CUENTO DE LA LUZ OSCURA

Cocían tortas en el gran horno que era el cielo aquella tarde de principios de junio y retumbaban dentro de él. Las llamaradas de calor se alimentaban de un aire tan denso que parecían fuego. Tronaba. Nubes hinchadas, llenas de azúcar húmedo, daban sabor al ambiente. Todo el lugar estaba cargado de una sofocante claridad difusa y bañado de un gris inmóvil sentado en el tiempo. Amenazaba lluvia y respirar se hacía insoportable.

La pequeña Claudia caminaba junto a su padre con aire lánguido y despreocupado.

  • Papá, ¿puedo bajar a la «pistina» esta tarde?
  • Se dice piscina, pis–ci–na, ¿entendido?
  • Pero, ¿puedo bajar o no?
  • No, esta tarde no, que estás tomando sobres para la garganta y, además, va a haber tormenta.

Claudia, desde su enana estatura infantil de cinco años, elevó su vista y despachó al cielo en dos segundos. Acto seguido pareció meditar y, de pronto, echó a correr hacia donde estaba su madre, que caminaba unos metros por delante con Samuelito, ese larguirucho hermano mayor suyo. Alda pegó un respingo ante la acometida de su hija, quien apenas había podido frenar su loca carrera y quedó enganchada en los pliegues de la falda blanca de su madre.

  •  Una sonrisa se dibujó en el semblante tranquilo de Alda.
    Mamá –dijo Claudia mascullando más que hablando– ha dicho papá que va a haber tormenta, es un mentiroso, ¿cómo va a haber tormenta si las nubes no están negras?
  • No, no lo están aún, pero con el señor bochorno que hace ya verás cómo se cubre el cielo de nubes negras.
  • ¡Ah!, ya… el señor bochorno, el señor bochorno –repetía Claudia, no muy conforme.

Un relampagueo lejano dejó su brillo atrapado fugazmente en el rostro de la niña. Claudia, inquieta y temblona, apretujó su mano contra la de su madre, cálida y húmeda, y se interpuso entre ésta y Samuelito, estorbando el paso de ambos. Filipo los alcanzó enseguida y los cuatro juntos se acercaron ya al final de la gran avenida que dividía la colonia periférica. Era una calle interminable con un desnivel que acababa en una pronunciada cuesta. Ambos lados de la misma se hallaban sembrados de algunos árboles pequeños y tiernos que acompañaban la memoria de los niños en sus pasos cotidianos al colegio y eran zarandeados después por jóvenes ociosos, bebedores de litronas crucificadas contra el suelo. Bloques de pisos se encontraban apiñados unos contra otros en la gran avenida. Sus terrazas enfrentadas parecían dispuestas a la pelea, con sus toldos de colores a modo de casco protector. Detrás, calles pequeñas y deslucidas que mimaban y escondían con celosa desidia arbustos salvajes y famélicas azaleas de color fucsia y salmón, iban a morir al borde de la carretera nacional en cuyo otro extremo había otra colonia «casualmente» igual, pero con nombre distinto y más allá posiblemente otra más. En una de estas callecitas cortas y desnudas vivían Filipo, Alda y los niños, que reavivaron el paso ante la proximidad de la tormenta.

Repentinamente, de entre el millar de coches aparcados y sombríamente visibles en la espesura de hormigón que rodeaba el lugar, emergió un hombrecillo menudo de cara austera y derretido en sudor, que luchaba frenético contra la carrocería hermética de su coche, frotando ésta enérgicamente con una esponja, ardientemente húmeda, gracias a un cubo posado en el suelo con agua negra que salpicaba brevemente una rueda delantera. Hablaba consigo mismo.

Soberanas mierdas, inapetentes a cualquier visión humana, escombreaban los últimos tramos de acera y escoltaban a la familia en su regreso al hogar. Eran las huellas de los perros domésticos de la colonia. Talismanes de luz opaca descendían vertiginosamente desde las ventanas de los edificios más altos recreando sobre ellas un tímido fulgor.

