CHARLOT EN CASABLANCA

         Era un día lluvioso, el cielo tenía el color de una tiza blanca, algunas nubes parecían bombines negros, otras se desgajaban en multitud de finos bastoncillos, lejos, sobre el horizonte, se elevaban dos columnas de humo, semejantes al dibujo de un pantalón bombacho caminando contra el viento.

 

Intentaba yo entrar en Casablanca, la tienda de cine de mi amigo Llopis sin resbalarme en el suelo mojado, ni pisar los charcos de agua que crecían por todas partes, cuando me hice un lío con los pies y mi cabeza se puso a girar como una peonza mientras empujaba la puerta entreabierta. Entré tan de golpetón, que mi barbilla fue a chocar contra el mostrador de cristal, un póster de cine que se hallaba debajo, tembló y ya en pleno atontamiento, vi cómo circulaba sobre el techo una galaxia de estrellas. Llopis, ladeado en su silla detrás del mostrador, con las gafas a punto de precipitarse por la pendiente de su nariz, me miraba como un depredador que necesita contarle a su presa que ha visto una buena película. Sus ojos, otras veces inofensivos, brillaban como cuchillos de luz. Pepe “el mudo”, su socio, sentado a su lado, robotizaba sus propios ademanes ritualizándolos, ni siquiera prestaba atención a la intensa expresión de su amigo, siempre que le veía moverse, me recordaba a alguien conocido que había visto en la pantalla.

-He visto una película que me ha hecho llorar -me dijo Llopis, y en menos que canta un gallo ya me la había contado con pelos y señales y grandes aspavientos teatrales, que en él eran auténticos, volcaba su cuerpo, como un borracho de emoción, y me hablaba al oído de El chico, de Jackie Coogan, de Charlie Chaplin, Charlot o como quiera que se llame y lo hacía con tanta precisión, que no dejaba ningún rincón de la película ni de mi oído sin explorar.

-…Y no te la cuento ¡eh!, no te la cuento- musitaba con un finísimo estilo cómico, y a renglón seguido me contaba con otro chorreón de naturalidad la escena de cuando va y se encuentra al niño y lo quiere soltar en cualquier sitio y de cuando le está dando de comer con aquellos artilugios inventados por él y aquella en la que se lo van a llevar a un orfanato y huye con él, o aquella otra en la que el niño va rompiendo a pedradas las ventanas de las casas para que Charlot las arreglara después y así ganarse algunos centavos con los que poder comer, y si no esa tan divertida de cuando duermen en el albergue para pobres y él no tiene ni una moneda para pagarle la cama al niño.

Yo, mientras tanto, proseguía con mi atontamiento, las estrellas habían bajado del techo y ahora circulaban veloces alrededor de mi cabeza. Los ojos encendidos de Llopis seguían disparando a mis ojos y también a mi corazón. Las palabras de mi amigo iniciaban desde su boca su extraño baile y penetraban en mi interior con suave musicalidad encallando en mi ánimo, rejuveneciéndome.

Mientras le escuchaba, miraba a Pepe “el mudo”, cómo se levantaba por dos veces con ese ritmo articulado tan gracioso que tiene al andar, con sus pies marcando las diez y diez y su pasmosa facilidad para desplazarse, para guardar y sacar álbumes de programas de mano y revistas de cine con una mecanicidad asombrosa, incluso llegué a ver repetido un tic gigante en sus piernas que, al andar, impulsaba a los pies a dar patadas hacia atrás en el aire.

Todo esto hizo que me olvidara del golpe y cuando ya me sentí un poco mejor y viendo que se me hacía tarde, porque el tiempo aquí pasa volando, me despedí afectuosamente de ellos. Pepe masculló un adiós ininteligible, aunque entendí perfectamente su divertido gesto y desaparecí tras la puerta bajo la atenta y entrañable mirada de Llopis. Salí con la sensación de que yo también había visto ya la película y me emocionaba y me reía al recordar cada secuencia, ya casi quería al niño tanto como Chaplin y como Llopis.

Según iba caminando hacia el autobús envuelto en un ligero “sirimiri” que calaba hasta los huesos, bajo un cielo embadurnado, me iba fijando con sonrisa cómplice en cada carita de niño que se cruzaba en mi camino y en cada una de ellas asomaba la cara de El chico, y la de muchos otros niños que conozco, Vicente, Guzmán, Dani, Elena, Sergio, Belén, Itzíar, Lucas, Jesús, Samu, Fani, Laura, Carolina, Carmen, Sofía y Elmo.

Por Felipe Iglesias Serrano

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