CARTAS PARA UNA EXPOSICIÓN

CARTA A CAMILLE CLAUDEL

Querida María:

Me cuentas en tu carta que estás trabajando en tu nuevo proyecto sobre “MUJERES” y entre ellas Camille Claudel. Ahora, al releerla más reposadamente, saboreando los párrafos, he recordado una vieja historia que hace algunos años un amigo ya ausente me contó y pude comprobar por mí mismo.

Él era el dueño de una librería de viejo y, de vez en cuando, algún heredero de la biblioteca de un amante de los libros le ofrecía todo el lote por un precio fijo; en esos casos no catalogaba los libros con anterioridad. En una de estas contadas ocasiones, al revisar los libros para clasificarlos y ver si había algún ejemplar único o si merecía la pena restaurar alguno de ellos para venderlo después a mejor precio, apareció un pequeño lote que incluía libros de clásicos franceses, tratados de medicina y un legajo de papeles mezclados con informes médicos del Hospital de Montdevergues. Cuál no sería su sorpresa cuando entre todos los papelotes, se deslizó hasta el suelo un pequeño sobre color crema y bordes amarillentos que iba dirigido a la señorita Camille Claudel y cuyo remitente era indescifrable, porque alguna mancha de dudoso origen había borrado la tinta casi por completo. El sobre contenía una carta en francés manuscrita en letra bastante legible, aunque se podía observar que algunos párrafos se habían escrito de forma apresurada, como si por timidez el escribiente hubiera querido pasar rápidamente por encima de ellos. Yo apenas sabía seis palabras en ese idioma, pero mi amigo lo dominaba a la perfección y, viendo mi interés, me hizo una traducción escrita que, como estoy seguro de que te interesará, te transcribo íntegramente a continuación.

Mi querida Srta. Camille, después de muchas pesquisas y sinsabores, y gracias a algunos amigos bien situados, he conseguido saber su dirección, que, para mi sorpresa, se halla en un sanatorio alejado de toda civilización. No comprendo cómo una artista de su categoría esté recluida a la fuerza por su familia y no sabría decir si por algún tipo de influencia del Sr. Rodin, pues la envidia es muy mala y daña mucho a las personas. Y es que cada vez que visito una exposición o galería y veo las obras del Sr. Rodin, usted me perdonará por lo que voy a decir, veo su voz, sus manos, su arte en todas ellas, incluso en las obras de muchos otros artistas, discípulos o afines a él. Mirándolas puedo entender toda la información que he obtenido de sus vecinos en mis investigaciones; por ellos sé que fue usted sacada de su estudio del muelle Bourbon poco menos que a la fuerza por un par de energúmenos e introducida en un coche y llevada primero al sanatorio, o más bien casa de locos, de Ville-Evrard y más tarde trasladada al lugar donde le remito esta misiva. Y Srta. Camille, antes de que usted se canse de leer, por ignorancia mía o por aburrimiento suyo, y porque no debo dejar para la última línea lo que debía ya haberle dicho en la primera, quiero que sepa que soy un rendido admirador, adorador más bien, de usted y de su arte, y que amo todo lo que es usted con la desesperación con la que sólo pueden amar los que no esperan ser correspondidos. Yo era un joven estudiante de arte cuando supe de usted por primera vez; fue en una visita programada de mis clases de arte, nos llevaron al taller del Sr. Rodin; usted había subido a una especie de plataforma y estaba esculpiendo y dando forma a la que después sería una de sus más bellas esculturas, SAKUNTALA; yo no podía dejar de mirar embobado su trabajo y mis compañeros se reían de mí e intentaban convencerme para que les explicara qué había visto yo en aquella muchacha; ellos no veían lo mismo que yo, no veían aquella luz cegadora que irradiaba su persona, una luz que sólo el espíritu artista ve y que, por no sé qué hechizo mágico o qué caprichoso destino, pude ver yo transfigurándola en aquel taller, iluminando su pasión, su generosa entrega, su derroche de fantasía mientras creaba. Me quedé observando hipnotizado desde un rinconcito cómo barría con sus ojos, sus dedos y sus instrumentos la figura que estaba moldeando; sus brazos orquestaban movimientos de ballet y sus manos acunaban durante unos instantes mágicos la herramienta, que aparecía y desaparecía cambiada por otra en un instante apenas percibido fugazmente; sus ojos, en aparente reposo, escrutaban la obra relampagueando vivisimos y probaba con una minuciosidad extrema e incansable a hacer cosas imposibles sobre la figura; si Rodin le decía cualquier cosa, usted le miraba absorta y volvía a sumergirse en un baño de mediciones, recortes y lances de herramienta y seguía, seguía probando, cambiaba de sitio, subida a la escalera, en el aire mismo, levitando; manejaba con tanta maestría y soltura sus herramientas, el trazo perfecto, el encuadre visual de la pieza, que, en un determinado momento, aquel molde tosco al principio adquirió proporciones asombrosas dentro de mi retina.

           Desde ese mismo momento me enamoré como un loco de usted y de todo lo que representaba como mujer: decidida, valiente, directa, independiente, libre… Libre, bien caro se lo ha hecho pagar su familia en esta época en que vivimos, con la que no puedo estar más en desacuerdo, tan llena de convenciones y prejuicios, opresora del talento femenino, en la que los hombres mediocres pueden aprovecharse impunemente de la genialidad y del trabajo de una mujer.