Claudia se paró un momento, sujetó con sus manos la diadema azul que recogía sus bucles de color castaño y, separándose del grupo, se dirigió resueltamente hacia el borde interior de la ancha acera donde algo había llamado poderosamente su atención. Una resplandeciente y minúscula luz oscura refulgía entre briznas de hierba, cuyas puntas vencidas resaltaban su inusitado color. Tenues restos de ceniza blanquecina se alojaban en una parte de la superficie extremadamente lisa del objeto que la niña había descubierto. Claudia se sintió fascinada ante la proximidad del misterioso objeto. Dio varias vueltas a su alrededor. Instintivamente se agachó y lo acogió en su mano que casi lo cubrió por completo. La luz no desapareció, ella lo apretó fuertemente con el egoísmo infantil de poseer algo nuevo y se lo llevó a la espalda en un acto voluntario para esconderlo.

Salpicones de agua refrescaron ligeramente las piernas de la niña. Samuelito, el más rápido de su clase, se aproximó velozmente a su hermana y, levantándola en vilo, la apartó de allí llevando consigo dos molinillos de viento miméticamente pegados en su blusa amarilla. Inmediatamente, un chorro de agua encharcó las pequeñas huellas que Claudia había dejado. El funcionario de jardines públicos encendió un cigarrillo mientras su devota manguera colgaba inerte del antebrazo. No había visto nada que no fueran las implacables gotas de sudor que, resbalando por su frente, caían limpiamente en su mono verde, perfumándolo de soledad transparente. Hilos de agua escapaban en líneas irregulares hacia las calvas de tierra y arena en su eterna batalla, reducida aquí a su más mínima expresión: pálidos ocres agrietados y desérticos contra verdes naturales.

  • ¿Qué llevas ahí, nena?, ¿qué te has encontrado? – gritó Samuelito con la voz apagada por el vocerío ensordecedor de un grupo de niños vestidos con camisetas blancas que jugaban al balón camuflados entre sí por el polvo que levantaban sus pisadas en la tierra, que estornudaba sin cesar.
  • Si no tengo nada –dijo Claudia acariciando nerviosamente el objeto con su pulgar en la jaula de dedos que había formado en torno a él.

Dio un salto defensivo hacia atrás y volvió a repetir:

  • No tengo nada, mira, ¿lo ves? –dijo sacando una mano limpiamente extendida y parpadeando sin parar.
  • Bueno, si no me lo enseñas se lo diré a papá.
  • ¡No! –gritó Claudia batiendo el récord de velocidad en parpadeo– es un secreto –dijo modulando astutamente el tono infantil transformado de su vocecilla– en casa te lo enseño, ¿vale?
  • Vale, pero no me engañes, que te conozco, eres pequeña pero traicionera, malandrina.

El segundo piso de un bloque de viviendas con fachada de ladrillo rojo eterno, esperaba de forma callada y paciente para dar el abrazo familiar y diario de sus paredes íntimas. Atrás quedaba la carretera nacional, cuya llanura asfaltada pintada con líneas separadas, duras y blancas, se perdía al sur del horizonte derretida en un punto negro emparedado por una inmensa y tibia luz. Una mole de ruidos artificiales atronaba el lugar y quedaba confundida con el ritual de la tormenta que seguía amenazando. Era inútil hablar o intentar entenderse. La penumbra del oído permanecía insaciablemente alterada. Era un castigo urbano. En un paseo familiarmente tranquilo era utópico alimentarse de silencio. Sólo el sudor adquiría en estas fechas verdadera naturaleza de ser.

Un autobús inflamado de viajeros se convulsionaba en la parada cercana con un último estertor mitigado por los terribles alaridos que provocaban sus frenos. Una estela de humos y gases difuminaba en el ambiente las blusas, faldas y pantalones de los pacientes viajeros que, imperturbables, esperaban para subir, mezclándolos con un gris espeso y sucio. Toses variadas saludaban al autobús en su lenta despedida. El rostro de Filipo permanecía impasible. Sus ojos negros destilaban pensamientos profundamente arraigados en él.

«Estamos atrapados sin darnos cuenta por la depresión ambiental, como dicen los suecos», pensaba, abstraído de los demás. «Y esa agresividad pacífica que estalla como un latido animal… Estamos siendo devorados por el tiempo. Más alto, más rápido, más fuerte, mejor nivel, más consumo…».

