COSAS DE CINE

Cosas de cine. No pude resolver el caso dos semanas atrás, un problema burocrático mío, un despeñe anímico de mi amigo Pepe “Tarzán” y un hecho perturbador en la agenda de Anselmo “spaghetti”, nos impidió ir juntos al cine ese día.

Entonces mi hija Claudia me sugirió ir a ver la película y de mutuo acuerdo visual, decidimos ir ella y yo al cine en la matinal del domingo.

Debía andar listo, había visto a Joaquín ”el metrónomo” el sábado en un pis-pas y debía pasarle su bolsa de películas clásicas al “Olimpo” el mismo domingo antes de acudir al cine. Coleccionistas, ¡Ufff!

El “Olimpo de Perales” fue puntual, maldijo a Joaquín por el peso de la bolsa y yo respire aliviado por quitármela de encima. A las once y veinte llegue a casa. Claudia estaba preparada, hice un único comentario a Alda, el “Olimpo” está enamorado y partimos veloces escaleras abajo.

El trayecto hasta Legazpi fue monótono. Claudia llevaba los cascos puestos y no hablamos, pase el resto del viaje mirando al cielo. El tiempo se estaba encabritando, la luz parecía indecisa, había gruesas nubes blancas de tormenta y una luna insomne.

El Metro, tramos de escaleras, pasillos, más pasillos, pasos rapiditos y por fin el cine, un monstruo solitario entre tendidos eléctricos.

Anselmito “spaghetti” nos esperaba en la puerta. Si no fuera por sus ojos de inefable “trasto”, se diría que es un cuerpo más sin vida del paisaje hermético donde se ubica el faraónico edificio  de dieciséis salas de cine.

Le pregunté, ¿dónde?, sala 13, ahora voy a veros dijo él, avivando antiguos recuerdos en su voz.

Con el trágico suspense y la parafernalia que envuelve a este hombre, el “sheriff” Anselmo con su walkie a modo de pistolera, volteando su linterna con cierta habilidad asmática, nos visitó en la sala semioscura, prometiendo volver a vernos a la salida. Ahora tenía que dejar preparadas las proyecciones en todas las cabinas de las salas de las que era encargado. La ventana del proyector emitía un brillo cegador que refulgía y manchaba su figura al marcharse. Parecía un personaje de cómic a punto de disolverse. Claudia guardaba un agradable silencio, yo estaba cansado y convine conmigo mismo en reposar gratamente sobre el respaldo si la película era mala. La sala era pequeña, pero cómoda. Había un cogollito de personas en las filas centrales, varias más estaban dispersas, estiradas como sombras fugitivas a punto de saltar hacia la pantalla misteriosa. Nosotros nos sentamos en el esquinazo de la última fila, desde allí pudimos oír el clamor de varios truenos, que anunciaban tormenta en el exterior. Al final tuve que levantarme, porque se está convirtiendo ya en costumbre cerrar la puerta de la sala, una vez empezada la sesión. Parece que solo me molestara a mí la luz y el ruido de las palomitas que entra de fuera. De vuelta, me recosté en la butaca, abandonandome sobre el asiento, estire las piernas y me quedé quietecito dentro de un apacible sopor. Mis parpados asentían como pesadas losas, sobre el oscuro paisaje inmóvil, alterado solo por la sucesión de imágenes danzarinas y el galopar de palabras sobre la tela blanca. Dos horas después me desperté sobresaltado.

Terminada la proyección, nos esperaban más sorpresas. A una señal de Anselmo, la guapa Sara, peinada a lo “Verónica Lake” nos condujo, por varios recovecos y pasillos cortos, desiguales. Atravesamos a buen paso dos pasillos más, descendimos por una escalera con la moqueta de un rojo violento, que contrastaba con la belleza salinica de la muchacha. Unos segundos después con enorme seguridad y gran dominio de sí misma, nos depositó en la calle.

Anselmo vendrá en un momento- Gracias, le dije, pero no me oyó. Vimos como se encaminaba en dirección a las taquillas. Su imagen desaparecía de nuestra retina y con ella su particular manera de andar.