           Perdone que me exprese con tanta franqueza Srta. Camille, pero ha de saber usted que aquel día pude darme cuenta de las miradas maliciosas, de pura envidia y de lascivia, que le lanzaba su maestro, el Sr. Rodin, que tanto daño le ha hecho y le sigue haciendo hoy porque, incluso encerrada como está, estoy seguro de ello, tiene miedo de que un día digan que fue usted mejor que él; y puede que ese miedo le haya envalentonado, como ocurre con muchos hombres cobardes, para quitarle sus pertenencias más queridas, porque ¿dónde están sus cuadernos, sus bocetos y todo lo que usted poseía en su pequeño taller del muelle Bourbon?

           Nunca he comprendido la ferocidad de su familia, sobre todo de su madre y de su hermano Paul, responsables de su injusto internamiento, creo que sólo su pobre padre, ya muerto, comprendió realmente su vida, la vida de una creadora que vive y es maravillosa.

           Perdone que no pueda impedirme a mí mismo derramar alguna lágrima, aunque hago todo lo posible por no manchar el papel de esta carta que tanto deseo hacer llegar a sus manos con el propósito de que le procure algún bien, porque tener a una persona de su talla y lucidez encerrada entre locos, seguramente en condiciones deplorables, privada de libertad y de la libertad de crear, me parece de una gran mezquindad. Quisiera que al menos esta pequeña misiva de un joven y rendido admirador suyo, apasionado y enamorado de su obra, que ha terminado ya su carrera de Arte, le aportara una pequeña esperanza.

           Srta. Camille voy a poner todo mi empeño en obtener permiso para ir a visitarla y proporcionarle un poco de alegría, si su familia da su consentimiento y usted tuviera a bien recibirme. Y seré, quiero ser, más atrevido aún, voy a solicitar cuidar de usted; tengo una humilde casita en el campo, a las afueras de París, donde podría usted gozar de total libertad para trabajar o descansar, según le convenga; removeré cielo y tierra, hablaré con su madre y con su hermano Paul, les daré toda clase de garantías de que estará usted magníficamente atendida, sin temor de ninguna clase y de que será visitada por el médico que ellos mismos elijan.

           ¡Dios mío, Srta. Camille!, si mi ansiado deseo de ir a verla fuera un hecho realizable, no sé si podría controlarme, pero no se asuste que nada malo pienso en relación a usted. Sólo en un roce involuntario, como en un descuido, me gustaría cogerle la mano y nunca, nunca soltarla ya; no dejaría su mano libre ni para comer ni para dormir ni tampoco para repasar los libros; en invierno le daría calor y en verano la ahuecaría sin soltarla para que no transpirase y pudiera tomar aire, y así siempre, siempre, siempre, esa mano sería parte suya y parte mía y estaría siempre conmigo; y cuando estuviera seguro de que usted no querría soltarla, plantaría en ella mi corazón, su mano pasaría a ser parte de mi pálpito y mi sangre la recorrería besándola toda, su piel áspera, sus dedos, sin prisas, despacio, el tiempo detenido pidiendo silencio; y de su mano mi sangre iría hasta su oído para susurrar dulcemente algo bello, sin el nervio destructor que reclama el talento del artista, con la voz espigada y desmigada, anhelante del arte que antaño usted creaba; y usted asentiría con los ojos y mi sangre subiría hasta sus labios, con su sabor a tierra húmeda, a arena de mar, a zarza seca, a pan recién horneado en el corazón, sangre que no desea, sangre que se derrama y que se entrega.

           Quiero decirle que quiero sentir esto sólo si usted consiente y lo desea, y nada me agradaría más en este mundo que usted me retuviera y no me dejara marchar, que pudiéramos escapar juntos sin movernos; dormir tras aquel seto del patio del sanatorio, ahí mismo, sin tocarnos, o al otro lado del muro sin querer saber lo que hay tras él, y ver el amanecer juntos, ateridos, aturdidos, pero juntos, mi corazón rojo bombeando mi sangre con su sangre.

           Le diría todo eso y más, porque Srta. Camille, usted no está loca, el loco soy yo…

Y hasta aquí, querida María, la traducción de esta insólita carta. Al final de sus últimas palabras, en la parte inferior, en blanco, se ven pequeñas huellas, ya amarillentas, que, puestos a soñar, bien pudieran ser lágrimas. Lo que no hay forma de saber es si esta carta llegó a ser entregada a su destinataria, la maravillosa escultora Camille Claudel.

Esperando que esta historia haya podido servirte de alguna pequeña ayuda, se despide de ti con un beso, Felipe Iglesias Serrano.

·NOTAS SOBRE CAMILLE CLAUDEL Y SU ÉPOCA·

Cuando Camille llegó a  París en 1881, las mujeres tenían prohibido estudiar en la Academia de Bellas Artes, no fueron admitidas en los talleres hasta 1900 y hasta 1903 no se les permitió participar en el Premio de Roma, fundamental para desarrollar una carrera creativa.

“Tras apoderarse de mi obra realizada a lo largo de toda mi vida, me obligan a cumplir los años de prisión que tanto merecían ellos…” Estas palabras fueron escritas por Camille Claudel al cumplirse el séptimo año de lo que ella misma calificaba como “penitencia”, su internamiento en un manicomio.

Lo que desconocía entonces es que el final de sus días, 23 años después, la encontraría en el mismo lugar, el sanatorio mental de Montdevergues, y del mismo modo, encerrada.

Se me reprocha, ¡oh crimen espantoso!, haber vivido sola, escribe Camille en 1917.

Por Felipe Iglesias Serrano

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