  • ¿Qué demonios hacemos? –reflexionó en voz alta.

Alda y los niños se volvieron asustados hacia él. Claudia replicó:

  • ¡Yo no he hecho nada!

Filipo, sorprendido, cayó en la cuenta y se encogió de hombros con un gesto de resignación silbando absorto el tercer movimiento de la Tercera de Brahms, ahogando sus pensamientos y presionado por el brazo que su mujer había dejado planear alrededor de él.

La calle donde se ubicaba el portal estaba custodiada por varios cubos de basura rebosantes de desperdicios y bolsas negras atadas con el olor de cada casa.

Claudia gesticulaba observando las distintas opacidades grises fundidas con el espejo de la entrada.

  • Mira papá el arcoíris –dijo la niña haciendo ostensibles gestos con la cabeza y señalando con su dedo los reflejos.

Las paredes de azulejos blancos sumergían a la familia en una ducha imaginaria, tibia y oscura, a través del largo pasillo que había hasta el ascensor. Claudia tiró del brazo a Samuelito y los dos se retrasaron unos metros. Y allí, en la penumbra del pasillo, con el tono irradiado de los azulejos blancos, le mostró con verdadera reverencia la pequeña piedra negra en la que ahora apenas si se distinguía un punto de luz.

  • Nena, ¿qué es? –preguntó Samuelito con cierta desilusión en el rostro al ver que la piedra era, efectivamente, piedra.
  • Una piedra de tiza negra. María trajo una al cole, pero no tenía luz como ésta, ¿y sabes lo que hacía?, pintaba en el patio sin que la viera la seño. Ésta es mejor porque tiene poderes, mira cómo pinta.

Un trazo negro dejó su marca difusa en un azulejo.

  • ¡Hala! –exclamó Samuelito– te la vas a ganar –y los dos corrieron hacia el ascensor donde Alda y Filipo ya estaban esperando.

El interior del ascensor era pequeño y austero. Una luz débil y mortecina iluminaba a la familia como si fueran fantasmas de ilusión corporal.

  • Samuelito –susurró Claudia metiendo de lleno sus veinte kilos en la habitación de su hermano, que releía con intensidad su cómic favorito– ¿tú crees que esto “vola”?
  • “Vola” no, ¡vuela!. Pero ¿cómo va a volar?, ¡tú estás tonta!
  • No estoy tonta y “vola” y tiene poderes y escribe, porque también es tiza, lo que pasa es que a mí no me gusta que sea negra.

Samuelito, que se había desinteresado completamente, siguió leyendo distraídamente su cómic y apenas escuchaba la vocecilla de Claudia.

  • Yo también tengo poderes –seguía diciendo la niña– mira hago así con mis ojos –continuó mientras hacía varios guiños y fruncía el entrecejo– y domino la luz de la lámpara. ¡Mira!, mira cómo se estira la luz, ¿lo ves?, parece regaliz y la puedo convertir. Ahora todavía no porque soy pequeña… ¡Pero mira! –gritaba a su hermano tirándole del brazo.

Un millón de interrogantes encendidas con chispitas amarillas surgieron de la cabeza de Samuelito, revoloteando alrededor de él.

  • Veng!, idos cambiando que ya es hora de acostarse –anunció Filipo desde la puerta con voz blanda.
  • ¡Jobar!, todos los días lo mismo –murmuró Samuelito.
  • Todos los días no podemos ni jugar –corroboró Claudia disimulando la piedra negra debajo del vestidito de la muñeca que llevaba en brazos.

Los interruptores disolvieron la luz en la hora del primer sueño. La noche rezumaba oscuridad pegajosa, transmitida por el sofoco de la tormenta que seguía invariablemente encima de ellos. Claudia y Samuelito dormían ya. Sus energías habían quedado invisiblemente diseminadas por toda la habitación y las aventuras de los superhéroes sucedían ahora en lo más profundo de la mente.

