CALEIDOSCOPIO 

Encontrarse es renacer, abrazarse y contar…  Despedirse es recordar. 
A Irene Calvo y Gabriel Moreno por su generosa amistad

Las chicas del almacén dicen que soy un poco “novelero”, yo pienso que a veces me dejo llevar por mi imaginación. 

Aparto la sábana dejando desparramada en ella la noche. Abro la ventana y manoseo la reja blanca llena de polvillo contaminante. Aún se ven trocitos de cielo, tersos como la piel de un caballo negro, y dos o tres estrellas. Un cogollo de nubes blancas escolta a una luna hinchada todavía brillante, está tan atractiva y yo me siento tan solo que me dan ganas de tender la mano para acariciarla. Alguien trastea en la cocina de la casa vecina, puedo oírlo desde la salita mientras preparo mi cuaderno de notas, mis lápices, la cartera y la gorra. El desayuno, café frío, zumo de naranja y dos rebanadas de pan seco, me cae como una bendición. 

El autobús para a la vuelta de la esquina, pero, como llega ya medio lleno y no puedo elegir asiento, me he acostumbrado a andar hasta la primera parada. Su cara morena asoma con puntualidad espartana por una de las callejas de San Nicolás, atraviesa el antiguo puesto de melones y se coloca junto a mí con un estremecimiento para esperar el autobús. Siempre ocupa el mismo sitio, asiento de pasillo. Yo me siento a su lado con toda naturalidad, como si estuviera esperándome, y hacemos el recorrido juntos. Está graciosa con su bolsa de deportes como las que suelen usar las limpiadoras. Tal vez no sea de Marruecos, no, parece argelina o afgana, sí, decididamente creo que es afgana. Por su manera huidiza de moverse, pienso que vino de su país indocumentada. No debe de tener más de 25 años, sin embargo, yo la observo por el rabillo del ojo simulando que miro descuidadamente por la ventanilla y veo fluir en sus ojos abisales rescoldos de un sufrimiento pasado que hacen que parezca mayor. 

Debería hablarle, decirle aunque sea un ¡hola!, llevamos sentándonos juntos mucho tiempo. Figuraos, yo con una limpiadora indocumentada afgana. ¡Si no sé ni su nombre!, Zoraida, Zulema, Rachita… Podría invitarla a salir, a tomar un café… No, primero le preguntaré a qué hora acaba y luego ya veremos. Mis compañeras dicen que estas son fáciles, porque están muy solas. A mí me gusta, tiene un aire honesto de misterio y ese pulcro silencio que mantiene en los viajes… Las otras limpiadoras que montan en el autobús se conocen bien entre ellas y hablan a gritos, gesticulando mucho, de lo malos que son los encargados, de que siempre hacen ellas más de lo que les corresponde, de que las otras limpian mal… Rachita no habla, va siempre mirando por la ventana como si intentara desentrañar la noche, reconocer el sitio de donde vino entre la maraña de edificios oscuros que vamos dejando atrás rápidamente. 

Ya estamos atravesando el puente de Legazpi, a esta hora no hay patos, las aguas tranquilas destellan surcos brillantes, las ráfagas de luz de los coches que surcan la M-30, se estrellan contra el río. Yo me levanto primero y ella salta como un resorte detrás de mí. Caminamos en paralelo hacia la plaza sin hablar, y sin hablar y sin mirarnos ella desciende por las escaleras del metro y yo imagino que nos decimos adiós. Mientras espero el otro autobús, pienso en lo atractiva que estaba con su ropa blanca. Otro día que se me ha escapado, pero de mañana no pasa que le diga algo. Quiero saber más de ella y de esa ínfima porción de país que veo por sus ojos. Rachita… 

Legazpi es un clamor a las 6 de la mañana. Autobuses de todos los colores vomitan gente que va y viene sin parar como si de una noria humana se tratara. Faltan unos pocos minutos para la llegada del 8, que me llevará hasta la fábrica. No me gusta esperar en la parada, está muy descubierta, casi en el centro de la plaza, y me produce agorafobia. Yo prefiero el rinconcito del portal que da a la boca de metro cuando no está ocupado por la cama imposible, improvisada con cajas de cartón, de algún mendigo. 

Hoy me ha sucedido algo singular, uno de esos momentos mágicos que te pasan alguna vez en la vida. Sólo son diez segundos, pero ya no podré vivir sin ellos. 

