conforme a su edad, diecisiete años. Para mí todos estos cortos recorridos eran agotadores y seguir sus huellas puras sobre el empedrado constituía para mí una prueba de fe.

Los mostradores contenían casi lo mismo que los de la tienda anterior, pero este local tenía un piso más y nuevos departamentos. Más sopor, más pesadez para mi cuerpo. Ciclópeo esfuerzo para mis huesos que gritaban pujando por salir de allí. Aguantaba por amor, por llevar el mismo paso de Alda, con el cuerpo rígido, pasmado entre tanto movimiento. Pasaron velozmente tocándolo todo, las cremalleras, los bastidores para bordar, los cordones para cortinas. Claudia se empecinó en llevarse unas borlas para tiradores de cortinas, pero su madre le convenció de no hacerlo en medio del griterío que las rodeaba, con esa serenidad que siempre empleaba, pausando la palabra y que en otros momentos tanto desesperaba a Claudia porque no se ponía a la altura de sus gritos juveniles cuando sacaba hacia fuera su silencio retador. En situaciones así, nadie podía saber lo que pasaba dentro de su alma de mujer ni se atrevía a remover su corazón terco. Por eso yo me guardaba mi pobre voz con las patatas y la cerveza ya olvidadas y permanecía en una frágil mudez de cristal con cara de niño descuidado que hubiera caído en el centro de un tornado invencible. Siempre que estaba enfadada con el mundo, discutía y bajaba a Dios hasta su habitación, lo metía en el microondas de su cabeza y de allí salía calentito y con muchos porqués. Teatralizaba sus protestas gestos moviendo sus manos como alas de luz, pero era muy sincera, muy directa, hablaba con tanto desparpajo que te desarmaba.

Cuando paraba por la casa, siempre estaba muy cansada, exhausta según ella y sin ganas de hablar de cualquier tema que pudiera estar relacionado con un atisbo de responsabilidad. Sentía verdadero pavor por acabar algo de lo que empezaba. Cuando las cosas se ponían realmente mal y el ambiente se tensaba como un arco arrojando la flecha de la ofensa directamente al corazón, Alda se refugiaba en la cocina y sollozaba en silencio junto a la ventana mientras Claudia se encerraba en su habitación, nos soltaba su música por la minicadena y se tumbaba en la cama guardando el cariño en su colección de botellas de cerveza vacías. Amaba el color y el dibujo de sus cristales. En esas ocasiones yo solía entrar en su cuarto sin llamar, me sentaba en la silla giratoria de su mesa de estudio y me quedaba mirándola sin hablar, con las piernas cruzadas para no hacerme el importante, soportando el dolor con que la postura ataba mis huesos enfermos. Si notaba mi presencia, se volvía, me miraba con aire incierto y un pelín de desconcierto en sus grandes ojos oscuros y reaccionaba enseguida diciéndome: “¡Fuera!”. Y si entonces veía que no me movía, remataba la frase con un “Es mi habitación”. Yo apartaba la mirada y con tono cansado le contestaba desviando mis ojos hacia su mesa de trabajo:

  • Creí que debíamos hablar de leyendas, del por qué va y viene la claridad y de por qué la Tierra no es completamente redonda.
  • No quiero hablar con vosotros, entre nosotros ya está todo dicho, no os quiero como padres.
  • Quizá te quieran más los padres de algunos de tus amigos, tal vez te mantengan y te den de comer y te aguanten —razonaba yo sin éxito.
  • Ves! Esto es lo que no aguanto, que siempre me echáis la culpa de todo lo que pasa, y mi hermano hace lo que le da la gana y le dais todo y a mí en cambio me gritáis. Y vale, vete ya de mi habitación. Odio contaros nada de mi vida, hablar o discutir con vosotros, os odio, odio todo y a todos.

Volcán Claudia. El gozo y la pena se alternaban. Tal y como es la vida. Pero, aunque nunca quería hablarme, o siquiera hablar, para discutir sus cosas, discutíamos, hablábamos, intentábamos razonar nuestras ideas y creencias. Y ella volvía a bajar a Dios a la tierra y a qué se yo cuánta gente más, para hacerlos partícipes imaginarios de sus desdichas y temas de discusión. Al final nunca resolvíamos nada y, la verdad, yo nunca he tratado de imponerle ninguna idea por la fuerza. Por otra parte, hubiera sido inútil, pero al menos el arco se destensaba y la flecha disparada, al menos durante unos días, permanecía estática, como un ente durmiente pero amenazador en el cálido aire pacífico. Sólo se tranquilizaba tumbada en su cama boca arriba mirando a oscuras las estrellas y planetas fosforescentes pegados en el techo. Soñaba con escapar a otros mundos. Al caer el mediodía, con el olor de la comida, todo se desvanecía y se transformaba en una muda tregua de paz, propiciada por el hambre.

