El hombre de hierro

Reinhold Messner
Recientemente Reinhold Messner ha sido galardonado con el Premio Princesa de Asturias de los Deportes por su larga, exitosa y asombrosa carrera en el mundo del alpinismo y de la aventura en general. Este italiano se ha convertido por méritos propios en el aventurero más indómito de cuantos han existido jamás, ha conseguido hitos auténticamente sobrehumanos que entran a formar parte de la leyenda, que es lo que es él en realidad: una leyenda viva.

Fue el primer hombre en coronar los catorce ochomiles del planeta. También fue el primero y el único en cruzar la Antártida sin ayuda de perros ni vehículos mecánicos, pero su hito más memorable sin lugar a dudas fue el de coronar en solitario y sin oxígeno el Everest, la montaña más alta del mundo, en 1980. Sus comienzos en la alta montaña fueron duros, puesto que su primera gran ascensión tuvo lugar en el Nanga Parvat, la cual coronó junto a su hermano Günther por la cara Rupal, que es la más difícil de todas. Desgraciadamente, no todo salió bien, y su hermano falleció en el descenso. Años más tarde Reinhold Messner regresó a esta cima para recuperar el cuerpo de su hermano, y de paso se convirtió en la primera persona en escalar un ochomil en solitario desde la base hasta la cumbre.

Centrándonos en su mayor gesta, que no es otra que la subida al Everest en solitario y además durante la época del monzón, cosa que casi cuarenta años después nadie ha igualado y posiblemente jamás nadie vuelva a repetir debido a la dificultad extrema que conlleva, puesto que es algo inaudito que ya se ha cobrado la vida de la mayoría de los que lo han intentado. Pues bien, lo que más llama la atención es la descripción que hace Messner sobre la ascensión de los últimos 800 metros, a los cuales los alpinistas denominan “la zona de la muerte”, porque es cuando el cuerpo, debido a la altura, deja de funcionar correctamente y no responde a los impulsos que le manda el cerebro. Las confidencias del gran alpinista italiano al llegar a esta zona crítica ponen los pelos de punta a cualquiera: según comenta, los últimos tres días sintió un agotamiento extremo que le anulaba el pensamiento, fue capaz de seguir adelante gracias a la ayuda de un ser etéreo que no era real y que solo existía en su mente, quien le instaba a caminar, hablándole de continuo e indicándole cuál era el mejor camino a seguir. Cuando llegó a la cumbre se quedó allí durante un buen rato lleno de felicidad y apatía, pensando en que ya no le podía pedir más a la vida: estaba agradecido con todo lo que ésta le había dado, ya que él escalaba únicamente por mirar hacia su interior, y cuanto más alto subía, más podía adentrarse en ese interior, de modo que ya no podía ir más allá. Se encontraba en estas ensoñaciones cuando su imaginario amigo le convenció para descender, cosa que le hizo volver a la realidad y con ello a su padecimiento extremo, de manera que arrastrándose con manos y pies consiguió llegar abajo de forma milagrosa.

Todo lo narrado demuestra que, en ocasiones, para conseguir grandes retos, no basta con una enorme fuerza de voluntad, sino que es necesario perder la razón y adentrarse dentro de lo irrazonable, como hizo el inigualable Reinhold Messner, un auténtico mito viviente.

DAVID MATEO CANO

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