Primero fueron unos pasos cortos y silenciosos, lo que despertó a Samuelito. Los oía venir, casi imperceptibles, desde la habitación de sus padres, atravesaban el salón, seguían por el pasillo, pasaban por su cuarto y cesaban súbitamente en el de su hermana. Ya cerraba los ojos y se volvía de lado para dormir, cuando le interrumpieron de nuevo. Esta vez, en cuanto notó que llegaban a su altura, abrió bien los ojos y esperó. Una silueta ínfima y conocida gimoteaba calladamente. Era Claudia.

  • Nena –siseó Samuelito– ¿qué haces levantada?, ¿qué pasa?

Claudia no le escuchaba, la oyó ir de nuevo sobre sus pasos hasta la habitación de sus padres y allí, de pronto, sólo silencio. Aguzó más el oído levantando la cabeza de la almohada y escuchó unos gemidos entrecortados y constantes que venían del mismo lugar donde los pasos se interrumpieron. Tras unos breves segundos se reanudaron precipitadamente. Samuelito ya se había sacudido el sueño completamente y esperaba en la puerta de su habitación.

  • Nena, ¿qué pasa?

Esta vez sí le oyó y hasta pareció reconocer su voz. Un pequeño escalofrío recorrió a la niña que se abalanzó temblandito hacia su hermano.

  • ¡La luz oscura!, ¡la luz oscura! –gritaba la niña abrazándose donde podía.
  • Pero ¿qué luz?, ¿cómo la luz oscura?
  • Sí, que me da mucho miedo –susurraba Claudia que no se separaba un hilito de él– ven y lo ves.
  • Y ¿por qué corrías por el pasillo?
  • Es que se lo iba a decir a papá, pero me va a regañar y además me estaba haciendo pis y la piedra negra tiene poderes, porque tiene luz y…
  • Bueno, vale, que me vas a marear.

Atravesaron pronto el pasillo y el gran salón impulsados por el miedo que sentían los dos. Flemas de aire caliente y bonachón que entraban por la terraza meciendo las cortinas, acompañaban su tránsito. Una vez llegados a la puerta de la habitación, se quedaron pasmaditos.

La luz brillaba con una extraña intensidad oscura. Sus bordes eran abrazados sigilosamente por un oso de peluche blanco que palmoteaba con los brazos extendidos en la sombra. Dos tenues manchas amarillas en sus ojos parecían cobrar vida inútil.

  • ¡Ostras! –se le escapó a Samuelito que miraba con ojos muy abiertos– no me extraña que tuvieras miedo. ¡Ostras! –volvió a repetir.

Una claridad repentina penetró en la habitación y una boca de lobo enorme se abrió mostrando como fauces carnosas el empapelado de la habitación. La pureza blanca del peluche quedó espectralmente iluminada por un relámpago.

  • Tate, tengo miedo –murmuró Claudia una vez más.
  • Calla y no te muevas tanto –replicó Samuelito agazapado en el quicio de la puerta.
  • Es que… Me estoy haciendo pis.
  • ¡Otra vez!, pero no me has dicho que… Bue… Vamos, venga.
  • Pero ven tú conmigo, que me da mucho miedo.

Afuera la tormenta gravitaba con todo su poder sobre la colonia. El viento de la noche silbaba y susurraba cosas al oído de los árboles que batían sus ramas en señal de asentimiento.

Dos siluetas apenas visibles se recortaban en la oscuridad del pasillo. Una de ellas, más alargada, se doblaba caprichosamente en el ángulo que formaba el techo, fusionándose amorosamente sobre la otra, diluidas las dos en cada rincón, apareciendo de nuevo como un jorobado eternamente fundido en la pared. Los muebles gruñían al paso de los niños, desvelando los sueños de madera que llevaban dentro.

  • Enciende –musitó Claudia dulcemente a la entrada del cuarto de baño.
  • No –siseó Samuelito– que se van a despertar papá y mamá.
  • Es que me da miedo –gimoteó falsamente Claudia un tanto contrariada–, enciende.
  • Bueno, venga, pero termina enseguida.
  • Sí, pero no te vayas.

Dos luces pequeñas sobresalían de las caperuzas plateadas que colgaban del armario de baño, expulsando pelitos de luz amarilla inflamados como globos expandidos que reflejaban con asombro en el espejo la imagen de la niña inclinada haciendo pis, sostenida con firmeza por la mano de Samuelito, que trababa de distraer su miedo.

