EL MONOLITO

Viajaba en autobús con un mal disimulado semblante de felicidad, iba al cine. Me distraía mirando por la ventana las líneas blancas del asfalto. Un sol anoréxico flirteaba entre las nubes, hacía un calor tórrido impropio del mes en el que estábamos y el aire dentro del coche era calentón. El terrible sofoco y un leve incidente bastaron para soliviantar mi oído. Dos muchachos sentados detrás de mí sostenían una triste conversación sobre lo mucho que se aburrían hablando de sus cosas y sobre mentir a un tercero. De pronto, el sonido devastador de dos móviles sonando al mismo tiempo zumbó en las orejas de los viajeros alterando nuestra modorra feliz. Sin poder evitarlo, miré de reojo. Los jóvenes se habían puesto de lado dándose la espalda y mentían al unísono a sus aparatos. Uno de ellos cruzaba y descruzaba las piernas con un tic intranquilo en el pie. No lo aguantaba más, me levanté para cambiar de asiento. Mala señal para un supersticioso. Afortunadamente, antes de llegar a los asientos del final, que tanto odio por los muchos malos olores que se concentran allí, vi un asiento libre. Fue mi salvación pues, aunque daba al pasillo, podía ver a través de la ventanilla cómo el aire deshacía un grupo de nubes de color pomelo que amenazaban con deshilacharse sobre un horizonte anaranjado.

Aún no había sacado mi tranquilizador cuaderno de pelis vistas y anotadas durante el año, para darle un vistazo, cuando un suave clic seguido de otro me produjo un leve sobresalto.

Escuché atentamente, parecía que un grillo metálico correteaba bajo los asientos. La muchacha que se sentaba a mi lado tecleaba con pasmosa celeridad un mensaje en su móvil azulado. Su aparente imperturbabilidad contrastaba con el tecleo de sus piernas acompañando el ritmo de los dedos. Tal vez tuviera mucha prisa por saber la contestación antes de haberlo enviado. Evidentemente no pude concentrarme ni pensar ya en hacer mi lista de pelis favoritas basada en los estados de ánimo. Por el contrario, con la excusa de ver el paisaje, la observaba a ella por el rabillo del ojo. Su cara aniñada denotaba satisfacción y en sus ojos vivarachos se presentía una pizca de mimo. Llevaba varios aros en la oreja izquierda y el pelo muy corto, pensé que quería significarse por algo. Durante el trayecto no pude dejar de mirarla, aunque reconozco que está mal y no es una cosa que yo suela practicar. Nada. Sostenía el móvil igual que un pajarillo recién nacido. La cabeza baja, sin apartar un instante la mirada de adoración a la espera de un milagro en la pantallita, algún acontecimiento extraordinario. Exteriorizaba un anhelo conmovedor. No esperó mucho. Un doble bip largo resonó con fuerza en el autobús y, aunque ya lo esperaba, volví a sobresaltarme de nuevo. Al parecer nadie más se dio por enterado. La muchacha se quedó mirando el móvil un buen rato sin articular sonido ni movimiento alguno, los dedos paralizados, tumbados sobre las teclas. Al cabo de ese silencio aparentemente prolongado, el interior de su garganta emitió un gritito sordo pero firme. Tardé unos segundos en entender lo que había querido decir con aquel sonido y la verdad es que estaba sobre ascuas, vivamente interesado por su actitud y atento a los posibles cambios de semblante, pero ella, impasible, no movió ni una pestaña. Se levantó y me pidió paso con los ojos, yo me aparté y me quedé observando cómo se bajaba.

Me acoplé en el asiento al lado de la ventanilla que había dejado libre, el plástico aún estaba caliente y el espacio que había ocupado olía a colonia juvenil. Me distraje mirando por la ventanilla. Un hilo de luz quebró el cristal y llenó de reflejos de colores la niebla de mis ojos. Pensé que me hubiera gustado confortar a la muchacha con algún gesto comprensivo en medio de su desamparo, pero los vaivenes del autobús hubieran frenado cualquier movimiento en ese sentido.

Estábamos en el Hospital 12 de Octubre y todavía no me había decidido entre ir a una sala de cine comercial o a la Filmoteca. La primavera estaba en plena madurez. Los pequeños campos de espigas encerrados entre los minúsculos terraplenes que dividían las calzadas de paso, compartían terreno con margaritas y amapolas salvajes y algunas calvas de hierba seca.

