Un día para no olvidar

El pasado día 21 de abril fue un día bastante complicado de digerir. Todo empezó en el año 2014, cuando se me ocurre la brillante idea de entregar un escrito en la junta municipal de Villaverde reclamando el arreglo de la calle donde vivo y alrededores. En el mes de mayo comienzan las obras en mi calle, y sorprendentemente, en vez de arreglar el lado de los pares, que es donde yo vivo, arreglan la acera de los impares haciéndola más de 1,7 metros de ancha. En cambio la mía solo tiene un metro, y con la superficie bastante deteriorada, con lo que habitualmente accedo a mi edificio yendo por la carretera y subiendo por el rebaje del paso de carruajes, con el consiguiente peligro.
Hace unos días me dirigí a la Junta para que me aclarasen el porqué de las obras realizadas. Un técnico municipal de vías públicas me indica que ese tema no lo llevan ellos y que me tengo que dirigir a la calle del Barco número 20, donde podré hablar con el funcionario que ha ejecutado la obra. El día 21 de abril me dirijo allí para hablar con este señor.

En primer lugar me encuentro con que la entrada no es totalmente accesible, y un señor que pasaba por allí me tiene que ayudar a subir y a sujetar la puerta. Una vez dentro, accedo al despacho de este señor, le indico el motivo de mi visita y le entregó el escrito que presenté en el año 2014. El funcionario, que pertenece a la dirección general de Espacio Público, Obras e Infraestructuras, me dice que él no ha recibido ese escrito o no lo recuerda.
Durante la conversación hay momentos de bastante tensión, por mi parte algo borde, y sus respuestas con chulería y prepotencia, dejando frases tan maravillosas como “la obra está ejecutada de arreglo a la ley”, “usted no es la única persona con movilidad reducida que vive en esa calle; las personas mayores también tienen movilidad reducida y el mismo derecho que usted”, “decidí arreglar la acera de los impares porque hay más viviendas que en los pares, y yo busco el bien de la mayoría, no el de una persona”. Para terminar de rematar la faena, el señor funcionario me suelta, tan tranquilo: “aun sabiendo que usted vive ahí hubiese realizado la obra tal cual lo he hecho”.
Durante la conversación vamos viendo en la pantalla de su ordenador a través de Google Maps las imágenes de las distintas calles. La solución que me ofrece es que va a venir en los próximos días a la zona personalmente y mejorará el rebaje del paso de carruajes para que yo pueda seguir yendo por la carretera y accediendo por donde los vehículos. No me puede ofrecer ninguna otra solución.
Le sigo haciendo referencia a mi escrito, y le señaló en la pantalla el punto donde mi padre fue atropellado y perdió la vida. Al señor le cambia la cara, y responde “no puede ser, no me lo puedo creer”. Unos segundos después, rompo a llorar y abandono su despacho agradeciéndole su tiempo.

Una vez en la calle, sigo llorando y preguntándome dónde está la humanidad de la gente, la empatía, y deseo con todas mis fuerzas desaparecer de este planeta. Desafortunadamente para mí, este maravilloso día no iba acabar ahí…
Cojo el metro en Callao para dirigirme a la estación de Villaverde Alto, ir a la Junta Municipal y pedir una reunión con el concejal. Llego a la estación a las 13:05, y me dirijo al ascensor que une el andén con el vestíbulo, pero qué mala suerte la mía: está fuera de servicio. A continuación, pulso el botón de “información” y solicito al personal que bajé al andén. Mientras tanto, varios trabajadores de Metro me indican que el ascensor lleva roto desde el 9 de abril, es decir, 12 días sin funcionar. Me dicen que se puede activar el protocolo para estos casos, el cual consiste en que vengan varias personas de Metro y me acompañen a la estación adaptada más cercana, y allí solicitar un taxi y que me lleve adonde iba. Me indican que estas personas tardarán alrededor de una hora en llegar.
Llegan a las 14:20 aproximadamente, y resulta que no pertenecen a Metro de Madrid, sino que son trabajadores de ILUNION, que pertenece a la ONCE (empresa que tiene una función social y que se dedica a despedir a los trabajadores con diversidad funcional porque no llegan a la venta mínima establecida).

Sigamos con la historia… Nos dirigimos la estación anterior de San Cristóbal, y allí avisan a la central para que llame a un taxi adaptado. Después de unos 15 minutos esperando, llega un taxi “normal”, al cual lógicamente no puedo subir y tienen que volver a llamar a la central para que envíen un taxi adaptado. Según ellos, la culpa fue de Radio Teléfono Taxi, que se equivocaron y mandaron un taxi “normal” en vez de uno adaptado.
Seguimos esperando al taxi, y ya alrededor de las 15:10 se me agota la paciencia y decido irme a mi casa por mi cuenta. Ni que decir tiene que a esa hora ya la Junta Municipal estaba cerrada y que he perdido dos horas de mi tiempo gracias a Metro de Madrid.

AMIFIVI

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