  • Nena, ¿sabes cuánto pesa la cornamenta del alce? –y contestaba él mismo con voz presurosa–: 42 kilos.

Claudia le miró confiada a la vez que introducía su puñito cerrado en la mano grande de su hermano, y allí lo dejó anidando seguridad.

  • ¿Y sabes cómo ataca el pez arquero?, dispara un proyectil de agua, sobre todo a las mariposas y cuando caen, se las come.
  • María dice que las mariposas no se comen.
  • ¿Quién es María?
  • ¡Pues quién va a ser! –exclamó Claudia cargada de razón– María Bernal, la de mi cole. ¿Sabes lo que ha dicho?, una palabrota, ha dicho: «hostil».
  • ¿?
  • ¡Y lo ha dicho dos veces!
  • ¿?… ¿Hostil?, hostil no es una palabrota.
  • ¡No?, entonces, ¿hostil pincha?
  • ¡Qué va a pinchar!, pero bueno ¿acabas ya o qué?

El grifo de la bañera goteaba sin cesar palmoteando lentamente, plas, plas, plas, a través de las cortinas del baño. Una cucaracha que los niños no habían podido ver, pugnaba por salir por el bote sifónico. Transparencias de luz brillaban en su cuerpo reluciente y negro. Por fin desapareció con su carga de ilusión óptica. Desgarrando el papel higiénico, Samuelito ayudó a su hermana, que se limpió cuidadosamente, remetiéndole la camiseta de dormir en cuyo exterior ya no cabían más dibujos, mientras ella seguía hablando, ya sin temor.

  • Tate, ¿por qué no ha salido la luna hoy?
  • Porque hay tormenta.
  • ¡Ah!, y por eso se esconde.

De pronto la luz se desvaneció y sólo dos palitos rojos fueron consumiéndose poco a poco bajo la atenta mirada de los niños. Después nada. Claudia y Samuelito tenían miedo, no se movían y apenas respiraban para no estorbarse. Samuelito se acuclilló tanteando a ciegas el borde del rodapié con sus dedos huesudos y largos. Claudia se debatía entre el miedo a lo desconocido y la certeza de sentirse protegida, subida como estaba en la espalda de su hermano, al que iba babeando la oreja entre palabra y palabra.

  • No quiero dormir en mi cuarto –susurró Claudia impositivamente– tengo miedo de la luz.
  • Sí, ¡qué lista! –exclamó jadeante Samuelito–, no querrás dormir en mi espalda, ¿qué te piensas, que es un colchón? Y cállate ya, déjame pensar.
  • Es que voy a soñar y no quiero soñar, dile a papá que no quiero soñar con la luz.
  • Papá está dormido, déjale.
  • ¿Me dejas acostarme en tu cama? –suplicó la niña–. Así seguro que no sueño.
  • Bueno, pero no des vueltas y no te muevas.

Gritaban las plantas de la terraza ayudadas por el viento, o así se lo parecía a los niños, cuando la enredadera grande golpeaba con fuerza geranios, alelíes, begonias y pensamientos, liberada de su abrazo con la eterna barandilla. Un estampido enorme atronó el lugar dejando la atmósfera cargada de presagios.

Samuelito presionaba sus dedos con fuerza en el rodapié hasta hacerse daño. Desgranaban con sus manos la oscuridad de la noche y así fueron avanzando, pasito a pasito, hacia la cama.

Claudia sentía la espesa caricia nocturna recorrer sus párpados lentamente. Su hermano le hablaba y le hablaba y le contaba aventuras del cuerpo humano y de animales veloces y ella gruñía y gemía aún, pero ya no se movía. Su respiración acompasada aserraba el aire muerto de la habitación. El olor a lluvia y a tierra mojada se filtraba por la ventana y quedaba esparcido entre las sábanas blancas que guardaban sus pequeños cuerpos.

Samuelito no dormía aún. Tumbado boca arriba, su rostro mostraba una expresión vaga que subía hasta el techo, donde algún pensamiento quedaba débilmente iluminado por los relámpagos.

«Dice Jose –pensaba Samuelito tensando su cuerpo– que soy un lento porque tardo mucho en hacer las cosas y en contestar en clase. Y ya estoy harto, porque nadie corre más que yo. Nadie me gana.»