“¡Cabrón!”, esa era la palabra, el siseo que había oído de labios de la muchacha y empecé a especular con lo que pudiera haberle pasado. Un mal “rollito” tal vez. Confuso y presa de un sentimiento de culpabilidad, me puse a escudriñar el bus. En los asientos donde habían estado los dos muchachos, se encontraba ahora una pareja de ancianos que no dejaban de hacerse carantoñas. Por su aspecto dicharachero y sus pícaras miradas, se diría que se dirigían a un baile de jubilados. En los asientos paralelos al mío, al otro lado del pasillito, sonó una llamada de móvil que, por los ojos del dueño, era esperanzadora, y en el asiento delante del suyo se escucharon un par de tremendos bips. Tampoco esta vez pude evitar sobresaltarme. El receptor de la llamada, un treintañero con cara de informático, hablaba en tono alto con intervalos breves y cierto sosiego en su voz, que iba perdiendo a medida que hablaba. Supongo que quería convencer a toda costa a su interlocutor.

Su rostro dejaba traslucir el enfado que sentía, quizá por algún trabajo mal ejecutado por alguien al otro lado de la línea. Sólo faltaba para completar el cuadro, que llevara en su portafolio el manual del ejecutivo agresivo. Cuando dejó de gritar, guardó el móvil en el bolsillo interior de su chaqueta con el gesto de un verdadero tahúr al guardar en la manga su carta más preciada, sacó la punta de la lengua al tiempo que se pasaba el pulgar por los labios con un aire de jugador de póker o quizá de perdedor divorciado. Pensé que iba a sacar otra carta u otro móvil de algún otro bolsillo.

Ensimismado como iba, no me percaté de que estábamos atravesando el Puente de la Princesa que desemboca en Legazpi. Unas míseras gotas de lluvia creaban pálidos círculos sobre el Manzanares. El desalentado río se movía entre la bruma y el esperpento como el esbozo de un cuadro abstracto, con una pizca de claridad en alguno de sus tramos de agua turbia. Los patos salían huyendo de su propia vida, surcaban el agua como si atravesaran un abismo, no deseaban el río por morada. Los animales no son tontos, olfatean el peligro, saben que algo está fuera de su sitio antes que nadie, como una revelación, tal vez de los árboles susurrantes que jalonan las orillas de aquella mísera masa de agua huidiza, encajonada entre murales de piedra a su paso por la ciudad.

¿Sería posible que nadie fuera capaz de ver lo que yo estaba viendo, lo que intentaba descifrar a través de la diminuta ventanilla, cubierta por la estela del polvo que trepaba desde las ruedas? Me hubiera gustado tener una visión más completa, a cielo abierto a ser posible, pero no hice nada por bajarme, tengo miedo de lo que no puedo ver. Sacudí la cabeza varias veces con infeliz emoción y como si un poder íntimo me guiara, tracé con el índice un sendero imaginario en zigzag para señalar el enorme monolito rectangular, semejante a uno de esos grandes móviles que tanto se llevan ahora, de pantalla táctil y superficie completamente lisa, que permanecía suspendido del techo celeste. Enseguida me acordé de la película de Kubrick, 2001: una odisea del espacio, con su monolito precursor de los móviles modernos. Alerté a todos los viajeros en medio del tenue balanceo del bus y del soplo hostil de la oscilante carretera sin dejar de apuntar con mi dedo al tierno cielo. Todos miraban y me miraban sin ver nada ni entender nada de lo que les decía, y yo no dejaba de explicar con tumultuosas palabras y gestos desordenados la espeluznante visión de aquel objeto reflectante, señalándolo para captar su atención. Ellos, después observar el cielo limpio y observar cómo exteriorizaba mis exageradas emociones, dejaron de escucharme, molestos por haber interrumpido su calma y su religiosa actividad de acunar el móvil en sus manos, que es como tomar un valium duradero o adorar el tótem que gobierna nuestros sentimientos. Desde el fondo de sus ojos pisaban mi sueño que no era sueño, sino polvo de lluvia dormida cuando truena el agua bajo la tierra.

El monolito permanecía en lo más alto del cielo celoso, con impasible serenidad, inmovilizando el paisaje nublado y todo cuanto había de movedizo a su alrededor. El tiempo, imantado por aquello, se movía hacia atrás mientras el autobús seguía avanzando hacia adelante, buscando fronteras imaginarias sobre el mismo cielo y sobre las calles sucias, bordeado por la tierra que las constructoras de edificios habían desmoronado.