Mientras esperábamos, observe el cielo. El tropel de nubes blancas seguía encima de nosotros, habían variado sus formas, el viento racheado parecía retorcer sus blandos cuerpos, tirando de ellos simultáneamente. Caía una llovizna fina, tan ingrata y fea, como el suelo pavimentado. Anselmito, con su cara de actor secundario, apareció de repente, como siempre hace y nos llevó sigilosamente, tocándose el walkie, hasta su coche. Miraba de izquierda a derecha con recelo, como si esperara la pronta acometida de algún jefe suyo escondido tras alguna de las columnas del garaje. Pasamos por delante de Sara, que hacia el relevo en la taquilla. Anselmito abrió el maldito maletero y sacó un paquete de no menos de diez kilos. Para ti, me dijo y recordé la pesada bolsa de Joaquín. ¿Es este el precio de la amistad? ¿Estás loco?,- le contesté. El miércoles en Casablanca [1] me dijo él y añadió, acompañarme cinco minutillos que os voy a presentar a Alberto Cid, ¿te acuerdas?, ya te he hablado de él, es por si queréis venir al cine y no estoy yo. Al ver mi gesto de duda, puntualizó,- Alberto “el sobrino del Woody Allen” no, el otro Alberto, el que escribe guiones, el trekkie, esperar un momento que hablo con él y os le presento.

-¡Eh!…, pero… ¡vaya por Dios! La flojera emocional de mi amigo Anselmo que funciona a base de impulsos amistosos y convulsiones sentimentales, ya se había puesto en marcha sin yo saberlo. Era como una combinación del Gran Cañón del Colorado y las cuevas de Hércules.

Esperadme en el hall, ahora estoy con vosotros-dijo, y nos palmeamos amistosamente las paletillas.

Paseamos arriba y abajo durante unos pocos minutos hasta que, por fin, apareció Anselmo acompañado de su amigo y compañero de trabajo. Alberto andaba deprisa sin descomponer la figura. La delgadez de su cuerpo armonizaba con su estilizado rostro. Según se iba acercando noté mejor su cara huesuda, su manera de moverse. No lo dudé, veía a John Carradine apresurando el paso por orden de John Ford en cualquier rodaje. Nos saludamos sin hablarnos y simplemente se volatilizo dejando electrificado el aire.

Claudia y yo dimos media vuelta y comenzamos a andar casi sin despedirnos de Anselmo, que ya se marchaba a preparar las siguientes sesiones.

-Tengo que llamar a Pepe “Tarzán”, musite por el camino. Pepe era un hombre de pensamiento transparente, educado en una selva civilizada y aspecto de tabla de planchar, su rostro infantil, se asemejaba a toda la gama de tarzanes cuyas caras parecen esculpidas en cartón piedra. Su rasgo común con todos ellos, es que posee un primitivo e inquebrantable principio de fidelidad hacia todos sus amigos. El recuerdo de Pepe, me transporto en el tiempo al recuerdo del mejor grito de Tarzán que jamás he oído.

La primera vez que oí hablar de Tarzán fue un verano durante las clases de recuperación, en el colegio Nuestra Señora del Buen Consejo. El padre Eusebio, que además era el prefecto, por razones que ignoro, no acudió aquel día a dar clases de Historia.

Fue en esa hora tranquila de la siesta, entre el murmullo general del “¿qué pasará?”, cuando un musculoso y granulado muchacho moreno que se sentaba al lado de la ventana, ignorado por todos, articuló en su garganta un grito febril, mitológico, como pidiendo ayuda. Todos levantamos la cabeza sobresaltados, como animales olfateando el peligro pero él, sin dejarnos reposar, ya estaba lanzando el segundo gorjeo, más largo y sostenido.

Con el paso del tiempo comprendí, que lo que yo entonces definí como alarido crucial e instintivo, era en realidad, una sinfonía nacida en el corazón.

Nunca, con todo el cine de Tarzán que he visto, he encontrado a nadie que voceara mejor. Enrique lo hacía tan bien, con tal convencimiento y pasión, que pronto todos fuimos sus admiradores. Con esa energía salvaje que desprendían sus palabras vírgenes, torpes, lograba sumergirnos en toda clase de aventuras imaginarias, amenizando nuestros ratos de ocio.

En el intervalo entre clase y clase, abría la ventana y, con pulcra puntualidad, lanzaba varios gritos al patio vacío, se aporreaba el pecho y nos contaba quiénes eran para él los mejores tarzanes del cine. La vehemencia de sus frases, el ardoroso pleito que él mismo se marcaba para desentrañar al mejor, nos encandilaba de tal forma, que incluso muchos minutos después de que empezara la clase, seguíamos todos cabizbajos, mirando la superficie del pupitre como una selva inexplorada.

Enrique repitió curso y le fui perdiendo la pista hasta llegar a no saber nada de él, pero yo me aficioné, y mucho, a ese cine encantador e ingenuo, pura y simple aventura, que nunca vi mejor representado que por aquel chico de la cuarta fila de pupitres, al lado de la ventana.