Ese par de ojos claros y profundos, que se salían de dentro y rozaban con el movimiento de sus pestañas las pecas amables de su cara, desarmaban la malicia de cualquiera. De carácter franco y solitario, no entendía las bromas de los demás. Sentía verdadera pasión por el cuerpo humano y le hechizaban sus defensas que para él eran armas naturales transplantadas de cualquier cómic. También amaba la Naturaleza y los animales con la pasión de sus diez años. Solía pasear con toda la familia casi a diario y, de acuerdo con todos, buscaba siempre los lugares donde aún crecía la hierba. Muchas veces su hermana en mitad del paseo (era imprevisible), con esa elasticidad tan infantil que tienen los cuerpos de los niños, se agachaba y cortaba con sus manos una florecilla común. Entonces Samuelito se encendía primero, gesticulaba con las manos, amenazaba con palabras y, finalmente, muy airado, se alejaba derramando bondad. Era inútil llamarle, ya no volvía hasta que entraban en el portal. Allí todavía seguía furioso, pero Claudia sabía muy sutilmente cómo hacerle olvidar. Se arrimaba a él toscamente y le decía con la voz encandilada:

  • Tate, ¿quieres que juguemos a los mutantes?, ¿a los robots?, ¿o al hombre nave?

Y entonces él accedía de buena gana muy deseoso de emular a sus héroes favoritos de los cómics. Pero después de un ratito, cuando el ya estaba en lo mejor de la aventura, ella se cansaba y decía que no, que ahora tocaba jugar al padre y a la hija y él, claro, que no. Discutían, chillaban, se pegaban, y Alda y Filipo venían desde la otra punta de la casa recogiendo nervios por el camino. Les calmaban, explicaban y regañaban y ellos empezaban de nuevo el juego muy hermanados.

A veces a Samuelito le entraban unas ganas locas de acariciar el medio ambiente, pero no sabía cómo. Entonces llevaba a su hermana Claudia hasta la ventana que da al jardín y miraba a través de ella todo lo que su vista alcanzaba como él lo imaginaba, con esos ojos suyos que se le salían de nobles. Pasaba su mano por el pelo de Claudia y le acariciaba los rizos lentamente metiendo los dedos entre sus bucles y allí se estaba pensando, hasta que ella le llamaba pesado y no sé qué, pero en cuanto él le ofrecía algo a cambio enseguida se hacía la interesada y le dejaba hacer otra vez.

Ahora tenía a su hermana allí acurrucada, con los pequeños pies de ella apoyados en su vientre, y él se sentía así más mayor.

La noche iba quedando envejecida por las horas, alterada en su más íntimo silencio. El viento bramaba con fuerza y la tormenta aullaba herida de lejanía. Tenebrosas gotas oscuras eran iluminadas en su rápido descenso a través de los cristales, convirtiéndose en su caída en líneas delgadas que desaparecían esfumándose en la tierra. Las peripecias nocturnas, aliadas con la tormenta, habían provocado que el sueño más profundo se desvaneciera y en su lugar se aposentara otro más ligero y visionario. Esporádicamente se dejaba oír algún trueno acompañado de relámpagos fugaces.

La lluvia cesó y un alba nítida y limpia asomaba su largo y extendido cuerpo preguntando a la noche si podía pasar. Un par de ojos, grandes como melones dormidos, se abrieron calando la tibia claridad de la habitación.

  • Tengo miedo de la luz oscura –susurró Claudia soñolienta.
  • Nena, no tengas miedo –contestó Samuelito, que despertaba en ese momento, con una voz resuelta, firme y profundamente ronca por la carraspera– ahora mismo voy a coger la piedra y lanzarla lejos para que no la vuelvas a ver más.
  • ¿Y no te va a pasar nada?
  • No, ya verás.
  • Es que tiene poderes.
  • ¿? ¿? ¿?

Un felino humano con cara de niño alto se plantó de un salto al lado del objeto negro asiéndolo firmemente con sus manos. De pronto se sintió arrastrado por una desconocida y misteriosa fuerza para él. Desconcertado, devolvió la piedra a la mesa, lleno de inquietud.