Nos íbamos alejando y la visión del insólito y silencioso artefacto se fue empequeñeciendo en la sucia ventanilla trasera de aquel viejo cacharro con ruedas. Así, visto de lejos parecía un alfeñique, un pequeño móvil barato desechable y sin valor alguno, pero cuando dejó de verse, yo sabía que seguía allí plantado, sobre ese cielo pintado donde se estrellan los gritos humanos, eclipsando la luz del Sol con su propio destello acerado. Ya sólo algunos pasajeros seguían mirándome con gesto de conmiseración, como diciendo “pobre hombre, el móvil lo ha trastornado”. Las miradas se desploman si las sostienes, y eso hice. Volví a sentarme compungido y alterado por la extraordinaria visión que, al parecer, sólo yo había experimentado. “Debo tener barro en los ojos”, pensé al mismo tiempo que sentía sobre mí, reptando por los entresijos del vehículo, a la misma tierra sobre mis huesos, el dolor sólo iba cambiando de sitio, y la soledad. Los demás dejaron de prestarme atención cuando pensaron que estaba más calmado, pero yo seguía rumiando en mis adentros el posible significado de todo aquello. ¿Qué hacía aquella cosa inmovilizada en medio de un cielo escuálido? Excitado y muy cansado, me recosté sobre el asiento hundido en mis pensamientos, cerré los ojos. Todo se volvió negro. Respiraba susurros de voz para agotar el ruido molesto y dejar descansar mi memoria.

Inmerso en mi duermevela, una sucesión de monolitos, densos como el silencio urbano, descerrajaron pesadamente mi descanso con su presencia. La tierra tembló, noté en mis labios un nuevo sabor a entrañas vivas, el autobús iba cayendo hacia arriba sobre un cielo circular cercado de sombras. Abrí los ojos sobresaltado, la carretera estaba llena de baches vagabundos. Cada pocos metros, menudas margaritas y pequeñas flores de San José florecían en cada agujero abierto sobre el asfalto. Me encontraba como un nadador del subsuelo que trataba de abrirse paso entre la pureza de un brote de piedras jóvenes asentadas sobre la tierra virgen. Se es viejo cuando uno olvida lo que es ser joven y se le acaban los porqués. La juventud es un talismán que se guarda en el corazón, una luz que se lleva en los ojos.

¿Por qué?, ¿por qué?, ¿por qué? Seguro que no era una revelación divina, ¿qué era entonces aquello?, ¿quién o quiénes lo habían puesto allí?, ¿con qué fin misterioso? Tal vez “alguien” quería avisarnos de algo, pero, ¿de qué?

Ni siquiera me di cuenta cuando aquel joven se sentó a mi lado. Nada más acoplarse al asiento, hizo un extraño con el cuerpo y sacó un móvil del bolsillo. Era plateado como un pequeño menhir pulido y él lo cubría amorosamente con las manos en medio de la entrepierna. Yo no salía de mi asombro y no podía dejar de mirarle. El muchacho repasaba las teclas con la yema del pulgar una y otra vez sin pestañear como si tratara de encontrar algo entre los números o esperara ver aparecer en la pantalla a alguien deseado. Luego, de repente, comenzó a acariciar frenéticamente los costados del menhir-móvil y a frotarlo contra su pierna en un recorrido desde el interior de la ingle, la rodilla y el exterior del muslo.

Jadeaba durante un segundo y volvía con más ímpetu. Emitía un áspero sonido de cantos rodados, sin necesidad de orejas ni auriculares. Sudaba. Dejé de mirarle para no sudar yo también.

Sin apresurar la marcha llegamos a la altura del Puente de Segovia, donde el autobús dobla para subir con su escaso aliento hasta la Puerta de Toledo, a la izquierda quedaba el campo de fútbol del Atlético de Madrid. Una estampida de ecos procedentes del estadio estalló en el aire y grabó en nuestra memoria el vocerío originado por el último partido. Estaba claro que al conductor no le esperaba nadie. El bus subía renqueante con un murmullo de ciclista fundido. Las nubes habían desaparecido y el viento se había convertido en una leve brisa adormecida, pero el sofoco iba en aumento. El cielo tenía ahora un color teja negruzco y, vistos desde fuera, seguramente los viajeros ofrecían el aspecto de figuritas planas dibujadas con tinta china o carboncillo.