Claudia, muda, siguió tras de mi muy serena, hasta que con dos pasitos de “tejo” se puso a mi altura para empezar nuevamente esa especie de juego de miradas cómplices, en las que nos mangoneábamos el paisaje, que no era nada del otro mundo. La carretera tendida hacia abajo se difuminaba hasta donde llegaba la vista. El terreno que pisábamos era blando y caminábamos rodeados por laderas de cemento, llenas de rastrojos y hierba muerta. Todo era desmayado y gélido. Marchabamos tranquilamente, cuando de pronto nos sobrepasó una muchacha de no más de quince años. Usaba uno de esos auriculares de colores que tan de moda están ahora y al andar flexionaba las piernas, arqueándolas, hasta límites imposibles de reconciliación. Todo su cuerpo zozobraba en un mar de carne prieta sin caerse. Yo me quede mirando y dije, -Madre mía, qué chulería. Claudia me miró extrañada, la miró a ella y se volvió para decirme con mucha seguridad,-No papa, eso no es chulería, eso es tontería.

¡Ay!, si yo hubiera sabido lo que esos seres de otra realidad llamados destino y casualidad, aliados con mi hija, me preparaban, espontáneamente, ¡claro!, para el día siguiente.

Claudia había intentado durante todo el día quedar con alguien, encontrar un plan. Noa y la Feria del Libro eran su último asidero. A las once de la noche cuando desde la cama oí el clic del teléfono al colgar. comprendí que algo gordo me preparaba.

Alda dormía abrazada a un Asterix y yo todavía tenía un ojo a medio cerrar. Un cohete humano en aceleración entró en el cuarto y se apostó junto a la mesilla de noche buscando el objetivo sin dejar de moverse.

-Papá ya puedes buscar una película en la cartelera para mañana, no tengo a nadie, ni planes. El estallido de palabras resonó en mi oído al mismo tiempo que mi medio ojo abierto hacia ¡blof! Debí rumiar una especie de contestación, pues no volví a sentir ruido alguno. Frases sueltas se habían incrustado en mi cerebro y no dejaba de darle vueltas en las profundidades del sueño.

Al día siguiente desperté con la sensación de que algo extraño había ocurrido por la noche. No estuve seguro hasta un poco antes del mediodía. La voz de mi hija, recién levantada, me recordó autoritariamente nuestra cita. El autómata que hay en mi zarandeo las páginas del periódico hasta llegar a la cartelera. Tras un tira y afloja dialéctico, concertamos antidemocráticamente la peli que queríamos ver.

Una pizca más y el termómetro callejero señalaría pronto los 42º. Faltaba poco más de media hora para el comienzo de la película y yo continuaba observando la temperatura embobado. Pensaba en un desierto sin cactus, lleno de rocas grises. No había mucha gente en la cola de las taquillas, ríos de sudor corrían a nuestro alrededor. La calle seguía levantada por las obras y un sol asesino reflejaba su odio veraniego en el polvillo blanco de los adoquines. Mi consuelo era pensar en Pepe “Tarzán”, que pasaba sus vacaciones en Almería, visitando los poblados donde antiguamente se rodaban los “spaghetti western”, seguramente con temperaturas no inferiores a 50º. Mísero alivio. A punto de deshidratarnos, conseguimos sacar fuerzas de flaqueza para comprar la entrada y abrazándonos entre nosotros y prestándonos ayuda unos a otros, conseguimos llegar hasta la puerta de entrada. Según pasábamos nos íbamos abrazando al portero que nos ayudaba a subir un pequeño tramo de escaleras, nos sentábamos en los bancos del vestíbulo, frente al bar, a la espera de que el aire acondicionado nos fuera reanimando. Un ratito y tres botellitas de agua después, nos diseminamos en silencio por todas las salas del edificio.

Antes de entrar en la sala oscura, todavía tuvimos tiempo de ver fugazmente a Anselmito. Hablamos sobre el grosor y las medidas de nuestros televisores, los “spaguettis”, las películas perdidas, las recuperadas. En un cruce rápido de palabras, vaciamos el cargador de la lengua.

Alberto libraba, el “rudo bajito”, Marty Feldman, que siempre saluda cortésmente enarcando una ceja y ”el hermano alto de Eli Wallach” estaban de vacaciones, en taquilla nos había despachado “la sobrina de Shelley Winters”, porque la mujer de Farley Granger en Extraños en un tren, Laura Elliot, (Strangers an a train, Hitchcock, 1951), también estaba de vacaciones, pero “el rubio” ha vuelto y nada más verme me ha presentado a José “el de las guías”, pero yo prefiero llamarle Charles Laughton, porque se le parece en lo regordete y feúcho. Está haciendo las suplencias de acomodador. Conoce al “gran LLopis”, dueño de Casablanca, y conoce también a Pepe “el mudo” socio de Llopis. Hablamos de tonterías, pero, ¡se estaba tan bien en el vestíbulo del cine, charlando con personas agradables sobre la gratitud y la belleza relacionado con todo lo que nos rodea. La muchacha de las palomitas nos oye desde su aburrido mostrador, participa en la conversación y se muestra interesada en los carteles. La película de su marido bombero es, Llamaradas (Backdraft,1991). Le he prometido el cartel si lo tienen en Casablanca. Para agradecerme el interés me asesora sobre las mejores patatas fritas. Un ratito deliciosamente intemporal de generosidad humana.