Viéndolas allí, tan unidas como si fueran amigas o hermanas, no me importaba perderme las bravas y la cerveza fresca, porque la visión de esos momentos, envueltos en una neblina de sagrada fantasía, reparaba mis simples desdichas cotidianas como no poder saciar el hambre con algo muy apetecible, el dolor inhumano en mis pobres pies, la insoportable espera en todos los establecimientos y el seguimiento faldero de una tienda a otra. Inacabable jornada de cordero. A pesar de la desesperación colorista que divulgaba con mis breves parpadeos, no me importaba nada, ni la cerveza ni las bravas de mi alma. Y claro que prefería ver, sentir, tocar casi, estos repuntes de felicidad que eran la demostración palpable de que en el centro huracanado de sentimientos arremolinados de Claudia reinaba una bendita paz. Ojalá algo o alguien pudiera lograr que esa serenidad fuese constante. Quién sabe, quizá con el discurrir del tiempo.

Yo seguía guardando prudentemente las distancias, no quería romper con mi presencia cercana, esos instantes de mágico encantamiento, ese Thule emergente de las aguas convulsas de su cuerpo adolescente. La Claudia feliz.

Madre e hija proseguían su andadura, saltaban de un mostrador a otro sin pararse siquiera a respirar. Alda parecía varios años más joven, contagiada sin duda por el espíritu alegre de su hija, trataba de seguir sus pasos de ballet y se dejaba llevar dulcemente por ella en medio de aquel interminable ajetreo a que se sometían inundadas las manos de la brillantina de toda aquella bisutería efervescente de luz.

Cada una señalaba a la otra los artículos y enredaban divertidas con los abalorios multiformes. Toqueteaban encantadas toda clase de botones formados en hileras. y no sabían cuál llevarse, si el de cuarzo rosa, el de cornalina, el oval de piedra lunar el cúbico o el prisma con figuritas. Hasta yo me acerqué extrañado a curiosear cuando se separaron unos centímetros. Nunca había visto tantos y tantas clases de botones que parecían excitarse al ser tocados dentro de sus cajoncitos numerados. Algunos destellaban por sí mismos y tuve que frotarme varias veces los ojos para cerciorarme de si era cierto. Todo formaba parte del cuadro mágico que allí estaba representando todo el mundo, el instante en el islote feliz que según dicen existe fuera de nuestro. La visión de aquellos botones alteró de tal forma mi percepción sensorial, que creí firmemente hallarme en una de aquellas islas maravillosas. Los islotes del tiempo, también llamados islotes de la felicidad existían, sí, y el instante feliz también. A veces los tenemos delante y nuestra ofuscación no nos deja verlos, los vivimos y los dejamos escapar por miedo. El enfurruñamiento no nos deja ver esas cumbres felices manchadas de un blanco puro y rodeadas de nubes entreoscuras de mal genio. No nos damos cuenta con las prisas, el apego al dinero, el ansia de tener y el estrés.

Cerré el libro sin poder reprimir una sonrisa en mi boca seca, dejando que el pasador pensara por mí el número de página. Como Claudia diría, al autor se le había ido la olla.

Pensé que no quería saber lo que pasaría cuando saliéramos de aquel conglomerado de locales llenos de detalles menudos, de aquel insólito y encantador lugar llamado Pontejos, en el mismo centro de Madrid. Que la pequeña plazoletilla con fuente rodeada de banquitos de madera para sentarse invitaba con su tibia quietud a quedarte y no dejar pasar sin más ese tiempo, a disfrutar del esplendor extraño de sus comercios antiguos y nuevos, del aroma de sus géneros.

Tal vez al dejar la plaza, cuando nos alejáramos, volviéramos a la vida real, a los enconos, al grito agrio, a las disputas de madre e hija, al remolino adolescente. No lo sabía pero en ese exacto minuto estaba sentado en una nube balsámica de botones multicolores y no quería pensar en eso.

Felipe Iglesias Serrano

[1] A descent into the Maelström, 1841. Edgar Allan Poe.

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