Conocía Polonia por las películas de Andrezj Wajda. Muchas tardes al salir de la fábrica, me compraba un bocadillo y me iba para la “Filmo”, a ver cine del Este, ciclos en versión original subtitulada y a pelo. Sentía una gran simpatía por el cine polaco. Sus actores y actrices tienen un aire germanófilo, el rostro noble y los ojos limpios. 

La polaca ha surgido desde la oscuridad del Paseo de las Acacias, ha atravesado la gasolinera y ha cruzado por el semáforo para ir rodeando la plaza hasta llegar a la parada del 45, también a oscuras. Yo me he dirigido al rinconcillo del portal con el periódico recién comprado y, repentinamente, ha aparecido ella con todo el cine polaco esculpido en la cara. Alta, tez blanquísima mal disimulada por la noche y por las luces de la plaza, ojos verdes, pelo rubio corto, revuelto, cuerpo algo desordenado, debido quizás a su elevada estatura. Llevaba una cartera de colegio en la mano. En ese brevísimo intervalo hemos cruzado nuestras miradas sin que ella interrumpiera su camino. La he seguido con los ojos hasta su parada tratando de hacer transparente su figura entre la fina película negra de la noche que nos separaba. 

Se ha infiltrado tanto en mi retina, que Rachita ha pasado a ocupar un segundo plano. 

 

Desde mi encuentro con la polaca, trato de llegar antes a la plaza y situarme mejor en el portal, ver desde dónde viene para alargar la duración de la instantánea. Las mañanas se calcan, los ojos de Lucyzna penetran limpiamente en los míos y luego, según se va alejando, repasan el infinito. Estoy tentado de decirle algo, no sé, cualquier tontería. Pero me digo “no seas memo, ¿qué vas a decirle tú?, meterás el cuezo como haces siempre, tú no sabes hablar a las mujeres, ¡anda!, confórmate con mirarla”. Cuando monto en el segundo autobús, me reconforta pensar en esa ilusión fantasmal de carne y hueso. ¡Cómo deseo que llegue otro amanecer para vivir ese relámpago visual! Ya la amo sin conocerla y a cada momento me digo que al día siguiente le diré unas palabras. 

Al levantarme escudriño mi cara en el espejo, tratando de encontrar alguna turbulencia dentro de mi alma para entender. ¿Es que no me quiere? Tal vez mis ojos le delatan la preocupación que me atenaza. He tenido una idea, que me evitará tener que exponer mi voz, al tartamudeo del azoramiento, le escribiré una nota, algo que pueda ponerle en la mano, así no se sentirá violenta y tendrá más tiempo para pensarlo y darme una respuesta. Me siento mucho mejor y crece un moderado alborozo en mi interior que hace incluso que me parezca más ameno el trabajo en la fábrica. 

Pensando en ella el cuerpo me arde y en mi cabeza se dibujan las frases con tanta claridad que me parece del todo imposible que me rechace, pero trasladarlas al papel no resulta tan sencillo, lo que escribo me parece hortera y cursi. Lo intento una vez y otra, pero no consigo atinar con el texto, no sé cómo ni dónde colocar las palabras, que se agolpan sin remedio y mueren sin posibilidad de ser plasmadas en el papel. Me siento torpe para encontrar unas frases que estén a la altura del pedestal en que yo tengo a Lucyzna junto a las ”pelis” de Wajda, nada de lo que escribo me satisface, es como si su sola presencia en mi pensamiento oscureciera todo lo demás dejándome incapaz de garabatear nada y ya ni siquiera las ideas acuden a mí. Por fin, antes de salir para la fábrica, la llamita de un candil se enciende en mi cerebro. Rápidamente me pongo a escribir con lo primero que encuentro a mano. Básicamente, le cuento en unas pocas líneas lo mucho que me gusta el cine polaco y le menciono una de mis películas favoritas, “El manuscrito encontrado en Zaragoza”. Por último le pregunto si su nombre es Lucyzna (no sé por qué razón lo tengo metido en la cabeza). Al releer la misiva observo que no le pregunto si podríamos vernos, tomar un café, charlar, jugar a los chinos polacos, tomar unas bravas… Escribo una posdata en este sentido, doblo el papel y lo guardo en mi bolsa de colgar al lado del libro y de las llaves de la fábrica. 

Espero adrede a que pase mi autobús, para coger el siguiente, no quiero encontrarme con Rachita. Estoy contento, he tomado una decisión, porque si las miradas de Lucyzna no me engañan, en sus ojos hay un refugio para mí. 