¡Dios mío!, ¡qué forma tan insulsa de empezar!, todo es tan normal, ni una gota de emoción que llevarte a los ojos, avanza la proyección y no pasa nada…

Muchas veces no importa la película, lo importante es ir al cine, sin prisas, parar unos segundos al olor de las palomitas, ver su forma de revolotear dentro las máquinas al hacerse, saludar con parsimonia a la muchacha que las sirve, sonreír con ella contando alguna anécdota banal, reírme abiertamente con la taquillera, mientras equivoco la sala al sacar la entrada, relajarme hundido en la butaca, observando la pantalla en blanco antes del comienzo, fijarte bien, tocar las paredes de moqueta roja con devoción. Pensar que todo es nuevo y sugerente cada  vez y oler la colonia barata con la que perfuman los pasillos. Luego esperar a que apaguen suavemente las luces. Y si voy con Alda, entonces, ladeo mi cuerpo en la butaca y me pongo a mirarla a ella. El rostro oscurecido de Alda en la tiniebla de la sala, me serena. Unas veces ríe, otras (en los tiroteos), coge mi mano sin apenas moverse, de vez en cuando fuerza una mueca y aguanta el pase de la película sin quejarse, mientras yo me sosiego absorto en su cara, iluminada a veces por los reflejos móviles de la pantalla.

No está mal, miente a la salida y yo la aprieto junto a mí como dándole las gracias mientras caminamos hacia la parada del bus con pasos perezosos.

La película ha acabado, Claudia, extrañamente absorta en sus pensamientos, suspira intranquila. Ninguna frase, ninguna palabra. Raro. No está pensando en hoy, ahora, sino en mañana y yo me echo a temblar. Comienzan las famosas rebajas.

-Sabes a quien le gustaría, le digo bajito a Claudia, -a Leonor, mi compañera de trabajo, tiene una risa fácil. Y seguimos caminando salpicados de pureza cinéfila.

Ya son casi las ocho de la tarde en mi reloj de muñeca barato. Tras muchos minutos de charla, y confraternización intercambiando fluidos amistosos, con Anselmito, Alberto, “el rubio”, el rudo bajito”, la chica de las palomitas y la taquillera, ha llegado la hora del adiós. Todos quedamos en vernos más adelante y una vez al mes para tertuliar en la tienda de Llopis, Casablanca.

Según nos íbamos alejando, la figura de Anselmo, que sale a despedirnos, iba quedando empequeñecida, por momentos se hacia invisible en la temprana noche nublada, pero enigmáticamente, a ambos lados de su cara borrosa, emergían dos fulgores rojizos, son sus orejas, que todavía irradiaban calor, después de estar todo el tiempo que dura la película colgado de los walkie talkies, resolviendo problemas de sonido, centrado de imagen, supliendo la ausencia momentánea de algún compañero, con una sombra de infelicidad en su boca, por no hacer lo que realmente le gustaría hacer: dedicarse a enseñar Historia.

El cielo estaba teñido de barro y el horizonte lanzaba destellos dorados que se desmigaban igual que el lomo de cualquier Biblia al abrirse. Sentía dentro de mí una fuerza nueva, un impulso desconocido, porque Claudia me acompañaba y a pesar de nuestros mutuos enfados y discusiones me comprendía, entendía mi lenguaje mudo a veces y ese dolor que me encabrita y que me sale tan de dentro que no se manejarlo bien. Malhumor rabioso, que ella dulcifica con palabras, con sus mil cosas que hace, que la hacen diferente.

De vuelta en el autobús no dejaba de pensar en todos mis amigos, auténticos “personajes”, pero sobre todo en Pepe “el mudo”, su expresión a lo Charles Bronson, nunca variaba, pero sus ojos, como panes morenos, invitaban a tomarle afecto enseguida. Era un sembrador de estrellas.

Fuera del autobús llovía, un cielo de nubes se revolvía contra el viento, llevaban mechas de color castaño. Alguien había abierto su ventanilla, porque el aire helado me ardía en la frente, notaba la cara encendida por los nervios del día siguiente: ¡Rebajas! y con mi hija Claudia. A saber qué nueva aventura me preparaba. Cosas de cine, me dije. Y solo oír esa palabra, me producía un éxtasis tan dulce que me penetraba hasta mi otra alma.

Felipe Iglesias Serrano

[1] Tienda de coleccionismo de cine, situada en la calle Bailén 47, Madrid

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