La piedra negra de luz oscura se transparentaba con la luz del amanecer traspasando las ventanas de la habitación. Samuelito, asustado, reculó sobre sus pasos sin dejar de mirarla, pero se rehizo rápidamente al chocar con su hermana que había venido siguiéndole y se quedó clavado donde estaba. Una mirada larga y recta fructificó en su rostro grave y decidido tras la primera impresión. Adelantó de nuevo su mano posándola con ternura sobre la piedra solitaria. Suavizó su respiración sin moverse. Una sensación agridulce de calor y bienestar recorrió su cuerpo y le dejó confuso, entonces, cuando vio a Claudia que le observaba todo el tiempo con la boca entreabierta y el asombro recogido en sus ojos desmesuradamente agrandados, supo lo que tenía que hacer y se dirigió decididamente a la terraza con el objeto en la mano.

La tormenta aún rebañaba con su escudilla negra algún pedazo de claridad. Una brisa ligera llamaba ahora la atención de geranios, begonias, alelíes, hortensias y pensamientos, cuyos pétalos derramaban las gotas de lluvia que humedecieron su sueño.

Había un sosiego extraño. Una paz cargada de malos augurios. Un gris gratificante bañaba la ciudad y latía invisible sobre la dormida colonia.

Samuelito se sentía solo y confundido, no sabía cómo actuar. El objeto se había hecho invencible en su cerebro. Un embudo de nervios se había formado en su interior aspirando vahos de miedo.

Claudia, que iba siguiendo el rastro de Samuelito con su peluche en la mano, observaba con temor las dudas de su hermano trasmitidas a ella misma.

El brillo omnipresente de la piedra envolvía el aire con reflejos que se desvanecían sobre la tierra mojada, de donde subía un murmullo de voces menudas teñidas con el aroma húmedo y tibiamente refrescante de la mañana. De repente todo quedó sumido en el más absoluto silencio. Durante unos segundos el tiempo no existió. Venas de esperanza verde se entrecruzaron con las líneas de la mano atravesando la piedra por su base y cosquilleándola con vida humana.

Brotó un suspiro de un alma infantil, se elevó en el aire y explotó.

Un resorte de afectividad impulsó a Claudia hasta Samuelito derribando a su hermano impetuosamente al suelo. Una descarga amarilla vestida de grana culebreó en el aire chocando violentamente con la piedra que, desprendida de la mano del niño, se disolvió antes de tocar el suelo.

Un extraño e indescriptible olor a muerte quebró el tiempo inmóvil. Claudia se desplomó hecha un ovillo sobre Samuelito que había quedado inconsciente.

Pasados lo que parecieron breves segundos, Samuelito se recuperó del primer aturdimiento, incorporó a su hermana a duras penas y la sentó sobre el suelo de terrazo enmascarado de negro. El aire aún estaba caliente. El rayo había dejado su aliento en el rostro ennegrecido de los niños.

  • Nena, ¿estás bien?
  • No encuentro mi peluche –gimoteó Claudia sin saber muy bien qué había pasado–. Esa culebra amarilla se lo ha llevado.

Pero el oso aparecería más tarde abrazado a la pata de una silla, con los ojos arrugados y la nariz despegada.

Samuelito levantó a Claudia del suelo de la terraza y la sostuvo en brazos. Y los dos, muy juntos y aturdidos, pasearon su mirada inmaculada por el paisaje urbano.

Las frágiles figurillas eran peligrosamente observadas por las grandes construcciones, cuyos miles de ojos en forma de ventanas espiaban vigilantes e inmóviles. Un esperpéntico y envenenado cómic natural, plagado de colores, planeaba encima de la colonia.

Sus páginas encubiertas restallaban como látigos imaginarios de humo dañando al pasarlas los ojos de los niños. Un cementerio de antenas niqueladas quedaban dispersas por los tejados como delgadas armaduras grises y brillantes de héroes invisibles. Bloques y edificios se contorsionaban blasfemando entre ellos. Los televisores, el enemigo común, acechaban ocultos dentro de los muebles el reposo familiar con sus cuerpos aún calientes de la noche pasada. El espectro de las parabólicas y las antenas de los radioaficionados trepando austeras por el cielo liviano, producían una angustia fantasmagórica.

