EL SILENCIO DEL MÁRMOL

         Jamás encontraremos esa hermosa tierra del “podía haber sido así” …

Ya siempre es de noche cuando salimos a caminar por la mañana temprano. Muere el verano y la luz tarda más en resucitar.

“A menos diez para las siete” estoy clavado en la esquina de la ortopedia, de donde parece que no me haya ido nunca. Veo a James acercarse poco a poco con su particular manera de andar, a cada paso se le quiebra el cuerpo mientras sus anchos pantalones resoplan para tomar aire. Nuestras siluetas grises se mueven en el claroscuro de la madrugada con las manos entreabiertas para sentir el tacto de las cosas. Nos abrimos paso a golpes de palabras. Nos esperamos, él con su Dios, yo con el mío, que, al fin y al cabo, es el mismo. Tenemos un contrato de mutua tristeza e impenetrable oscuridad.

  • ¡Mijo! ¿Cómo vamos? ¿Qué tal pasó la noche? ¿Y Esme cómo está? ¿Qué dice María? ¿Y el pequeño Samuel? ¿Y la pequeña Fani? —Me pregunta, antes de nada.

Entonces, cuando lo tengo a la distancia de una mano extendida hacia una estrella, le miro y asiento con un gesto. En sus ojos, turbios de preocupación por no saber su destino, percibo una luz que tiembla. Jorge le ha encargado que haga de maletero, Juan Carlos le ha pedido que sea su testigo en una audiencia en el juzgado y el Sr Obispo sólo le dice que le espera “con cariño”, lo cual puede significar que los malos tiempos están a punto de llamar a su puerta.

  • No quiero ser más de lo que soy, ojalá todo pudiera continuar igual que siempre —musita para dentro de sí mismo, y parece que le cueste trabajo la vida.

Durante veinte pasos se evade del mundo, luego regresa con la cara y la ropa impregnadas de polvo de estrellas. Es la risa celestial, de la que hay que desconfiar, porque hasta la sombra sonríe, pero la sombra desaparece cuando es de noche.

Y mientras andamos, manchamos la noche y el cemento con preocupaciones humanas y también divinas. Cultura y cine, siempre cine. Y hablamos del dolor, de ese dolor diario, intenso, como el de un río en continuo movimiento dentro de uno.

Las calles parecen más grandes de noche, el cielo no tiene puertas. Un puñado de nubes blancas, limpias, elevándose por encima de los bloques, zigzaguean medrosas alejándose.

Llevamos ya un cuartillo de camino y no conseguimos desprendernos de esta noche que estruja nuestros miedos. La oscuridad repta inagotable hasta nosotros, encubriendo nuestros cuerpos chinescos. Sólo la pálida luz amarillenta de alguna farola perdida nos delata. Parecemos dos títeres que se arrastran y cuentan cosas entre espasmos. Despachamos frases tan densas como el negro azar que quedan suspendidas sobre las ramas de los árboles, llenas de esperanza.

Seguimos caminando porque no sabemos ni podemos parar. A pesar de que hemos hecho muchas veces el mismo recorrido, James se desvía, su subconsciente le empuja hacia cerros lejanos, inexplorados, sus pies quieren encaminarse hacia el cielo. Ambos sabemos que la casualidad no existe, así que, sin dejar de hablarle de todo el cine del mundo, le señalo “por aquí” para ritualizar los pasos de ambos volviendo a orientar nuestros cuerpos por la senda que marcan las pisadas de días pretéritos. Retomamos de nuevo los fotogramas de nuestra vida, peliculeamos viejas historias y asentimos de vez en vez al recordar una buena escena. Al llegar a la mitad del kilómetro y medio parecemos ridículas marionetas sentimentales de caras borrosas que hubieran cobrado vida durante un trecho y se anticiparan a la eterna sensación de que algo va a quedarse en el tintero de los ojos por escribir.

Caminamos otro trecho en silencio hablando con silencios que son silencios de mármol como el mármol del cementerio. Los cementerios son los lugares donde más se habla, con los padres, con los abuelos, todos nuestros ancestros nos hablan allí e incluso esos seres solitarios unas tumbas más allá, necesitan ser escuchados. Siempre se escapa una oración, también por ellos. El cielo es más puro en esos espacios. El aire que no podemos ver nos mantiene allí irremediablemente en comunión con todos los seres. Y así es como todos permanecemos unidos con lazos invisibles, vivientes y ya muertos. No podemos desprendernos del conjunto, pero sí podemos olvidar que formamos parte de él y de ese modo convertirnos en personas que han perdido la senda.