Yo seguía sin concentrarme en mi cuaderno de películas. Dos muchachitas jóvenes se sentaron delante de mí y enseguida el sonido inmisericorde de un timbre ramplón me aporreó los oídos.

  • ¡Holaaa! ¿Qué tal? ¡Síiii! ¿Ahora? Tía no te preocupes… No tía de verdad, para eso estamos las amigas… Sí, estoy con Marga… Sí, venga, ¡que si! Tú no te muevas de ahí y respira despacio. Yo me peleo casi todos los días con mis viejos… Sí claro, a mí también me dan la brasa… Sí tía, te recogemos, nos vamos a la tetería y te relajas. Ayer mismo me dio una traca de ansiedad porque no me acordaba cómo se graba un CD en el ordenador. ¿Te lo puedes creer?… Alucino yo también.

Se hizo un corto silencio…

  • ¿A que ya estás mejor tía? En la tetería hablamos y nos cuentas, ¿vale?… Hasta luego, hasta luego.

Al bajar del bus, la parada era un horno sofocante y qué puñetero estaba el Sol ahora, qué pesado se pone a veces ¡Ni que le hubieran puesto brillantina en la calva! Yo caminaba alelado, un poco a ciegas, y sin haber decidido la sala de cine. Mis problemas de espalda y mi cansancio eterno no dejaban sitio en la agenda de mis huesos. Ya iba dispuesto a ver cualquier cosa. Buscaba entretenimiento para ver con mis ojos indecisos llenos de ensueños densos.

Entré medio encabronado al cine. El rudo bajito salió sudoroso y como asustado de las taquillas, cortó mi entrada en un santiamén y con dos ágiles zancadas volvió a la cabina para seguir dándole palique a las taquilleras. Me disponía a subir las escaleras para ubicarme en la sala 4, cuando “el rubio” salió a mi encuentro desde la sala 2. Tras un breve saludo ceremonial, intercambiamos unas frases rápidas sobre la salud y el tipo de películas que daban esta semana.

  • De risa —me dijo.

Hasta el final de la película no supo la panzada que me di a llorar por haber tirado casi diez euros.

También lloraba para aflojar los nervios y porque ya no estaba tan seguro de lo que había visto, si es que había visto algo. Olvido y recuerdo. La peculiar imagen continuaba rondando por mi cabeza, no había podido sacarla de ahí. Era una visión enrollada en los ojos. Se quedó escrita con tinta invisible en la palma de la mano para que la fuera leyendo lentamente bajo un cielo temblón con oleadas de nubes besándose a ráfagas. Nunca iba a olvidar algo así.

Uno, dos, tres, cuatro… Había una docena de espectadores aproximadamente. Recoloqué la cabeza y estiré las piernas, pero no me las encontré con tanta oscuridad ¡Tanto terciopelo en el asiento y moqueta en el suelo! Buscaba acomodarme para encontrar el estado anímico perfecto, pero no lo conseguía y me encabrité conmigo mismo. La sesión iba a empezar y aún seguía entrando gente, lo que resultaba un fastidio, pero no podía hacer nada, ni tenía ganas de moverme con el maldito calor. En la sala no había aire acondicionado, ¡claro!, no era tiempo. Por fin parecía que todo el mundo estaba en su sitio, sólo se oía el ronroneo de las palomitas entrando en las gargantas ávidas.

¡Tekelili!, ¡tekelili!… ¡Dios del espanto y de la tiniebla! ¿Pero qué…? ¿Quién es? Hizo que me sintiera envuelto en un hálito de aire envilecido. Ya no encontraba la butaca, ni mucho menos el suelo. Palpé angustiado mi ropa y después de unos segundos eternos, encontré algo que se agitaba inquieto, que se me iba y se me venía como un pececillo recién pescado, algo que renacía dentro de mi ropa cuando antes estaba tan desmayado en mis bolsillos como un pez moribundo y ciego.

  • ¡Maldito móvil! —repetí dos veces a voz en grito— ¡Diantre! —exclamé sobre el infernal y posesivo aparato.

Aquel sonido siguió rebotando en mi cabeza por instinto y ya el resto de la sesión no pude conseguir que mis tripas volvieran a su sitio.

Felipe Iglesias Serrano

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