Sauces, álamos y acacias con pan y quesillo, proferían un lamento único y profundo de la raíz a la copa, sesgando imágenes de fuego en su memoria vegetal. La hondonada artificial excavada recientemente para construir los cimientos de nuevos bloques, vertía el hedor de las entrañas removidas de la tierra. El blanco infinito del color impune de las estrellas se comía crudas la noche y el alba rescatando segundos eternos a la débil luz del amanecer. Era el momento olvidado de la delicada transmutación de la noche en día.

Los niños volvieron la espalda a la colonia, que empezaba a despertar, para enfilar cansadamente el camino del desayuno.

Alda y Filipo, que se habían levantado al oír el estruendo, parecían dos estatuas mudas por el asombro y el terror.

Hicieron lo imposible por tomar el desayuno dentro de la normalidad habitual, aunque había un silencio vivo, cómplice, en los dos niños que no pasaba desapercibido para los padres. Filipo leía el periódico y apuraba su café, pero algo no andaba bien en su cabeza. Un elemento extraño se había sumado cautelarmente a la mesa. Los niños no discutían, no se peleaban por las tostadas…

  • ¿Qué pasa aquí? –se preguntaba Filipo.

Buscó a Alda con la mirada, pero ella levantó los brazos en señal inequívoca de no comprender nada. Los dos miraban asombrados cómo Claudia y Samuelito tomaban su desayuno sin protestar, era un silencio roto por los sorbos de la leche con cacao y el pasar impreciso de las páginas del periódico.

  • ¿Qué pasa? –murmuró Claudia a su padre que la estaba mirando como un bobo adulto.
  • No, yo… es que… –contestó Filipo rebotado en su mirada–. ¿Qué hiciste ayer en el cole?, no me has dicho nada.

Claudia parpadeó muy despacio, abrió y cerró los ojos cargada de satisfacción y, con voz dulcemente baja, ralentizó sus palabras.

  • He aprendido a pintar un caballo cuadrado y también un gato de ocho patas.
  • ¿Y tú, Samuelito? –preguntó Alda.
  • .. No me acuerdo.

Una oleada de guiños descubrió Filipo entre los dos niños.

  • Vosotros tenéis un secreto ¿eh?, ¿a que sí?
  • Papá –susurró Claudia–, la luz oscura tiene poderes.
  • ¡Calla! –exclamó Samuelito dándole con el codo.
  • La luz, ¿qué luz oscura? Ya estáis con vuestros cuentos. Samuelito, te he dicho muchas veces que no le cuentes fantasías a tu hermana, que luego sueña.
  • Pues es la verdad –respondió él picado en su amor propio.

Filipo miró a su hijo y éste recibió su mirada sin apartar la suya.

«¡Dios mío!, ¡qué mayor está ya!», pensó.

  • Bueno hijo, te creo, de veras. Quiero que cuando vuelva del trabajo y estemos todos juntos me lo contéis.

Samuelito recogió la mesa del desayuno y retiró el periódico pasando las hojas distraídamente en busca de las tiras cómicas. De pronto se detuvo sobre algo que había llamado su atención. Una pequeña y escueta noticia que aparecía a pie de página:

«Desaparecida importante piedra del Museo de Ciencias Naturales.

La obsidiana, conocida también con el nombre de “Espejo de los Incas” por su espectacular brillo, es una piedra de origen volcánico de color negro, que posee un incalculable valor.

Se gratificará a quien sepa dar algún tipo de información que pueda conducir a su paradero».

Samuelito cerró el periódico con cuidado y se quedó pensativo durante un momento tan sólo, después murmuró muy bajito, como si temiera ser oído:

  • .. Si esta piedra… está en el cielo.

El sol terminó de engullir la luminosidad del amanecer y sus rayos amarillos acariciaron la tierra perfumándola de calor.

  • Mamá –susurró Samuelito llevando a la cocina la bandeja de los desayunos–, te voy a contar un cuento.
  • ¿Ah, sí?, ¿cuál?
  • El cuento de la luz oscura.

Por Felipe Iglesias Serrano

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