Ya hemos andado casi mil metros y en las hileras de baldosas agrietadas, mal alineadas en maltrechas aceras, está esperándonos la senda. Un perro encogido, casi gimiendo, cruza la calle oscura. Nadie le espera. Nosotros acortamos nuestro paso sin dejar de avanzar. Atropellamos las palabras y expresamos en voz alta nuestro deseo de seguir hasta la línea del horizonte, como niños, pidiendo algo imposible de conseguir: tiempo. Deseamos soltar el peso que llevamos dentro del corazón, recogido por este mismo camino en mil días diferentes. Y, tal vez, si fuéramos valientes, pasar al otro lado donde nadie nos conoce y visitar lugares distantes, en cuyos cielos duermen de noche las nubes

Casi llegando, las débiles luces de las escasas farolas se debilitan hasta apagarse con la primera claridad del día. Nosotros, con la cabeza gacha y el cuerpo de trapo, unimos nuestras fuerzas y nos ponemos a escarbar nuestras almas en una comunión de silencio. Rumiamos la búsqueda de la esencia que pudiera definir el momento, pero, como no sabemos, solamente rumiamos. Los bloques de casas viejas, nos escoltan todo el trayecto igual que centinelas de noche.

Los últimos días hemos aprendido a desviarnos por una calle ancha que da a la principal, enfrente de San Mateo, atraídos por el fuerte olor a churros. Las irradiaciones del calor de la cocina nos reconfortan. La polaca nos espera con los brazos en jarras ocupando casi todo el mostrador en una demostración de fuerza ―Estos son mis dominios —parece decir. Y no está gorda, no, es que su cuerpo, todo músculo, parece el de una levantadora de pesas. Sin embargo, por sus ojos, brillantes como el aceite limpio, huye la noche. Nada más vernos ríe feliz, nos saluda en su polaco-español y, con asombrosa rapidez, coge dos bolsas de papel para ponernos seis más tres churros con forma de lazo. Nos despide con un gesto muy saludable.

― Me he hecho adicto a los churritos —musita James al despedimos de la polaca sin nombre. Ambos prometemos preguntárselo en otra ocasión.

El camino se acaba y, aun así, qué lejos queda todavía Manizales sabiendo que está aquí a mi lado, un poco más abajo de mi hombro izquierdo. Despedimos las sombras y viramos nuestros cuerpos como mazorcas maduras de maíz al viento, vamos dejando atrás los edificios viejos y sorteamos más viejos edificios y aceras invadidas de coches con ojos de faros aprensivos por nuestra presencia.

La mañana está aclarando, ya se ve a lo lejos el quiosco de prensa como un salpicón de luz en medio del cemento. Mucho antes de llegar, escuchamos los resoplidos de José Luis en su lucha contra los periódicos del día practicando el arte de colocar la prensa y las revistas. Gruñe a los papeles y los papeles le gruñen a él en una pacífica enemistad declarada.

Nos quedan cien metros para finalizar los mil quinientos. A la izquierda volvemos a ver la esquina pintada de amarillo de la Ortopedia. No se ha movido, como tampoco lo ha hecho la luz blanca de la Parroquia de San Camilo de Lelis, a la derecha, con su entrada semejante a la de una mansión colonial española en Cuba, cuya gran cruz en lo alto refuerza la fe del que pasa. Bienaventurados los que no tienen voz…

Una mancha cubre la Colonia de San Nicolás. Detrás de sus casas destartaladas no existe ningún horizonte visible. Los árboles moribundos que nacieron aquí se comban agónicos sobre los cables negros que cruzan de un lado a otro de sus calles, en algún momento de sus vidas vegetales la naturaleza de este olvidado lugar se dejó vencer por el cemento y la contaminación. El abandono de políticos y gobernantes alcanza tal magnitud que la suciedad ya parece connatural paisaje.

Volvemos a pararnos sin dejar de hablar. Medimos el tiempo en gestos como si el tiempo fuera nuestro, sin darnos cuenta de que el tiempo sólo se detiene en el mármol. Nada expresa mejor que el mármol el lenguaje de la voz queda y del susurro, la necesidad de comunicarse de los ausentes. Andamos como dormidos, a pasitos cortos, desasosegados porque ya hemos llegado al final sin conocer el principio de nuestras vidas. Nos separan siete horas entre el hola y el adiós, entre los dos movilizamos todo un océano de mañanas que aún no existen.

Felipe Iglesias Serrano

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