 

Lucyzna no vino ese día, ni los siguientes. He llegado a desesperarme en la oscuridad de mi rinconcito. La nota se ha hecho vieja de tanto manosearla, me quema en las manos. Dejo pasar autobuses con la vana esperanza de que haya cambiado de horario o de ruta. Varios días he llegado tarde al trabajo y las muchachas del taller han tenido que esperar inquietas a que abra la puerta de la fábrica, me han preguntado si me pasaba algo, a lo que yo he respondido con “noes” evasivos. Una de ellas me ha hecho ver, sin ánimo de molestarme, mi barba de varios días, me ha rogado que me mire al espejo y me ha dicho que mis ojos parecen dos granos de arena. Todo ello me causa extrañeza. No sé bien qué me quieren decir, porque yo no noto nada de particular en mi persona, como no sea un ansia muy grande que me sube acelerada del estómago a la boca, dejándomela seca. Les he agradecido el detalle de interesarse por mí, y no han vuelto a molestarme, aunque he notado que sigo siendo observado. 

El tiempo pasa y yo he seguido evitando a Rachita mientras mantengo la esperanza de volver a ver a Lucyzna. De todas formas, ya he roto la nota. Me conformaría solo con verla una vez más esos diez segundos que llenaban días enteros, rezo por ese momento. Hasta he sacado un abono para la Filmoteca, dan un ciclo de cine polaco que me estoy tragando con la nimia esperanza de verla aparecer por allí, pero no tengo suerte.  

Una mañana, transcurrida una semana desde su desaparición, crucé el semáforo y me aposté en la gasolinera, allí esperé durante un buen rato el vómito viajero de los autobuses periféricos inútilmente. Lucyzna, por su altura es fácil de reconocer, pero por más que miré, no la distinguí entre la gente que se agolpaba para cruzar. 

Otro día, con un puntito de locura más, me aventuré por el Paseo de las Acacias con la débil esperanza de volverla a ver. Yo ya estaba decidido a hablar con ella si esto ocurría, le hablaría de su país, de Wajda o de Kieslowski, emplearía un tono cálido, conciliador, para no asustarla. Con estos pensamientos triturándome la sesera, había llegado sin darme cuenta al parque de la Arganzuela, donde tantas veces había soñado llevarla después de escaparnos del trabajo para pasear junto al estanque sin mirarnos, unas veces en silencio, otras veces hablándonos en voz baja. Ella me hablaría de su país, de su familia, yo le contaría los sueños de las muchachas de la fábrica. La sirena de una ambulancia con sus luces emergiendo de la oscuridad, me despertaron. Di media vuelta y, volviendo hacia la plaza, comencé a preguntarme si no le habría ocurrido algo. Quizás no quería verme, pero, ¿qué mal había en mirarnos? Si no quería comprometerse, siempre podíamos volver a las miradas. Tan solo pedía esa pequeñez de tiempo. “¡Por favor Lucyzna, aparece!”. Pasé un buen rato rogando en voz alta para que así fuera. Antes de llegar a la gasolinera me acurruqué en la entrada de un hostal y lloré compulsivamente, entonces noté mis pómulos muy pronunciados, me di cuenta de que había adelgazado y de que las muchachas del taller tenían razón al alertarme sobre mi salud. Descubrí mi precariedad física y me sentí sin fuerzas, me enjugué las lágrimas, aunque no el desamparo, y regresé a la plaza, subí en uno de los últimos autobuses y me reincorporé al trabajo mecánicamente. Los días siguientes las chicas del empaquetado me traían té y pastas en la hora del almuerzo, me ayudaron mucho anímicamente.  

Pase lo que pase, aquí no se acaba el mundo hombre, ¡esos ojos!, ¡más chispa! y esas carnes más volumen. ¡Ay! qué flacucho estás, debes comer más -me decían pellizcándome entre risas. 

Han ido pasando los días y yo he ido aceptando mi nueva situación y haciéndome a la idea de que el día tiene diez segundos menos. Desde mi puesto de observación siento mis ojos flotando en un huracán de emociones, pero la plaza sigue vacía para mí. No ver ya a Lucyzna parece irreversible. Tengo tanto miedo y me siento tan indefenso, que no he vuelto a montar en el mismo autobús que Rachita, pues, aunque es verdad que siento una profunda atracción por sus ojos afganos y sigo queriendo protegerla contra la soledad de encontrarse en un país extraño, estoy hecho un lío, la desaparición de Lucyzna me ha confundido y ya no sé si lo que me atraía de Rachita era verdadero amor o su condición de extranjera. 

