Solo para valientes

Barkley Marathons

El reto, la aventura, la superación y el misterio de lo desconocido son cosas que toda persona ha experimentado en mayor o menor medida, saliendo escaldado de las mismas o enganchándose hasta la médula. Esto es exactamente lo que pasa con la Barkley Marathons, una de las aventuras más extremas que se pueden experimentar hoy en día y con una serie de peculiaridades que la hacen única.

No sería exacto llamarla “carrera”, ya que no existe un ganador y no hay más premio que el orgullo de terminar. En sus más de treinta años de historia tan solo la han acabado un 1% de sus participantes. Si analizamos los datos de la prueba, asustan por sí mismos: son 100 millas a recorrer en 60 horas; hasta ahí no parece nada inaccesible para alguien que se prepare, el problema es que tiene un desnivel acumulado de 30.000 metros repartidos en cinco vueltas de 20 millas cada una, de las cuales dos se dan en sentido horario, dos en sentido antihorario y la última a elección del primero que pase por una valla amarilla que hace las veces de salida y de meta.

No solo se trata de una carrera de resistencia, sino también de orientación, porque no existen balizas indicadoras ni nada por el estilo. Un día antes de la prueba se les entrega a los participantes un mapa por el cual han de guiarse para pasar por determinados puntos de control, que cada año son diferentes. En dichos puntos han de arrancar el número de la hoja de un libro que coincida con su dorsal. Tan solo se puede utilizar una brújula para orientarse, no están permitidos los GPS ni tampoco ningún tipo de asistencia mientras se está en competición.

En cada edición únicamente tienen cabida 40 corredores, que son elegidos con absoluta arbitrariedad por Gary “Laz” Cantrell, también conocido como Lazarus Lake. No existen formularios de inscripción, ni web oficial explicativa de la carrera, ni tampoco fecha de celebración de la misma. Los aspirantes han de buscarse la vida para contactar con Laz, y una vez que lo hacen tienen que enviarle un currículum con las carreras finalizadas y los motivos por los que desean participar. Cuando son aceptados en base a nadie sabe qué, han de llevar una matrícula de algún vehículo de su país de origen y rellenar en unos pocos segundos una instancia que tiene un coste de 1,60 dólares (1 centavo por cada milla). En dicha instancia dice algo así como: “Si soy tan estúpido de participar en la Barkley Marathons, eximo a la organización de toda responsabilidad financiera, física o mental que me pudiera ocasionar dicha participación”. Los agraciados son citados cerca de la penitenciaría de Brushy Mountain State, en las montañas de Tennessee, de donde escapó y estuvo fugado cerca de 60 horas, siendo capaz de recorrer tan solo 14 kilómetros antes de ser apresado, el asesino de Martin Luther King, hecho que inspiró a Laz para crear la Barkley Marathons.

El momento exacto de la salida no lo conoce ninguno de los participantes: doce horas antes se les cita en la valla amarilla y en un momento en concreto se toca una caracola que indica que queda tan solo una hora para el comienzo. El pistoletazo de salida lo da Lazarus Lake encendiéndose un Camel: a partir de ese momento empieza la espartana aventura que en sus primeros 25 años no pudieron completar nada más que diez personas. A lo largo de la carrera hay unos pocos avituallamientos, en los que a los corredores se les da comida basura atiborrada de grasas saturadas que devoran como verdadera ambrosía. Cuando se retira algún participante se toca una corneta para que el resto sepa que ya ha claudicado alguien. Especialmente conmovedora fue una edición en la que uno de los participantes por tan solo seis segundos no pudo completar la prueba, creando una tristeza insondable en todos los que aguardaban en la meta.

DAVID MATEO CANO

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