De cómo una película clásica puede salvar una mala tarde de cine

John Ford
EL VIAJE INTERMINABLE. DE CINE EN CINE
POR FELIPE SERRANO

Viajaba en autobús con un mal disimulado semblante de felicidad: iba al cine. Me distraía mirando por la ventana las líneas blancas del asfalto. Un sol anoréxico flirteaba entre las nubes, hacía un calor tórrido para el mes de mayo y el aire acondicionado del coche era calentón. El terrible sofoco y un leve incidente bastaron para soliviantar mi oído. Dos muchachos aburridos charlaban sentados detrás de mí: sostenían una triste conversación sobre mentir a un tercero. De pronto el sonido devastador de dos “móviles” al mismo tiempo zumbó en las orejas de los viajeros alterando nuestra modorra feliz. No pude evitarlo y miré de reojo. Los jóvenes se habían puesto de lado, dándose la espalda, y mentían al unísono a sus aparatos. Uno de ellos cruzaba y descruzaba las piernas, con un tic intranquilo en el pie. No pude aguantar más, me levanté y cambié de asiento. Mala señal para un supersticioso.

Ya entré encabronado al cine, el rudo bajito salió medio asustado y sudoroso de la cabina de las taquillas, atrapó y cortó mi entrada en un santiamén, y con dos zancadas ágiles volvió a la cabina para seguir su charla con la taquillera. Me disponía a subir las escaleras para ubicarme en la sala 4 cuando “el rubio” salió a mi encuentro desde la 2. Tras un breve saludo ceremonial, intercambiamos unas cuantas frases rápidas sobre la salud y el tipo de películas que daban esta semana.

“De risa”, me dijo, y hasta el final de la película no supo el hartazón que me di a llorar por haber tirado 9€. El film no engaña a nadie, yo debía haberlo adivinado: es pura basura.

¡Qué puñetero estaba el sol a la salida! ¡Ni que le hubieran puesto brillantina en la calva! Yo caminaba alelado, cegato, después de haber visto una película tan mala.

Estaba casi anocheciendo al llegar a casa y, aunque estaba un poco cansado, quise quitarme el mal sabor de boca y busqué un clásico en mi filmoteca para ver en el vídeo prestado. Me acurruqué en el sillón, y cuando empezó la película todo se llenó de sueño. Desperté sobresaltado sobre las dos de la mañana sin haber visto ni un solo fotograma de El hombre tranquilo (The quiet man, 1952). No me importaba, la había visto miles de veces. Me la volvería a poner para disfrutarla nuevamente. Me levanté con sigilo, apagué todo y con paso furtivo me fui a la cama. Me quedé dormido hasta el día siguiente y soñé con la escena en que John Wayne, al salir de la iglesia, le ofrece agua bendita a Maureen O’Hara. Yo sonreía.

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