 

Tres semanas ya, y no he olvidado a Rachita y menos aún a Lucyzna, aunque la vida diaria ha devuelto mi rutina a su cauce. Poco a poco he ido recomponiendo mi apariencia, ya no tengo un aspecto tan romántico, ni arden mis ojos, tampoco mi delgadez parece que vaya a convertirse en ceniza. Empiezo a sentirme lo bastante fuerte como para cometer nuevas torpezas. 

Por lo pronto, he cambiado de parada y me voy habituando a mis nuevos compañeros. Todavía, algunas veces, veo alejarse el autobús en el que irá Rachita, entonces miro hacia otro lado y dudo de mi fortaleza, a la que tanto invoco en la soledad de mi casa, el corazón me palpita como un volcán y mi cuerpo tiembla como la tierra al abrirse. Me estoy engañando, está todo demasiado reciente y yo muy tierno, y, como dijo alguien que no recuerdo, el amor no correspondido es el que no se olvida jamás. Ahora llego prontísimo a la parada, me siento, abro un libro y me pongo a leer, otras veces miro al cielo, contemplo la Luna, Venus o Júpiter. Pasados unos minutos aparecen mis nuevos compañeros, una mujer morena de mediana edad, que anda con paso vivo, comiéndose una fruta y fumando; una sesentona y su compañera de trabajo, la más joven habla de que siempre se le hace tarde por culpa del autobús, en cambio la otra nunca parece tener prisa; una veinteañera sale de uno de los portales cercanos, remolonea frente a la parada y espera fuera de la marquesina. Todos los días participo en este ritual. 

 

Después de varios meses, sigo sin saber nada de Lucyzna y evito ver a Rachita. Un día caí en la cuenta de que alguien más se había sumado al grupito de espera en la parada. Una mujer de unos treinta años, de constitución delgada y apariencia frágil, morena, con ojos polinesios, pelo rizado tapándole las orejas y nariz respingona venía andando desde uno de los portales que hay junto a la cercana chimenea de la calefacción. He dejado de sentarme en el banco y he empezado a quedarme de pie en un extremo de la marquesina por donde sé que viene ella para observar el paso tranquilo de su diminuta figura. Su grata visión disipa mi melancolía. 

Ya el primer día que reparé en su presencia, nos miramos intensamente. Me resistí a apartar la vista porque ella tampoco lo hacía, exploraba mis ojos con sus ojos inquisidores como si no le importara el resto de mi encorvado cuerpo. La llegada del autobús nos separó momentáneamente, pero, al sentarnos, ella de espaldas al conductor y yo en el primer asiento de las puertas del centro, continuamos mirándonos con más ahínco. Así transcurrió el viaje, unas veces nos mirábamos por el reflejo del cristal, otras directamente. El brillo de las luces acentuaba su palidez y daba la impresión de que algo o alguien la mantenía en vilo. Estaba realmente flacucha, quizá no comía o, tal vez, estaba muy enamorada. Yo, ¡maniático ilusionista!, empecé enseguida a sacar conclusiones, a implicarme sin darme cuenta. Los siguientes días, en la parada, al resguardo de la noche oscura, nos mirábamos abiertamente, sin disimulos, luego, en el autobús, aunque tratáramos de evitarlo, siempre encontrábamos un rebote, un travelling con el ojo para mirarnos, nos estudiábamos como en un juego, para ver quién apartaba antes los ojos. Siempre era yo.  

Mi natural timidez me impide siquiera hablarle o preguntarle, yo me bajo en la plaza de Legazpi y ella sigue su ruta por el Paseo de las Delicias. Marina ha devuelto la ilusión y la fuerza a mis sentimientos. Ya empiezo a hacer planes para las tardes, hablo solo y embalo mi ánimo hacia cotas más altas, mi corazón se infla como el globo de un niño y poco a poco voy recobrando la alegría natural y el optimismo anteriores a mis últimas calamidades sentimentales. Debo hablarle y decirle lo mucho que me gustan sus ojos polinesios, su frescura y su falta de azoramiento. Marina parece muy fuerte en su delgadez y yo necesito a alguien así a mi lado. 

El juego ha continuado hasta que esta mañana ella ha cambiado de sitio, se ha puesto junto a la ventana, en “mis asientos” de la puerta del centro, el que da al pasillo ha quedado libre, yo tenía que descifrar si aquello era una invitación. Después de pasar mi billete por la máquina he estado dudando, pero, finalmente, no me he atrevido a sentarme. 

Ahora me invaden oleadas de frustración y vergüenza. Trato de excusarme diciéndome que tengo muy reciente el recuerdo de Rachita y sobre todo el de Lucyzna. Además, ¿y si me equivoco?.   

Por Felipe Iglesias Serrano 

 

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